CARTAS A MI REGRESO #IV A través del Universo

CARTAS A MI REGRESO #IV A través del Universo

Está nublado. Esta ruta es una de las rutas más grandes, silenciosas y desiertas que he estado jamás. Estoy sentado y me quedan ciento cincuenta kilómetros para volver a pisar Uruguay luego de mucho tiempo de viaje: veinte meses, dieciséis países, muchas ciudades y varias vidas que he vivido en una sola.
Estoy volviendo y el paisaje que me rodea es aquel que recuerdo, es ese en el que crecí. Como una foto que se repite: praderas verdes llenas de animales comiendo el pasto, visibilidad kilómetrica y un horizonte plano, limpio y claro.
Las nubes grises no lo dejan ver, pero puedo imaginar como sería este atardecer: rojo fuego, con algunas nubes que desangran colores naranjas, amarillos y violetas tibios. El celeste que se va apagando y el azul oscuro que se convierte en noche. Árboles a contraluz con pájaros sobrevolándolos y un silencio con olor a jazmín de diciembre.
Esta es mi tierra. 
Esta que da esos atardeceres que te recuerdan que la naturaleza puede ser poesía.
Tengo que confesarte que la ansiedad me puede. Me siento cada vez más cerca.
Había olvidado esa sensación: estar cerca. Sentir que algo me conecta, que pertenezco al suelo que piso. No sé explicártelo bien, es solo una sensación que comienza en reconocer esos colores del cielo o saborear los olores de los montes de eucaliptos. Es como un sentido extra que mezcla a todos los demás y una voz que resuena: “estás acá”
Aún faltan algunos kilómetros pero yo ya sé que llegué. Por eso no quiero esperar. Esta ruta desierta y la lluvia que se huele venir aceleran mis ganas.
Un bus pasa y lo freno. No tengo idea de cuántos Reales me quedan.
“¿Cuánto cuesta el pasaje a la frontera?” le pregunto al chofer.
Me mira y parece hacer un cálculo mental del costo de la distancia. “Cuarenta y un reales te cuesta” me dice.
Cuento mi plata a las apuradas. “Bueno, a mi me quedan treinta y uno. Deme todo eso de pasaje por favor” le digo.
“Está bien amigo. Puede ir a la frontera con esa plata. Suba” me dice.
Le agradezco.
Hasta el último momento de mi viaje el Universo me muestra como la gente es propensa a dar una mano al otro. Siempre es así, sea en una ruta en Brasil, en un café en Serbia o un pueblo de Nicaragua.

Viajar no es más que poner a prueba la verdad de que la hospitalidad en el mundo es más grande de lo que pensamos. 

Me subo al bus y me siento. Estoy cansado. Los pasajeros duermen. Me coloco los auriculares y pongo música. Por alguna razón el aleatorio de mi reproductor pone a Fiona Apple cantando “Across the Universe” de “The Beatles”.
Ella me canta sobre los sonidos de risas y yo recuerdo la de tantos amigos que hice viajando. 
 
Me nombra las sombras de la tierra que algunas veces hicieron de mi camino una tormenta de dudas y soledades. 
 
Me entona sobre esos infinitos y eternos amores que brillan como un millón de soles, o kilómetros o vidas. 
O tantas cosas a la vez.
Ella sigue cantando. “Sí Fiona” le digo como si me estuviese escuchando “todo, como decía la banda esa de Liverpool, todo nos llama a través del Universo. Es solo prestar atención para escucharlo. El siempre nos provee.”
Su voz atraviesa mis recuerdos, es un arrullo de tantas memorias convertidas en legado, aprendizaje y certeza de que todo ha valido la pena ¿Cómo no va a valer la pena saber que el camino es la felicidad?
Llego a mi tierra para culminar un año calendario, pero también para terminar un ciclo que en realidad no sé bien si es que termina, empieza o si estoy en algún punto del recorrido ¿Acaso importa saberlo?
La voz de Fiona se me va apagando. Me voy durmiendo y la ruta ya no parece tan desierta ni silenciosa. Ahora, a lo lejos, ella me canta que nada va a cambiar mi mundo. “No Fiona, nada va cambiar el mundo que tanto me ha cambiado”
 

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