EL SALVADOR Y LA RUTA DE LAS FLORES (PARTE I)

EL SALVADOR Y LA RUTA DE LAS FLORES (PARTE I)

La Ruta de las Flores en El Salvador es una destino que poco se conoce. Este país, en general, se encuentra demasiado estigmatizado por los problemas que ha tenido con la violencia y la inseguridad.
Hace un tiempo conté de mi experiencia con respecto a esto y dejé en claro que para nada era un país que no se podía ir a visitar.

Todo lo contrario, El Salvador es un lugar que te sorprende a cada paso, te enamora con cada paisaje y te atrapa con cada sonrisa que la gente siempre tiene para regalarte.

Esta crónica es mi experiencia de los días que pasé en la región de Sonsonate y más específicamente, esos días en que vagabundeé por La Ruta de las Flores.
Así que he decidido compartir en estos dos capítulos uno de los recorridos más disfrutables que hice en mi viaje por centroamérica.

Fuente aquí

Se lo conoce con ese nombre porque en todo su recorrido  uno se encandila con la maravilla de su paisaje de bosques, montañas y, justamente, flores al costado del camino. Una zona que para quienes amamos el café, será lo más cercano al paraíso que podamos estar.

Salí de Ahuachapán en la mañana. Tenía tiempo, el recorrido de los pueblos iba a ser lento, saboreando cada metro avanzado, yendo al ritmo que el paisaje marcase.

Luego de pasar un par de noches en aquel pueblo, coincidir en un festejo de no sé qué santo y pasar muchas horas de charlas con mi anfitrión Alejandro, marché a la ruta. Salí sin saber para dónde iba a ir, ni dónde dormir, sin ningún conocido y sin mucha referencia de lugares.

Solo tenía un pequeño mapa sobre los pueblos que visitar y poco más. Una carpa, un pulgar y la confianza absoluta en el camino, porque estaba en El Salvador: el país más amigable del universo para hacer autostop.

Procesión en Ahuachapán
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Ya antes de llegar al punto para salir del pueblo, me paró una pickup. La gente es curiosa y desinhibida en ese país, la mezcla perfecta para quien viaja a dedo. Sin poner el pulgar ya me paraba el primer vehículo. Me subí en la parte trasera y dejé que el viento me despeinara la sonrisa.
Hasta Ataco iba el conductor, hasta ahí iba yo.

Había estado hacía dos días pero solo en la noche, con un grupo de amigos de Alejandro. Allí había pasado una noche de alcoholes, comidas típicas y karaoke. Pero ahora era de día y ni el alcohol o el karaoke formaban parte del plan. Este pueblo se caracteriza por sus murales y tener mucha oferta artística no solo en las galerías sino en sus murales y arte callejero.

Saqué unas fotos, tomé un café en algún comedor popular y volví a la ruta. El próximo destino era Apaneca. Pregunté a un camión que estaba lleno de militantes de un partido político si iban allí pero escuché una voz detrás mio “Nosotros vamos para allí amigo. Súbete” Volteé y era un patrulla de policía.
¡Si! Patrulla policiaca! Al fin borro de mi lista un vehículo al cual siempre he querido subir para que me lleven haciendo autostop” pensé (en esa lista aparece: Ambulancia, camión de helados, transportadora de valores o carro tirado por caballos. Ya he tachado alguno como auto descapotable, taxi y autobús (que me lleven gratis, claro está), fiat 600 y motos)

Apaneca es uno de los pueblos de mayor altitud del país y está rodeada de montañas que se ven verdes y cuadriculadas. Si, cuadriculadas. Los árboles están plantados de manera tal que forman paredes y sirven de protección a las plantaciones de café. Les proveen de la sombra necesaria para que crezcan, derribando el mito ese que dice que “nada crece a la sombra” (?).

Montañas cuadriculadas de Apaneca

 

De casualidad encontré una oficina de turismo. Me atendió una mujer con esa amabilidad avasallante salvadoreña. No sin dejar de sonreír, me recomendó la Laguna Verde y se ofreció a cuidarme mi mochila para alivianarme la carga. Así que le dejé mis cosas y emprendí marcha para allí.

El camino se me iba dibujando: casas de grandes murales con motivos de flores y paisajes, gente que me saludaba y me sonreía indicándome el camino, las montañas de fondo y los cafetales dándome sombra. La montaña que comenzaba y el camino de terracería que serpenteaba el borde.

Una pickup me frenó. “A la laguna vamos” me dijo el conductor. Resultó ser que era el alcalde del pueblo. Vestido de botas tejanas, sombrero ranchero y camisa a rayas con el color del partido político. Iba a chequear la laguna para alguna cuestión de cuidado y política ambiental. Con cara de preocupación, me preguntó muy curioso cómo un uruguayo estaba caminando por un camino en medio de las montañas de un pueblo perdido en El Salvador. Y por qué estaba solo y sin novia y qué hacía yo con más de treinta años sin hijos.

Luego volví al pueblo caminando. El camino me regalaba vistas profundas desde la altura de la montaña y me ponía el Volcán Santa Ana en el horizonte. Los cafetales me marcaban los pasos, un par de vehículos me pararon para llevarme solo porque me veían caminando.

Me negué las dos veces. Yo solo quería sentir la vida que da caminar por una carretera. Cuando llegué al pueblo, me tomé otro café de esos que hacen las señoras mayores en como si uno fuese su nieto. Volví a la oficina de turismo, tomé mis cosas, me despedí de los funcionarios y salí a la ruta hacia próximo destino: Juayuá, un pueblo dónde me encontré con historias mágicas y situaciones surreales.

Aquí LA SEGUNDA PARTE

http://www.letrasdeviaje.com/p/tienda.html

 

2 thoughts on “EL SALVADOR Y LA RUTA DE LAS FLORES (PARTE I)

  1. Hola Nicolás: a partir de este relato estoy descubriendo este país, que la verdad, no tenía referencia ni incentivos para conocerlo. Me quedó la duda de qué le contestaste al alcalde cuando te preguntó qué hacías por ahí, solo sin novia y sin hijos??

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