NO HABLES CON EXTRAÑOS (o la mentira de que te matan por tres pesos)

NO HABLES CON EXTRAÑOS (o la mentira de que te matan por tres pesos)

Muchas veces escucho a la gente decir que en el mundo la vida no vale nada y que te matan por tres pesos en la calle. No hables con extraños. No aceptes caramelos de nadie. Destapá vos la botella porque te pueden drogar y amanecés sin un riñón en una tina de baño en algún hotel mugriento de la periferia.

Que la economía, que la educación, que la juventud está perdida. En definitiva, si me pusiera a juntar todo tendería a pensar que el mundo es una gran globo lleno de porquería (por no decir “mierda”) (pero no lo vamos a andar usando esa palabra porque no queda muy fino decirlo).

En algún momento creo que yo era de esos, que me dejaba maniquear por el discurso y separaba los buenos de los malos. Era de los que siempre estaba esperando que el monstruo saliera del placard para poder matarlo a palazos sin preguntarle que era lo que quería. 

Todo era pasible de sospecha y todo aquello que no se conocía había que mirarlo de costado. Tenía la certeza de que nos estábamos yendo al tacho como humanidad (para que sepa, “irse al tacho” es “irse a la mierda” pero, de nuevo, no vamos a usar esa expresión).

Cuando me fui a viajar fue que empecé a cambiar la mirada. El mundo en el que me reflejaba se ensanchó, comencé a encontrarme con gente que me mostró que aún la hospitalidad es muy grande en el mundo, que las calles no son tan peligrosas y que hay mucho más sonrisas para devolver de las que imaginamos.

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Si, ya sé. La foto no tiene nada que ver. Pero descansa la lectura. Bosque en Calabria

Recuerdo que una vez estaba en la ruta en Finlandia rumbo a Rusia. Un vehículo paró. Se llamaba Samir el conductor y era un Kurdo nacido en la parte de Turquía. Comenzamos a hablar y me contó

-Hace cinco años, con mi esposa íbamos a Alemania en mi auto. Un primo mio tenía un amigo que era de Afganistán y me preguntó si lo podía llevar hacia allí. Yo le dije ‘Si, claro’. Tu sabés, si yo iba al mismo lugar que él, no me costaba nada darle una mano. 
Cuando llegamos al borde de Dinamarca, un policía de frontera nos paró y nos pidió documentos. Yo le di mi pasaporte, mi esposa el de ella y el amigo de mi primo dijo: ‘yo no tengo pasaporte, soy refugiado y aún no lo tramité’. La policía no nos creyó y nos detuvieron. Nos metieron presos casi un mes por tráfico de humanos y posible terrorismo. Fue horrible. Al final, tuve que pagar diez mil euros de fianza para poder salir. Hasta el día de hoy estoy pagando- 

Su cara me mostraba la tristeza y el sentido de injusticia que vivió en aquel momento.

Samir prosiguió su relató -Ahora pasé por la ruta y te vi. Me quedé pensando en aquel momento. Desde ese entonces nunca más llevé a nadie. Aún seguimos con mucho miedo. Pero me dije que era tiempo de volver a confiar en la gente. Por eso di la vuelta para recogerte- 

Ese día terminé en su casa almorzando con su esposa y su familia. A la tarde, su esposa me llevó en su coche hacia la frontera con Rusia.

Samir paró su auto en la ruta para enfrentarse a sus propios miedos y derribar ciertas barreras que la vida le había impuesto. 

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Otra que nada que ver. Puerta en Crotone

Pawel, un electricista polaco, me paró en Polonia porque su hermana era viajera hitchhiker (persona que viaja a dedo). Yo iba rumbo a Auschwitz y me contó que sus abuelos habían vivido en la ciudad antes de la ocupación Nazi. Me mostró las casas que habían expropiado los miembros de las fuerzas de la SS y me recorrió por el pueblo mostrándome punto por punto qué había sido cada cosa antes de la ocupación.

Tuve un acercamiento de primera mano a una parte de la historia, esa que nos cansamos que nos la cuenten en libros, documentales y películas de Steven Spielberg.

A modo de multiplicación del karma y hacer andar la cadena de favores universal, Pawel frenó porque me vio reflejado en su hermana y en su forma de vida.

Fons y su esposa Maria, frenaron a la salida de Amberes en Bélgica. Yo iba para Ámsterdam y ellos se quedaban a mitad de camino. Yo no estaba muy instruido aún en el inglés y tuve la suerte de que hablaran español. Él me miró con cara de extrañeza por el espejo retrovisor y me dijo -Pero estamos en el 2013, eso de viajar en autostop ya pasó de moda-

Me contó que en los setenta había recorrido Europa a punta de pulgar y que en un momento cayó en México y se enamoró de la música de los Mariachis. Tanto fue así que armó su propio grupo de mariachis en Holanda y se dedicó a traducir las canciones a holandés (¿te imaginás canciones cómo “El Rey” o “La bikina” en otro idioma cantada por unos rubios de nariz rojiza al grito del “Iiiiuuujjjjaaaajajiii”).

Fons, al verme en la ruta, se vio él 30 años más jóven. Paró por mera empatía.

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Vista de Génova

Cuando comenzás a interactuar con gente que no conocés, aprendés que las personas son mucho más amables de lo que nos cuenta la tapa de diario o la vecina de ruleros que se esconde atrás de las cortinas.

Entonces ¿cómo pretenden que aceptemos lo desconocido si nos enseñan desde niños a no hablar con extraños?

Es a medida que ganás en kilómetros, que acumulás historias y crecés en experiencias, que perdés el miedo a encontrarte cara a cara con aquello que ignoras. Es ahí cuando dejas de mirar de costado a las sombras y, por lo menos, bajás el palo y le preguntas al monstruo del placard qué es lo que quiere.

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