PARIS Y LAS CIUDADES SUBJETIVAS

PARIS Y LAS CIUDADES SUBJETIVAS

Extracto del libro “LETRAS DE VIAJE” [pág. 82]

[…] Las ciudades son subjetivas, cambian según los ojos que la miren. Al igual que la realidad, una ciudad cambia según la persona que haya para interpretarla, para vivirla. Hay tantos mundos en tanto ojos para observarlo.

Le voy a ser más claro:

Piense en esos momentos cuando usted habla con otra gente que ha visitado alguna ciudad que usted también visitó. Hay veces que a uno le gustó y al otro no. hay momentos en que se nombran mismos lugares pero hay divergencias en su contenido.

Para ser más precisos, supóngase que yo le digo que me encanta París y le hablo del por qué me encanta:

Sus barrios al norte y la mugre de alguna plaza. Del cómo hay partes donde uno va a un bar y se junta con músicos, pintores, escritores y conversa sobre historia y política.

de cómo se puede terminar una noche sentado al borde de la calle, tomando vino en botella e intentando aprender a pronunciar “Rue” en francés.

O le nombro ese supermercado que vende el queso camembert a medio euro y cómo en el cementerio Père-Lachaise está enterrado Jim Morrison y la gente le rinde tributo fumando hachís en su tumba.

Como usted se dio cuenta, no le nombré nada del París que uno se imagina.

Hagamos el ejercicio.

Le voy a nombrar ese París que usted está esperando:

Si, la Torre

París, con toda esa enorme cantidad de gente en el Trocadero sacándole fotos a la Torre Eiffel, desde una perspectiva que hace que su mano extendida pareciera que está sosteniendo ese gigantesco armatoste (y, en ese momento, alguno exclama: “esa foto pide perfil Facebook”).

O de cuando se baja para estar a los pies de la torre y hay una fila de trescientos metros para  subir, te cobran como diez euros y tenés que esperar como una o dos horas paradito ahí, para luego subir unas escaleras caracol hasta allá arriba. Pero sólo hasta la mitad, porque luego hay un ascensor que, si pagas una módica suma, te suben hasta la punta. En todo ese trámite de cuatro o cinco horas te fumaste al veterano de sombrero de paja que no para de filmar, al chino y su horda de colegas que miran su viaje a través del monitor de la Nikon 7200, al argentino con su camiseta de la selección argentina y a la excursión de alemanes que son conducidos en fila por una guía que les habla por un micrófono como si de un desfiladero a la cámara del gas se tratase.

O bien le podría hablar de la superficialidad de Les Champs-Élysées, donde un reloj cuesta noventa y siete mil euros.

O las crepes que venden en la Rue de Rivoli a cinco euros que tienen gusto a comida de avión.

Le podría hablar del tráfico y la locura de la gente corriendo, agolpándose en manadas detrás de la línea de metro y la vulgaridad del lujo que se esconde detrás de esas limusinas que copan algunos barrios elegantes.

Siempre pueden haber dos caras de la moneda, o incluso tres o cuatro o veinte o infinitas.

Tal vez usted conozca París, amable lector.

Tal vez usted ya estuvo allí y tiene Su París que es distinto al mío.

O tal vez no.

Tal vez lo compartimos. En ese caso, sería lindo encontrarnos en algún bar a orillas de la avenida de la Rue de Belleville […]

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