CARTAS A MI REGRESO #V Quemar lo que fue

CARTAS A MI REGRESO #V Quemar lo que fue

Una mesa con mucha familia. Caras con las que me crié, algunas más viejas y otras que dejaron de ser niños y ahora son jóvenes que se sirven el vino al igual que los demás. Volví y esas mismas historias siguen estando en esa mesa, como si el tiempo no hubiese pasado, como si el presente se hubiese congelado hace diez o quince años.Me paro y siento que estoy abrumado. Comienzo a mirar el horizonte claro y limpio de Uruguay. Recuerdo que hace unas semanas, mientras estaba en Italia, quemé varia ropa de mi viaje. Algún pantalón hippie, zapatillas que vagaron miles de kilómetros y camisas gastadas por tanto sol de la ruta. Un simbolismo para honrar un camino y una señal para comenzar otro nuevo. Así es mi relación con el pasado: soltar y dejar libre lo que ya fue.


Sí, estoy acá. Otra vez retornado. Creo que nunca me voy a acostumbrar a regresar, porque cada vuelta es distinta. Cada vez que vuelvo soy un yo transformado, pero eso ya lo sabés.

Lo que tenés que saber es que aún no me puedo adaptar. No solo a esas historias sobre la mesa que escuché mil veces sino a tener otra vez una chapa. Como un cartel que anuncia un rol a cumplir.
Porque acá soy el hijo, soy el primo, el amigo o el sobrino. Soy algo definido por todos aquellos con los que me crié y me criaron.
Acá no existe quemar ropas de mi pasado. Aquí las visto cada día. 

Y esas ropas y este rol vienen acompañados de un nombre diferente: acá me dicen “el Pi” ¿Cuánto hace que la gente no me llama por mi sobrenombre? Desde que comencé a viajar reconfiguré mi identidad en base a algo tan sencillo como es mi nombre de pila. Pero acá ya no soy más Nicolás o Nico.
¿Cómo explicarles que ya no soy ese de mi sobrenombre, que ya no soy “el Pi”? Que ahora soy otro, que la vida me transformó. Que soy el que quema el pasado para mirar esas cenizas diluirse en el aire.

¿Qué pasa cuando te están mirando y vos sabés que miran al tipo equivocado? 

¿Qué pasa cuando ya no sos ese que piensan?


¿Qué pasa cuando querés explicar que ya incendiaste tu antigua identidad? 

¿Qué pasa cuando te das cuenta de lo lejos que estás de tus raíces? A veces es duro sentir que ya no pertenezco a un lugar ¿O es que mi mente ya no reconoce esa sensación de arraigo? 

Pero lo que noto es que ya no puedo ser invisible. Porque pensá que cuando estoy viajando y llego a cierto lugar, no conozco a nadie y nadie me conoce. Yo puedo elegir nunca haber existido en donde estoy o puedo elegir vincularme con el contexto que me rodea. No existe un pasado que condicione, no hay chapa, no hay roles.
Tengo opciones.

Aquí no las tengo. Soy el que soy y todos conocen. O mejor dicho: soy el que creen que soy y que todos piensan conocer.
Acá ya sé cuál es el remate de esa anécdota que algún familiar está contando.
¿Qué pasa cuando escuchas historias con olor a blanco y negro?
¿Qué pasa cuando volvés luego de años y los relatos siguen siendo los mismos?
¿En qué lugar te pone?
¿Qué nuevo relato vas a crear con cierta persona que sigue anclada a las historias que vos ya no tenés nada que ver?

Quiero gritar mientras escucho. 
Quiero incendiar ese pasado.
Quiero decirles que las historias se pueden crear también en el presente y que el relato es algo que no debe quedar solo en lo que fue. 
Que la vida siempre está empezando y que somos capaces de escribir nuevas anécdotas cada día. 

Quiero decir todo eso.

Pero prefiero callar. No quiero invadir.

No me siento parte.

Prefiero servirme otro vino y escuchar.
Mientras, sigo pensando en mi mochila, en mis mapas y en todas esas nuevas historias que algún día incendiaré.

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