CARTA AL AMOR DE UNA NOCHE (o una poesía de amor al mezcal)

CARTA AL AMOR DE UNA NOCHE (o una poesía de amor al mezcal)

Recuerdo cuando nos conocimos, aquella vez en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Fue en una reunión de amigos, esos que vas conociendo en la ruta. 

Mientras la noche se iba llenando de música y fiesta, vos jugueteabas con todos. Ibas de aquí para allá como quien es consciente de su poder de atracción.

Llenabas los vasos con tu magia, y nosotros los vaciábamos con sonrisa, complicidad y presente. Todo presente.

¿Cuánto amor puede dar alguien que se siente pleno en ese momento que le toca vivir?

 

¿Qué pasa cuando ese cuerpo que abrazás en la oscuridad se convierte en la órbita de tu aquí y ahora?

Aquella noche llegaste a mi sin que yo supiese que quería encontrarte (1).

A partir de ese momento, el recuerdo de San Cristóbal me sabe a vos. Te probé allí, en ese lugar en medio de las montañas donde vive un pueblo que engloba a todos los pueblos del mundo. Así es: un collage atemporal de idiomas, países y tradiciones.

¿Qué pasa cuando la vida se resume al suelo que estás pisando?

 

¿Qué energía se genera cuando no hay mundo más allá que esas dos manos que te invitan a bailar?

Recuerdo que vos fuiste magia en mi. Seguramente seguís causando ese efecto, porque tu fuerza gravitacional es inagotable. Por algo te conocí en el pueblo más mágico de México. Y sabés bien que yo no creo en casualidades ni en que las cosas pasen porque sí. (2)

Entre vos, yo, Sancris y las vidas que se sucedieron, la sincronía voló tan perfecta como el sonido de un mar golpeando entre las rocas.

Esa noche, aprendí que había que beberte de a poco; como quien va besando ese cuerpo sin prisa y recorre con manos tibias las curvas de esa mujer que se siente merecedora.

Vos me devolviste el milagro del beso. Mis labios aprendieron a rozar tus aromas y los sutiles cambios de tu intensidad.

Y allí, en mi boca, quedó tu alma apoderándose de todo lo que soy.

En aquel lugar, supimos que nuestra eternidad era real. Aprendimos a degustar despacio esa breve inmortalidad.

Porque siempre contigo es despacio, como pidiendo permiso pero sin pedirlo.

Y fuimos lento.

Muy lento.

El tiempo no existió. No hubo mundo alrededor.

Nada.

Solo dos vidas en colisión.

Y el deseo y mis labios y tus labios y nuestros labios jugando a ser uno, dos, miles de átomos ardiendo en vida.

Mientras, a nuestro alrededor, la noche iba a otra velocidad.

¡Ay vos!

Vos que sos tan Sancris en mi.

Es cierto, sé que tus mejores ropas cuelgan en Oaxaca. En aquellos valles de sierras y desiertos. Yo sé que vos sos Oaxaca y que Oaxaca se ha convertido un poco en vos. Allí nacés, madurás y te convertís en ese mezcal que termina llenando los vasos con esa magia y ese presente.

Sí, aquella noche todo fue tan San Cristóbal: la música, los cuerpos, la fiesta, la alegría, el viaje y nosotros convertidos en dos universos paralelos.


Nada más importó.

Porque sabíamos que cuando gastáramos nuestros besos saldríamos a esa pista de baile y, por un milésimo instante, el mundo sería nuestro.

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(1) Robo o parafraseo obsceno a Julio Cortázar.
(2) Un dicho popular de amigos que trabajan con el mezcal siempre me decían que el mezcal “te pone mágico”. La explicación a qué hace referencia la vas a tener el día que tomes mezcal. No hay otra forma de entenderlo.

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