SENTIRTE PARTE DEL CAMINO

SENTIRTE PARTE DEL CAMINO

El camino me trajo hacia este bar en Mar del Plata. Pido un café. La tarde amenaza con lluvia. La gente corre apurada por la vereda y me pongo a escribir sobre aquel día en que me sentí parte del camino.

Todo comenzó una mañana en que estaba en Guate city, una ciudad ruidosa y apretada, donde las calles parecen tener taquicardia en todo momento.

Guate City es rápida, atropellada, torpe. Gente, mucha por todos lados.

Es gris, visceral, un caos de tripas afuera.

Dos o tres días sirvieron para darme cuenta que mi camino no era las grandes urbes sino las rutas pequeñas llenas de pueblos, intimidad y pequeñez.
Llegado a esta conclusión, me tomé un bus urbano para que me dejara en algún punto de salida de la ciudad. El olor a comida frita, a mugre con calor y dejadez, me provocaban la ansiosa necesidad de escaparme de una vez de esa ciudad.

Con mis mochilas y mi aspecto de extranjero, sentía la urgencia de desvanecerme y dejar de ser el punto de mirada de tanta gente. El sentimiento de vulnerablidad me consumía como nunca antes me había pasado.

No tenía mapa y en mi cabeza revoloteaba el reproche del por qué me tiraba a viajar por un país donde los carteles siempre son desacertados y las rutas, aleatorias.

No aguantaba más mi deriva en esa tormenta urbana tan perfecta y abrumadora. Una vez bajado del autobús, mientras caminaba hacia el punto de salida, comenzaba a pesarme la idea del por qué carajo estaba viajando así, que era más fácil ir a la terminal, esperar, sentarme y pagar el boleto a mi destino.
Por alguna razón, el Universo escuchó mis quejas y apareció un bus que decía el nombre de un pueblo al que sospeché que tenía que pasar en mi camino al Lago Atitlán. Prefería la incertidumbre de mi certeza que el hastío de una ciudad que nunca había llegado a comprender.

¿Quién dijo que el viajero debe amar todos los lugares que le toca pisar?

El bus me dejó en algún lugar que no tenía idea dónde era ¿Cuántas veces había estado en ese tipo de situaciones: ruta, sol, árboles, silencio, los vehículos pasando y yo con un cartel intuyendo que voy en el camino correcto?

Una pickup me frenó. Iban hasta por ahí nomás y me dejaron en un cruce que me encaminaba hacia el Lago. Según me dijeron, estaba yendo en el camino contrario. Otra vez, recordé ese mapa que no tenía.

Eran las diez de la mañana y llegué a Panahachel, la “puerta de entrada” al Atitlán. Mi destino era Santiago, pueblo en la otra punta y a muchos kilómetros de allí.

En este momento, sentado en este bar, no puedo explicarme este recuerdo que se me viene: cuando me bajé de la pickup, sentí un llamado. Algo me invitaba a caminar. Solo caminar.
Lo curioso es que no opuse resistencia. Cual mandato de peregrino escuchando la voz de su Dios, me calcé la mochila y comencé a seguirlo. Pero no era una voz sino una brisa que me susurraba: “no importa llegar, el camino es toda la recompensa que necesitás”

El pueblo terminó y comenzó una carretera mezclada de tierra, bosques, casas y precipicios. El Lago comenzaba a encandilar todo el paisaje, el aire, el sonido, la energía. Su omnipresencia me hizo sospechar que era el culpable de aquellos susurros.

Una Land Rover me frenó porque sí, sin que yo le indicara que pare.  Adentro iba Jim, un veterano estadounidense. No iba a un lugar en especial, me dijo. Eso era una buena señal. Me subí. Hablamos mucho sobre la vida, la espiritualidad y el conversar con desconocidos. Me dijo que siempre siguiera mi corazón, que él había vivido su vida bajo muchos mandatos pero que al final comprendió que de nada servía seguir un mapa si solo se veía el destino de llegada.

¿Por qué me decía esto? ¿Acaso aquel susurro no me lo estaba diciendo desde que había llegado al Lago?
Dejo la taza de café, miro la lluvia por la ventana y me pongo a pensar si Jim fue real, un engaño del camino o una fábula que me cuenta la memoria para hacer más interesante mi recuerdo.

