SER HOGAR y la imposibilidad de escribirlo todo

SER HOGAR y la imposibilidad de escribirlo todo

Voy en el bus que me devuelve mi país.
Regresar. Cuánto en una palabra. Se me hace, aunque no lo parezca, que siempre cambia de significado cada vez que me toca vivirla.

Pero al escribirla me sobreviene eso de la vida y la imposibilidad de traducirla a las palabras. Siento que algo se pierde en el tramo que separa un pensamiento y su aterrizaje en la escritura. Esa obsesión de ponerle letras a todo lo que me pasa. Una obsesión condenada al fracaso, por supuesto. Es mi imposibilidad de escribirlo todo.

Porque la mera palabra “Regresar” no sabe que no siempre tiene el mismo significado (¿acaso alguna palabra siempre significa lo mismo en cualquier ocasión?). Puede que el lugar a donde se retorne siempre se mantenga intacto, es cierto.

Puede, y es probable, que el que cambie sea el viajero retornado, que en su peregrinaje ha dejado de ser aquel que era cuando partió y se transformó en aquello que sus pasos aprendieron en el camino.
Pero ¿cómo hacérselo entender a una simple palabra? ¿Cómo dejar en claro su mutabilidad cada vez que se la escribe?
Por eso, tal vez (se me ocurre), que regresar no sea regresar. Acaso, tal vez (no sé), regresar sea volver a un lugar que nunca se ha pisado.

Esa imposibilidad de volver al Hogar cuando el viajero se da cuenta que el Hogar puede ser cualquier cuarto en cualquier hostel del mundo, o una carpa tirada en algún bosque al costado de una ruta, o una casa a los pies de cualquier mediterráneo o, incluso (estoy seguro), los abrazos en otros idiomas alguna mañana de resaca.

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El cielo de Sicilia.

Voy en este bus que me regresa a mi país.

El horizonte vuelve a ser plano, los bosques de eucaliptus y las vacas gordas pastando a la sombra. Las casas otra vez son cuadradas, de techo plano y con los parrilleros más grandes que todo lo demás. Y este cielo y el celeste y las palmeras y todo lo que puedo reconocer. Y todo en lo que me puedo reconocer.

¿Acaso reconocerse en un lugar no es reconocerse en un Hogar? Pero ¿qué pasa cuando comenzás a reconocerte en varios lugares, tan distintos y tan separados por nortes y latitudes?

¿Cuántos Hogares se pueden Ser a la vez?

Sí, te darás cuenta que no te hablo de “Tener Hogar” sino de “Ser Hogar”. Porque el viajero incansable llega a Ser Hogar de sí mismo. Se ve obligado a tener que reconocerse en todo lo que le toca vivir, aunque no lo espere, aunque no lo entienda, aunque no sepa cómo reconocerse. Raro ¿no?

Raro eso de tener la necesidad de pertenecer para Ser alguien en tu circunstancia. Alguien para no perder identidad. O para transformar la identidad. O para perderla. Vaya a saber uno qué.

Y las preguntas se me asoman sobre este bus: ¿Cuál será mi próximo Hogar? ¿Qué otras identidades esperan por mí en otros Hogares? ¿Dónde voy a construir mis nuevos miedos?

Sí, miedos. Y pienso, se me ocurre, que vuelvo con nuevos miedos a este lugar. Y me viene la idea, otra vez (una vez más), que si viajar es la construcción permanente de nuevos hogares ¿cómo no vamos a construir nuevos miedos en el proceso?

Este bus transporta algo de mí que se ha hecho ruta.

Una ruta con muchas direcciones y bifurcaciones que llevan a miles de otros lugares. Nuevamente, me sabrás disculpar, me ataca la imposibilidad de escribirlo todo.
Creo que es hora de frenar (si eso es posible, claro está). Porque siento que cada día es un volver a empezar sobre estos pasos desaprendidos ¿Acaso, vos viajero incansable, nunca lo sentiste? Esa necesidad de dejar de Ser de todos los lugares y volver sentir, aunque sea por un breve instante, el sabor de un lugar conocido.

¿Pero qué pasa cuando te reconocés en todo? ¿Qué pasa cuando ese todo se convierte en nada?

Esa pérdida de lugar que te deja vulnerable. Esa pelea constante entre la falta de energías y la pasión por el viaje. Me pregunto si es posible viajar sin ganas de moverse. Ese estado que a veces se torna incompatible de “Ser-Hogar” y “Ser-Viajero”. Sí, porque a veces los viajeros perdemos la capacidad de llevar nuestro Hogar a cualquier lugar que nos toque estar. Así de contradictorio es todo.

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Todos mis lugares, hogares, rutas, y abrazos con resaca, pesan en mi mochila.

Pesan de veras. Ni te imaginás ¿Lo sentiste alguna vez, vos viajero?

Pesan tanto que me aniquilan esa frecuencia en la que suelo entrar cuando no sé muy bien si he estado perdido días o semanas en los mapas. Cuando los husos horarios e idiomas se multiplican. Cuando es mucha la ruta y el cometido es moverme, moverme y moverme.

Es, creo (tal vez), entrar en ese “flow” ¿Lo concés? Ese ritmo de movimiento que no sabés si lo marcas vos o si lo marcan todos los hechos que te van sucediendo mientras caminás. Todo va encajando pieza por pieza. Te para el auto que te tiene que parar, te encontrás a la persona que te tenés que encontrar. Todos los engranajes del Universo giran a la perfección.

Viajar sin lugar y con tu Ser-Hogar hacia cualquier parte, es la sincronía del viaje en estado más puro.

Pero este cansancio hace que pierda la sincronía en alguna parte del tramo. A veces no sé por qué viajo. Esta vez, por eso regreso. Ves, acá el regresar toma otro significado.
Regresar porque la mochila me pesa.
Armar. Desarmar. Decir: “Hola” “Soy Nicolás” “Adiós”. Vivir en el constante espiral de crear nuevas relaciones en cada nuevo lugar. Tener que despedir esas nuevas relaciones en cada nueva partida. Rearmar el Ser-Hogar en cada ocasión.

Llegar al punto de perder quién soy en algún lugar.

No pertenecer.

No ser ni Hogar, ni Viaje, ni Movimiento.

Ser un Yo cansado en todos los lugares.

Ahora, arriba de este bus, siento que llegar a esta tierra, de horizontes planos y vacas pastando, en el que otros me reconocen y ven aquel que fui antes de partir, será descansar de todos los Hogares que tuve que dejar atrás.

Si, ya sé. Te pido disculpas. No era mi idea escribir esto. Yo quería escribirte de tantos lugares. Lo quería, de veras. Quería escribirte de los gitanos en Transilvania, de los cementerios en los balcanes, de la comida en Italia, de los trenes en Italia, de amar en Italia. De mis islas del Caribe y los cargueros de alta mar en Nicaragua. Quería contarte de mi desamor en México y de cómo sané en Guatemala. Quería contarte tantas cosas pero me ganó, una vez más, mi imposibilidad de escribirlo todo.

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