VIVIR Y JUGAR EN LA GUERRA DE SARAJEVO

VIVIR Y JUGAR EN LA GUERRA DE SARAJEVO

El gris ilumina las montañas que se van vistiendo de Otoño. Entrado el mediodía la bruma comienza a opacar el horizonte. Sarajevo va ingresando lentamente al frío estival y sus colores grises se mojan con esa lluvia intermitente que nunca deja secar las calles. 

Ingreso a un pequeño almacén y compro un vino cuya cepa desconozco. La veterana que atiende me sonríe y me dice algo en bosnio. Le devuelvo la sonrisa, pago y salgo.

Voy serpenteando las veredas, esquivando a los obreros de la construcción que son las manos que reconstruyen las cicatrices del pasado. Poco a poco, la ciudad va sanando las heridas de sus edificios tan lastimados por las balas, bombas y masacres. 

Cruzo tres cementerios que recuerdan la muerte como parte de la cotidianeidad.

En épocas de la guerra había más muertos que tierras para enterrarlos, por lo que hubo que habilitar parques, terrenos baldíos y hasta jardines particulares para darle descanso a los caídos de aquel asedio que se desató tras la separación de Bosnia&Herzegovina de la República Socialista Federal de Yugoslavia.

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Las paredes con cicatrices

Cuando llego a la casa de Masa, me recibe con esa eterna sonrisa que tiene la gente de Sarajevo ante el saludo y la bienvenida. El olor de sus albóndigas funciona como un arrullo que tiene sabor a mi tierra, Uruguay.

-Albóndigas, como las que hacía mi madre- le digo a Masa.

Ella también parece disfrutar ese aire y levanta la vista para asociar recuerdos. Mientras abro el vino, hace memoria:

-Sí, yo disfruto este tipo de comidas porque durante la guerra la comida era muy escasa. 

La niñez nos tocó en la misma época pero con una realidad donde el concepto de escasez significaban otras cosas.

-Recuerdo que una vez un vecino nos trajo un tomate- me sigue diciendo -Un solo tomate. Ya no recordábamos a que sabía. En mi casa éramos nueve personas: cuatro niños y cinco adultos. Te podrás imaginar que no era suficiente para todos. Por eso, mi madre cortó el tomate en cuatro partes, uno para cada niño. Ella y mi abuela se limitaron a pasar su lengua por el cuchillo para tener el gusto en su paladar-

Viene a mí aquellos años del ’92 o ’93, mientras los tomates crecían en las calles de mi pueblo, yo me sentaba a la mesa con mi familia a mirar las noticias de un país raro que estaba en guerra y de una ciudad llena de muertes y balas. Yo en Uruguay y Masa en Sarajevo, cada uno en mundos tan distantes y opuestos. 

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Veliki Park

Vuelvo a mi presente y desde la calle llegan los sonidos de los albañiles trabajando. En la mesa, los platos rebosan de vapor, colores vivos y aromas arrolladores. Mientras yo sirvo un poco más de vino, Masa recuerda el día en que los ejércitos comenzaron a tomar la ciudad:

-Yo estaba en la casa de mi abuela y me vio asomada a la ventana. Me dijo apresurada que no me acerque, que recoja las cosas y que nos vayamos para mi casa. Fue en ese momento que ella se dio cuenta de que la guerra había comenzado. Por suerte nos apuramos a salir, porque esa zona fue destruida.

Fue el 5 de abril de 1992, cuando las fuerzas del Ejército Popular Yugoslavo y el Ejército de la República de Srpska rodearon  la capital bosnia, cortaron los accesos, servicios de luz, agua y gas, se instalaron en las montañas que rodean la ciudad y dieron comienzo al sitio más prolongado en la historia de las guerras modernas.

Sarajevo, antes de la guerra, era una ciudad que hervía de juventud. Teatros, cines, bares, tertulias e intelectualidad hacía de la ciudad el epicentro de la movida cultural de Yugoslavia. Hasta que de un día para el otro, los ejércitos apagaron la luz de cada bar, cambiaron sonidos de guitarras por estruendos de bombas y los tanques aplastaron cada muro pintado de arte y poesía. 

