CARTAS A MI REGRESO #II ¿Cómo saber si he vuelto?

CARTAS A MI REGRESO #II ¿Cómo saber si he vuelto?

¿Cómo saber si he vuelto? ¿Retornar a dónde? Volver nunca es volver, eso ya lo sabés. Ya te conté que el retorno es una ilusión para no asumir que nunca se puede regresar al lugar que se deja atrás.
Y si he salido a viajar ha sido para agregar sentido y sustancia a mi vida.
¿Para qué nacer y morir si en el medio no he hecho de mi vida algo que recordar? Esos recuerdos, tenelo en cuenta, son mis huellas.
Porque yo trato de dejar huellas lo más claras posibles. Pero esas de verdad, de las que pesan. Para que cuando mire hacia atrás pueda decir: “Mierda carajo, sí que valió la pena”. Sé que te suena a cliché, pero son tan verdaderas que a veces hasta parecen cicatrices.
¿Acaso nuestras cicatrices no funcionan como esas migajas que nos indican el camino que hemos hecho?
¿Cómo nos construimos si no es en base a los recuerdos de lo que hemos vivido?
Aún así, por más que quiera volver a pisar esas huellas, se me va a hacer imposible el retorno. Porque los pasos me han transformado.

Querer retornar es una búsqueda estéril de algo que ya no existe, porque al pasado (y del pasado) nunca se vuelve.

Entonces, hoy me veo sin la energía de escribirte sobre esta imposibilidad.
Esta vez quiero hacerlo sobre esos recuerdos que han servido de huella y que han construido esto que soy.
Tengo en la memoria mis dos mochilas en la puerta de mi casa aquel día que partí por segunda vez ¿O fue por vez tercera? ¿Cuándo fue la primera?
Recuerdo la sensación de mi carga.
No era el peso de las mochilas, claro está.
Lo que pesaba era el vacío de mi incertidumbre. 
Un salto al abismo. Sin paracaídas ni alas. Sin esperar llegar entero al suelo, por supuesto. Creo que no me importaba.
Un simple salto a la nada.
En ese momento no sabía que la red que me sostendría aparecería y desaparecería varias veces ¿Cómo iba a saberlo?
Debió haber sido esa ignorancia la que me dio el impulso para dar el paso.
Otro fucking primer paso.
¿Cuántos primeros pasos da alguien en toda su vida? ¿Te lo preguntaste alguna vez? 
Subir a ese avión con la única certeza de querer viajar y perderme para poder reencontrarme.
O, mejor aún, perderme hasta desintegrarme y reconfigurarme en otro yo. 
Si, un yo del cambio. Otra vez ¿Cuántas más?
Poder dar, al fin, el contenido y sustancia a todas esas huellas que estaban por venir. Convertirlas en cicatrices, sangrarlas y honrarlas.
Pero ya casi no recuerdo mis sensaciones de aquella vez, porque esos recuerdos pertenecen a otro. Porque vos sabés que han sido tantas las veces las que me reinventé en este viaje que no sé por dónde hurgar.
Entonces ¿cómo es posible regresar a un recuerdo que este yo del cambio ya no posee?

Tal vez nunca encuentre la respuesta porque, al final, nunca sabré si he vuelto.

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