Sobre mi

Mi nombre es Nicolás Marrero. Nací en un pequeño pueblo de Uruguay.
Desde niño soñaba con ser astronauta o aviador. Luego la vida me trajo a la realidad y elegí estudiar Ciencias de la Comunicación.
Terminé mi carrera con una crisis vocacional muy grande y sin saber mucho qué hacer al respecto.

Algo que siempre atravesó mi vida, hiciese lo que hiciese, fue la escritura. Pero al contrario de lo que pueden decir otros viajeros, yo nunca soñé con viajar y recorrer el mundo sin un rumbo fijo ni una fecha de retorno. Más bien me vino con el tiempo y casi de casualidad.
Todo comenzó un día por el 2009, cuando acompañé a V, mi compañera de aquel momento, a un Congreso de Educación Social en Copenhague, Dinamarca.

Así, me fui por primera vez a Europa. Quince días, como un viaje de vacaciones.

Luego de eso no hubo marcha atrás: el viajar era aquello que me completaba y me hacía sentir pleno.

Con los años se sucedieron viajecitos, también de vacaciones, a Costa Rica, Cuba, Brasil. Siempre alejado de los paquetes turísticos que encarecen casi al doble un viaje e intentando conocer las culturas de los lugares desde el pie.
Y fue justo en Brasil donde tomé la decisión de dejar la vida de horarios, rutinas y obligaciones para irme a viajar sin fecha definitiva de retorno.

Claro que no fue tarea fácil. Cuando vivís una vida estacionaria acumulás: cosas, deudas, kilos, miedos. Comencé a ver como todo lo que yo había querido Ser se estaba disolviendo en un trabajo que nada tenía que ver conmigo.
Ajeno y desmotivado por la tarea, había comenzado lentamente un proceso de “stand by”: casi no escribía, tenía poca vida social, la risa desaparecía, cada vez necesitaba fumar más porro para olvidarme un poco de aquello que no me hacía feliz. Arrastraba, día tras día, esa nostalgia de cargar con los planes de mi próximo viaje.

Esa idea comenzó en hacer un viaje de tres meses por Europa, luego extenderlo un poco más hasta que apareció una oportunidad de hacer un voluntariado en Rumania por un año con todo pago. Si, todo pago. No lo pensé, me fui con V.

Así, Rumania me vio crecer y rejuvenecer. Porque el gozar del tiempo a me antojo me quitó años, cosas, deudas, kilos y miedos. Aprendí la magia de vivir en el eterno presente.

Luego de ese año; donde aprendí a vivir en otra cultura, absorber su idioma y adquirir ese inglés tan universal; regresé a Uruguay.
Pero yo ya no era el mismo.

Todo me parecía fuera de lugar.

Yo estaba fuera de lugar.

Con V estaba todo fuera de lugar.

Así terminé de concretar la idea tan arrolladora que tenía: dar la vuelta al mundo. En soledad.

Fue así que escribí un libro de viajes y otro de cuentos cortos. Volé a México y estuve quince meses vagabundeando hasta Panamá. Conocí la cultura maya, la comida mexicana, se me pegó el “orale” y amé el arroz con frijoles.

Me volví a enamorar, volví a romperme y me rearmé nuevamente.

Caminé por las fronteras de centroamérica, escalé montañas, naufragué en islas con aguas de siete colores.
Me emborraché con mezcal, ron, cerveza y caña.
Fumé marihuana, hachís y tabaco artesanal.
Aprendí a cocinar burritos, tortillas, yuca y pupusas.
Los comedores de los mercados fueron mi adicción.
Me hipnotizó el café de altura, me abrumó alguna capital, me asustó alguna selva y lloré de soledad en la playa.

En la Selva de Panamá, luego de muchos meses de poesía a distancia, regresé para México para cruzar el Océano y encontrarme con N. Así, luego de diez mil kilómetros en autostop me tomé un avión para Europa, otra vez.

Después de 20 meses de atravesar muchas vidas, volví a mi tierra.

Ahora vivo en un viaje lento. Nómada en Slow Motion. Vivo con N cerca del mar y seguimos escribiendo. Siempre.

Ya hace tiempo que soy nómada, perdido en los diversos mundos que me toca vivir y convirtiendo en letras lo que me pasa en el camino.

Bienvenido a este trozo de mundo.