EL SALVADOR Y LA RUTA DE LAS FLORES (PARTE II)

EL SALVADOR Y LA RUTA DE LAS FLORES (PARTE II)

Luego de salir de Apaneca, al primer vehículo al que le hago dedo, para.

¡Oh casualidad!

Mientras conversábamos animados con el conductor, me dice: -Oye ¿sabés que en este punto no hay gravedad?-

-¿Cómo: “no hay gravedad”?- le dije mientras pensaba en que todavía estaba sintiendo todo el peso de la gravedad en mi cuerpo.

El conductor me miró y sonrió, apagó el motor del vehículo y lo dejó libre, sin freno ni nada. Estábamos subiendo una cuesta de la carretera y, aún así, el auto seguía avanzando. Repito: estaba apagado, en subida y el vehículo se movía de todos modos. Según él, muchos científicos habían venido a estudiar esa anomalía gravitacional y aún no le encontraban explicación. Pinche aquí para mirar este vídeo y verá de lo que hablo

ruta de las flores
Mapa casero de La Ruta de las Flores

La cuestión fue que sin gravedad o no, me dejó en Salcoatitán. Allí tomé una desviación hacia Juayuá. Estaba a dos kilómetros y decidí caminar, en pleno mediodía, en subida y con mi mochila.

A veces es extraño pensar como el cuerpo se acostumbra a ciertas exigencias. Y más extraño aún, es el cómo nuestra cabeza las acepta. Recuerdo mi primer viaje en soledad, en los balcanes y como una caminata de tres horas y esperas de una o dos horas de vehículos, me hicieron sufrir el viaje y sentirme frustrado ante tanto cansancio y espera. En ese momento, en El Salvador, me sentí que podía caminar hasta el infinito, que mi cuerpo y mi mente aceptarían cualquier exigencia que les impusiera. Me sentí en mi mayor plenitud física de viajes. Aunque no siempre es así, hay momentos en que te pesa la mochila, el kilómetro y la vida nómada.

Llegué a Juayuá, dejé mis cosas en la oficina de turismo y salí para “Los Chorros”, una cadena de cascadas que no sabía que existían hasta cinco minutos antes de salir para allí. El que atendía la oficina me lo recomendó pero me dijo: -Oye, mira que cerramos a las cinco y son las dos. Y queda lejos.- No importaba, me sentía bien y enérgico como para hacer todo el trayecto y llegar.

Comencé a seguir un camino de terracería hasta que me metí por un portón de una casa que daba a un camino por los cafetales que me dejaría en las cascadas.

En cierto momento, luego de una hora, me di cuenta que estaba caminando en círculo. Todo era igual, los mismos caminos y los mismos nortes. Allí recordé lo que una vez un veterano en México me dijo -Si algún día te pierdes en la selva, solo siéntate y escucha a tu alrededor. Siente la naturaleza y ella te va a decir hacia donde debes de ir-.

Así que eso hice y comencé a escuchar.

A lo lejos, un sonido tibio e imperceptible me hacía eco ¿de dónde venía? No era desde mi espalda ¿dónde sentía la energía? Respiraba. Escuchaba. En eso, abrí los ojos: ya sabía para dónde tenía que ir. 

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Perdido en los cafetales

A los diez minutos estaba entrando al lugar que estaba lleno de cascadas y piscinas de esa misma agua que caía. Todo gratis, sin tener que pagar por ser turista ni para que se beneficie algún terrateniente de la zona. Así es El Salvador: te da sin pedirte mucho a cambio. Imposible no enamorarse.

Al regresar se me hacía tarde para llegar antes que cerrara la oficina, así que me tomé una mototaxi.

-Tres dólares- me dijo el conductor. -Muchas gracias, pero no- –Dos, entonces- -No, gracias. Con ese dinero ceno- -Bueno, por un dólar lo llevo-. Me subí. El arte del regateo.

Recogí mis cosas, ya eran las cinco de la tarde. Pude haber optado por irme pero no quería correr. Decidí sentarme a comer en algún comedor y luego buscar donde dormir. La cena se extendió porque me puse a charlar con la señora que preparaba la comida, contándole de mis viajes y yo preguntándole sobre la vida. Rutina diaria en este país.

Se hizo de noche y todavía no tenía lugar para acampar. La ruta que salía del pueblo no tenía bosque en sus orillas, solo montaña, naturaleza espesa y áspera. El parque que estaba en el pueblo no me ofrecía garantías. Recorrí las calles y pregunté en el parking de la municipalidad, me dijeron que no. Seguí buscando y nada me convencía, mi instinto no me dejaba elegir lugar alguno.

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Los chorros, Juayuá

Me senté en el parque. La noche caminaba rápida. Yo miraba a mi alrededor. Algo iba a aparecer. Siempre algo surge.

En eso, vi a lo lejos una cosa que despuntaba por encima de las casas. Algo rojo con vivos azules, banderas y cuerdas sosteniendo una gran estructura. Era un circo ¿de dónde había aparecido? Había recorrido todo el pueblo y no lo había visto antes ¿Era real? ¿Cuántas cosas mágicas podían pasar en un día? No lo pensé y fui hasta allí.

No necesité explicar mucho mi situación, enseguida me hicieron pasar ¿Qué le iba a explicar yo a esa tribu de circo lo que es ser nómada? Armé la carpa adentro de la gran carpa, al costado de las cabras y a la luz de los trapecios y tinglados.

Todo era tan irreal. El equilibrista, el malabarista, el domador de tigres, la niña crecida en la caravana; todos se me acercaban y compartíamos historias con las cabras de oyentes. La noche avanzaba y los curiosos se iban a dormir.

Al final, quedé yo solo con las cabras, los colores y la energía intemporal de ese lugar.

Esa noche soñé con cabras flotando sobre inmensas cascadas. El Salvador me regalaba otro día para el recuerdo eterno, me hacía dormir feliz, contagiándome el surrealismo y la magia de su ruta.

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Mi carpa dentro de otra carpa. Las cabras pastando.

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