DEL FÚTBOL EN TIEMPOS DE VIAJE (o la falta de 3 millones cuando juega Uruguay)

DEL FÚTBOL EN TIEMPOS DE VIAJE (o la falta de 3 millones cuando juega Uruguay)

MÉXICO, 2014

-Tomése una compadre, no se haga de problema que este partido ya está ganado-  me decía con indiferencia el parroquiano de bigotes mientras se pedía otro mezcal. Yo llevaba mi quinto o sexto cigarro y mi tercera cerveza.

Faltaban dos o tres minutos para terminar el partido. Godín había metido ese gol medio de cabeza, medio de espalda. Yo lo grité afónico y con la mitad de los pulmones llenos de humo de esos cigarros baratos de un dólar la caja. Era la clasificación a octavos de final en el Mundial de Brasil 2014.

En el bar estaba el cantinero y ese paisano entrado en mezcales. Nadie más. Había pasado el día buscando algún lugar que televisara el partido de Uruguay contra Italia y todo estaba cerrado o no tenía televisión ¿Cómo podía ser?

La Laguna Bacalar

Era en la Laguna Bacalar, esa de siete colores que dicen que es tan maravillosa y mágica. Aún así, yo no le encontré sentido, me pareció una cosa chata y superflua. Es que cuando el juez terminó el partido yo quería abrazarme con alguien, quería gritar y sacarme la rabia atragantada. Pero no, no había tanta química con mis dos compañeros de copas. Eran desconocidos distantes que no permitirían que un extraño los abrazara.

Ahí estaba yo, solo con esa realidad que me decía que a nadie le importaba lo que acababa de pasar.

Distinto había sido el partido anterior, contra Inglaterra. En aquella ocasión, me encontraba en un pueblo entre la selva y los mayas, a 20 kilómetros de Tulum. Acompañado de una pareja canadiense que se estaban alojando conmigo, nos fuimos para esa ciudad a un bar lleno de alemanes, mexicanos y nacionalidades varias. Todos ellos me hicieron la compañía espiritual necesaria para estos casos.

Ese día de Uruguay-Inglaterra

 

En aquella ocasión, vi a Luis Suárez hacer prosa sobre el pasto y convertirse en poesía sucia e irreverente. Dos goles a un país que lo había estado matando y acorralando. Como un boxeador rendido entre las cuerdas que saca el gancho ganador, ese día Lucho noqueó a su verdugo y se convirtió en juglar de su propia historia. Con él, mis lágrimas cayeron escondidas en el baño de ese bar (no sea cosa que me vieran llorar por algo tan superfluo como lo son veintidós tipos corriendo atrás de una pelota). Ese día, me sentí más cerca de Casa.

Es que cuando juega la Selección de Uruguay me reconecto con todo aquello que crecí. Es extraño, porque a mi el fútbol me gusta pero, en general, me aburre.

Por más que en mi país es casi una política de estado y es debate en la calle, la oficina o el bar. Es Peñarol, Nacional y los campeones del mundo que ya están en el más allá. Son 3 millones de directores técnicos y 3 millones que soñaron con ser Luis Suárez. Es leyenda que se traga sus propios mitos y los cuelga de esas vitrinas empolvadas por el paso del tiempo. Es espina dorsal de las hazañas de un país naufragado en los mapas.

Aún así, hace años no miro un partido del fútbol los noventa minutos seguidos.
Por contradictorio que parezca, a la Selección la veo siempre. Sea colgado de la señal de Wifi de algún McDonals en Estocolmo, despertándome  en la madrugada en algún lugar de Rusia o golpeando la casa de alguien en algún pueblo centroamericano. Porque ver a Uruguay jugar, es verme en mi Casa. Es sentirme volver. Es Hogar.

En ese pueblo de Bacalar y en el lugar donde me estaba alojando aquel día contra Italia, era la desolación misma. Sin conexión y sin nadie con quien compartir mi alegría.
Cuando salí de ese bar, y caminé lleno de adrenalina y rock and roll, me vi ante un muro invisible de indiferencia (lógica, por supuesto). Me sentí un punto insignificante en la infinitud del universo. La soledad me acuchilló el espíritu

¿De que sirve estar feliz si no podés compartirlo con quién tenés al lado? Esa vez, me sentí más lejos de Casa que nunca. Mi hogar se derrumbó y quedó sepultado bajo esa laguna, esos mezcales indiferentes de aquel paisano y la soledad de un lugar que no era mio. Así que al otro día tomé mis cosas y salí a la ruta en busca de rock and roll y desconocidos a quien abrazar.

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