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Las calles de hoy

Masa recuerda con una leve sonrisa como pasaban el tiempo cuando ya no había actividades que hacer en la ciudad. Cuenta que una vez estuvieron metidos en el sótano por cuatro meses:  

-Fue una época en que el bombardeo era constante y nunca sabíamos si alguna bomba caería en nuestro edificio. Imagínate: no teníamos radio ni televisión, la luz venía una o dos horas nada más. No había mucho para hacer. De todos modos, en el día, mientras los adultos subían a encargarse de sus quehaceres, los niños organizábamos obras de teatro para presentarlas en las noches. Organizábamos concursos de bailes y canto. Nos divertíamos mucho con esas cosas- 

-¿Se divertían? ¿había lugar para eso?- le pregunté.

-Claro. Una vez que estás viviendo la guerra, te acostumbras y la vives como puedes. Es terrible, lo sé. Pero llegó un punto en que era parte de nuestro día a día. Nosotros en ciertos momentos, salíamos afuera a jugar como niños que éramos.

Salir a jugar, algo tan natural para un niño. Era por aquellas tardes de verano, cuando mi escuela estaba de vacaciones, que nos juntábamos los niños de mi pueblo a jugar a la escondida, al fútbol en la calle, a las guerras con agua y a la lucha entre los vaqueros e indios.

La guerra como un juego para mi. 

La guerra como una realidad cotidiana para Masa.

-Pero si jugaban afuera ¿podía alcanzarles algún disparo de los francotiradores?- le pregunté al verme en la imagen cuando correteaba en esos veranos.

– No estaban en mi barrio. Aunque una vez el ejército yugoslavo estaba cerca. Parecía inminente que tomaran esa zona. Al final, nuestro ejército pudo hacerlos retroceder. Pero años después mi madre me contó que, esa noche en que se estaban viniendo los enemigos, estuvo caminando afuera pensando en la mejor forma de matarnos a mi y a mi hermana. Porque todos sabíamos lo que hacían los soldados cuando tomaban los edificios- me termina diciendo Masa con una naturalidad que denota aceptación.

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El atardecer en las las colinas

Los platos ya están terminados, la botella de vino está vacía y el aroma del café después de la comida parece sumirla en otra leve nostalgia.

-Aún no sé como hice para sobrevivir todos aquellos años- me repite

Otros niños y niñas no tuvieron su misma suerte y hoy descansan en esos parques, recordándonos que la guerra no discrimina edades. 

Parece que los obreros terminaron de trabajar. El paso del día va alargando las sombras y la ciudad comienza a iluminarse de ese amarillo del atardecer. El contraste de las montañas ponen de relieve el horizonte y el sonido de la ciudad comienza a apaciguarse.

Es hora de irme.

Me despido de Masa con una sonrisa de gratitud, porque sé que mientras dure el retorno a mi casa podré valorar aquella niñez que viví, tan llena de platos calientes y con el concepto de guerra solo como un juego entre niños.

Nota: Este fue un artículo que escribí para la revista Magellan de Barcelona. Pueden ingresar a este link y ver el lindo diseño que le han dado

 

 

2 thoughts on “VIVIR Y JUGAR EN LA GUERRA DE SARAJEVO

  1. Muy lindo, yo sabia de Sarajevo por una pelicula de esas que te hacen un tinteneo de campana, Sarajevo mi amor , creo que se llamaba y gano varios premios…Me emociono leerlo, sobre todo justo ahora en 2017 donde en muchas partes del mundo sumados a la miseria silenciosa que a nadie le importa, tambien caen bombas y se viven desastres de todo tipo, y parece que a nadie le importa mucho tampoco. Todos somos Francia.. pero no somos Siria , no somos Irak , no somos Palestina, anque Israel, no somos Egypto, ni Ruanda.. no somos , no somos, no somos….

    1. Siempre las historias se repiten.
      Hay un libro de dos hermanas separadas por el sitio que se llama “Adiós Sarajevo”, historia real y escrita por ellas. Muy bueno.

      Abrazo!!!

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