NIÑO ADULTO

NIÑO ADULTO

El bosque olía a verde, ese que es fresco y húmedo. El camino marcaba adentrarse a la tierra, pendientes y bajadas. Ese bosque tintineaba sonidos sutiles como los que da el arrullo de un río en medio de una pradera verde y abundante. Yo recién había llegado a San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Aún no conocía sus entrañas. Todo me golpeaba si aviso.

Todo sabía a nuevo.
Un pequeño camino entraba en algunas calles sospechosamente desconocidas. Frené y respiré la calma de la naturaleza. Tomé un trago de agua y continué el paso. Detrás mio se me acercó un niño.
No llegaba a la altura de mi cadera. Llevaba puestas unas botas de hule negras, pantalón oscuro y playera con marcas de varios años de uso. Tenía colgado un morral hecho de bolsa de costal, esas plastificadas donde se guarda todo tipo de granos, una boina más vieja que él y un pasto como goma de mascar en la boca.
“Niño, el camino al pueblo es por aquí ¿verdad?” le pregunto. 
Él se me acerca, me sonríe y me dice “si, es todo recto por aquí ¿Para dónde va usted?” 
Le cuento un poco e inocentemente le pregunto si venía de la escuela. 
“Pues no, vengo de trabajar. Sabe, ahora me voy pa’ la casa porque mi mamá me espera pa’ comer porque ella no trabaja y yo le llevo unos frijoles pa’ que me cocine porque mi papá se fue de la casa hace un tiempo porque el toma mucho”.
 
El sonido del bosque, nuestros pasos y las sombras intercaladas con los rayos de luz eran testigos de nuestra conversación 
“¿Dónde trabajas?” le pregunto “Allá arriba” me dice, señalando a la cadena de montañas que estaban cortadas por el progreso y canibalismo mercantil.
“Yo pongo dinamitas entre las rocas para romperlas y lo tengo que hacer rápido rapidísimo porque sino el patrón se enoja conmigo porque no hago todo el trabajo que tengo que hacer. Y ahí las voy poniendo una por una así ‘pa pa pam pam tan tan'” me dice mientras hace la mímica del cómo iba colocando los explosivos en línea y en serie.
“Como soy pequeño y mis manos son pequeñas puedo caber mejor en los huecos y trepar rápido, porque tiene que ser rápido sino el patrón me despide y yo no podría llevarle plata a mi mamá que está sola en casa asustada porque mi papá le dijo que la iba a matar por haberlo echado de la casa”
 
Ahí freno y lo miro, esa cosa tan pequeña, tan niño que se había visto en la obligación de convertirse en adulto. “Niño que el mundo te va envejeciendo a los golpes” pienso recordando esa estrofa de alguna murga uruguaya. Yo que a esa edad estaba saliendo de la escuela y mi preocupación se reducía en no haber hecho ni un solo gol en el partido de fútbol del recreo.
“Oye ¿pero cómo es eso de que tu papá quiere matar a tu mamá?” le pregunto.
“Si, cuando está borracho la llama y le dice que es una puta y que la va a matar a machetazos cualquier día de estos”.
Le pregunto por qué no hacían la denuncia a la policía “No, mi mamá tiene miedo porque mi papá le dijo que si llamaba a la policía ahí si la iba a matar y él cuando toma hace cualquier cosa porque él siempre le pegaba y le tiraba la comida que ella hacía, hasta que ella lo echó pero ahora él la tiene amenazada por haberlo echado y ella no quiere salir a la calle porque él la puede encontrar y matarla porque cuando mi papá toma le pega siempre a mi mamá”.

Montañas cortadas por el progreso
El bosque se hacía más bosque a medida que el relato se iba oscureciendo ¿Qué le iba a decir yo? ¿Qué se le dice a un niño que ha dejado de serlo por las circunstancias en que le ha tocado nacer?
El viajar te hace cambiar ángulos de vida, empezar a enfrentar tu mundo; ese que tenés tan inmaculado y único; con otros más terribles, más siniestros. 
Si estás abierto a recibir otras maneras de percibir las cosas, estarás aprendiendo que tus problemas son subjetivos y que no existe una tragedia esencial que no se resuelva. Enfrentar paradigmas es lo que nos hace crecer.
 
Ese niño, con su mundo, me estaba enseñando que aquellos días en aquella oficina en aquel trabajo de aquella otra vida que yo había tenido (si, así todo escrito tan redundantemente) (es para que usted se me maree un poco y sacarle tanta solemnidad a este discurso) no eran tan siniestros como los había sentido cada mañana que me levantaba a cumplir con horarios, autobuses, camisas y marcadas de tarjetas.
El que otros la pasen peor que uno no es consuelo cuando nos sentimos los seres más desdichados del planeta, pero cuando te enfrentás cara a cara con la real desdicha ganás en perspectiva y aprendés a valorizar aquello que fuiste e hiciste para tener el presente que te toca vivir.
 
Al final el niño se paró “Mire señor, mire para ese árbol ¿ve la ardilla? Yo tengo una honda y cuando voy por el bosque voy buscándolas y les tiro pero casi nunca les pego pero el otro día le di a una que cayó al suelo y creo que la maté. Pero está más lindo cuando no les pego porque salen saltando así ¡zaz!” me terminó de decir.
Al relatarme su juego de la honda y las ardillas pude descubrir apenas un brillo de niñez en sus ojos.
Ese niño estaba ahí.
Oculto entre tanta adultez obligada.

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