Cómo vivir dos veces los viajes

Cómo vivir dos veces los viajes

Te lo tengo que confesar: nací con la escritura debajo del brazo.

Desde chico me pasaba horas llenando cuadernos con historias, naves espaciales, dinosaurios y esas cosas. Incluso, con mis compañeros de la escuela, a los 9 o 10 años, teníamos cuadernos compartidos donde creábamos historias y nos la leíamos entre todos (creo que fue el único prodigio del que fui parte en toda mi vida).

Luego, ya más de grande, la escritura aparecía a cuenta gotas. Lenta, es cierto, pero ella estaba siempre ahí, como balsa de rescate para una adolescencia llena de frustraciones, bullyings e inseguridades.

Sabía, te juro que lo sabía, que la escritura era parte de mí. Algo lindo que no tenía mayores pretensiones de de escribir algunas hojas, algunos archivos word y poco más.

Pero algo sucedió: a los 26 años el viaje se atravesó en mi camino.

 

Te lo tengo que confesar: no nací con el viaje debajo del brazo.

Desde chico no me pasaba horas llenando lugares en el mapa ni hablábamos con mis amigos de países que conocer.

Luego, ya más de grande, sentía que era cosa de otros, de documentales o de personas de alta cuna. Algo tan lejano como quien te dice hoy: “voy a Marte, ya vuelvo”

No sabía, te juro que no sabía, que podía ser hobbie. No sabía, incluso, que el viaje podía ser mi forma de vida.

Pero un día algo sucedió: a los 26 años me di cuenta viajar completaba el círculo de mi escritura.

Sí, mi escribir resurgió cuando la mochila pasó a ser parte de mi vida.

Comencé a sentir que era mucha vida para guardarla en una sola persona. Muchas historias necesitaban ser contadas.

Viajar, dejame decirte, es una fuente inagotable de estímulos que te alimentan el manantial creativo día a día.  

Te podría decir, que viajar salvó mi escritura y que la escritura, a la vez, me salvó a mi mismo.

 

Imaginate si no te pudiera decir que en este lugar la vida misma se vuelve bruma, fuerza natural hecha rugido que vive todos los días, décadas y milenios descargando su furia al vacío.

Te confieso que no solo sentí que era un llamado sino una responsabilidad. Hay mucho mundo allí afuera, me dije, y necesita ser narrado. 

¿Cómo iba a ser posible no escribir sobre la vida gitana en Rumania?

¿Quién era yo para guardarme las historias de guerra de los niños de Sarajevo?

¿Acaso El Salvador no merece ser desestigmatizada?

Fue como sentir que al viaje como motor y mi cuerpo un mero canal para traficar todas esas historias que atravesaron mi camino. Viajar y escribir, dos binomios que se conjugan en una vida.

¿Qué sería del viajero si estuviese condenado a guardarse para si sus viajes?

Porque un viaje se vive dos veces: cuando se está viajando y cuando se lo escribe. 

¿Cómo se hubiese enterado el emperador mongol de las tierras que gobernaba si Marco Polo no hubiese escrito sobre sus caminos de la seda y las ciudades inventadas por Calvino?

¿Y Colón? ¿Cómo hubiese nombrado lo desconocido si no fuese por su bitácora de viajes? 

¿Que habría sido de Martín Caparrós si Lacrónica no hubiese existido para narrar El Hambre del mundo?

Y vos viajera, viajero ¿Cuántas veces te viste en la imposibilidad de escribir un viaje?

¿Qué sentís cuando sale de tus palabras esas noches por el Sudeste Asiático o la mañana que te despertaste con el sol del mediterráneo a tus pies?    

¿Cuántas veces has querido encontrar las palabras para vivir otra vez aquel viaje que te cambió la vida?

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One thought on “Cómo vivir dos veces los viajes

  1. Disfruté cada palabra que escribiste.
    Por eso mismo comencé a escribir, porque así vivo los viajes dos veces, cuando los viajo y cuando los recuerdo. Y así también puedo volver a vivirlos cada vez.

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