El paisaje iba cambiando. Ya no habían casas, ni árboles. Solo precipicios, subidas y todo el azul del lago ocupando la escena.
Jim frenó y me dijo que se daba la vuelta. Nos despedimos y ahí quedé: sobre un camino de tierra que bordeaba toda la costa y ladeaba la montaña. La nada misma

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Pero ¿era la nada?

Enseguida comprendí que nadie pasaría por ese camino de enormes subidas y curvas.
Quedaba solo una salida: caminar.
Caminar con mi mochila, una botellita de agua por la mitad y un camino incierto que no sabía donde terminaba.
Ese susurro me decía que abrazara la incertidumbre.
Así lo hice y fui feliz.
Fui feliz en toda esa inmensa soledad.

Frené muchas veces; algunas, para descansar mis agitadas piernas; otras, para contemplar la intensidad del Lago con sus tres volcanes expectantes a despertar algún día.

Mi vista se perdía en toda esa bruma celeste que borraba el horizonte como el sonido de una cascada que engulle a todos los ruidos que viven alrededor.

En algún momento de mi eterna caminata, me senté a respirar el aire del silencio y fui consciente de lo lejos que estaba de casa.
Abracé la lejanía y fui feliz.
Otra vez.

Junto al arrullo de ese silencio, comprendí que estaba viviendo un momento de Plenitud Viajera.

¿La sentiste alguna vez, vos viajero? Esa sensación de electricidad que te dice que todo el camino que hiciste para estar en ese momento que te toca vivir ha valido la pena ¿pasaste por esa experiencia?

Entonces seguí caminando y junto a todas esas sensaciones comencé a sentirme parte del camino. Pero parte de veras. Era como si el entorno comenzara a tomar vida.
Es raro de explicarte, porque si no lo viviste posiblemente no lo entiendas. Ahora, mientras te escribo esto y con el segundo café casi terminado, no recuerdo muy bien la sensación de aquel día. Apenas si la estoy arañando.


Sentirte parte del camino cuando viajás caminando es ese momento cuando las formas mutan en otras formas. Los colores brillan en otros colores. Toda esa realidad que pensás estática comienza a danzar en un simple acto de magia.


Si, de magia.

Si no ¿cómo se explica que mi memoria, dos años después, me traiga el sonido de aquella voz?
Hacerte parte del camino es eso, es que el sonido de la vida se amplifique y el entorno comience a hablarte.
Ese, lo comprendo ahora, era el susurro que me llamaba: era el árbol, el pasto, el asfalto, la roca, el pájaro, el cansancio, el aire.
Todo.
Cuando te sentís parte, el Todo comienza a moverse en frecuencia contigo.

O mejor dicho: vos entrás en frecuencia con todo lo demás.

Creéme, realmente lo sentís. Lo tocás.
Comenzás a ir en sintonía y tus pasos, el peso de la mochila y tus jadeos de tanto andar, comienzan a contestarle al Universo.
Vos dejás de ser vos en tu yo-corpóreo y te diluís en un yo-que-soy-parte.

El café se terminó, la lluvia paró hace un rato y mientras pago la cuenta llego a la conclusión de que aquel día, mi falta de mapa, mi desesperación por salir de la gran urbe y esas ganas tremendas de ir hacia la nada, fueron el cóctel perfecto para que, más que nunca, pudiera sentirme parte del camino.

Y te lo vuelvo a preguntar ¿alguna vez lo sentiste?

4 thoughts on “SENTIRTE PARTE DEL CAMINO

  1. Hermosa experiencia, tu relato es tan bueno que permite vivirlo! Pienso que todos somos viajeros en esta vida y muchas veces necesitamos retirarnos del bullicio y de tanta gente que, lejos de sentirte acompañada, te hacen sentir que estas solo, (muy solo), y ahí es cuando podes escuchar los mensajes de “este camino”, que es cada una de nuestras vidas, ves señales, unís cabos sueltos, y a veces logras sentir que la brisa, la temperatura, la naturaleza toda te consuela, te abraza, te cuida, tenemos que estar atentos en nuestro camino, estoy convencida que somos parte de él, solo que a veces lo olvidamos y no lo podemos disfrutar

  2. Hola Nicolas. Son sensacionales tus relatos y descripciones. Creo que estado tan atada a la obligatoriedad de mantener una familia , un trabajo etcétera etcétera que creo que me he perdido la oportunidad de sentirme parte de la naturaleza y sus caminos. Que bueno que tu puedas sentirlo y que te sientas totalmente identificados con ellos. Disfruta cada dia y cada momento y compártelo con nosotros

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