EL PESO DE LA MOCHILA

EL PESO DE LA MOCHILA

Estoy en alguna ruta que era otro país en los mapas viejos.

El horizonte se dibuja guiado por esos relieves irregulares, como si fuese una hoja de colores cortada por la imperfección de las manos.

Me pesa la mochila, cada vez más. Mil quinientos kilómetros atrás era mucho más liviana. En realidad no es la mochila, ella es solo una manifestación. Lo que me está pesando es mi cabeza. La ruta me ha cansado y cada vez más me cuesta recuperar la energía.

¿Será porque sabe que voy a parar pronto?

¿Ya sabe mi mente que estoy yendo pensando en el destino y no en el camino?

¿Será que mi cuerpo siente el cansancio de casi un año y medio de viaje sin parar? ¿será que tres años con el chip de viajero es mucho?

Pero ¿en realidad estoy de viaje?

¿Por qué siento que no?

Algún día atrás me había tomado un tramo corto en tren y me bajé una parada antes de llegar a Venecia. Era mediodía. Decidí seguir de largo.

¿En serio? ¿Estuve a dos minutos en Venecia y no pasé? ¿No pasé? Suena raro: “no pasé”.

Ni siquiera para sacarme una foto cerca de una góndola.

Por eso me pregunto ¿estoy de viaje?

Yo creo que no.

Porque hay veces que pierdo el sentido del impulso que da el asombro.Siento que luego de llegado cierto umbral en un viaje largo, es como que planeo a otro nivel las cosas que me van pasando. Como si las sobrevolara. Estandarizo el maravillarme con lo nuevo.

Es extraño. Es más un sentir y explicar los sentires, o racionalizarlos, nunca es algo saludable.

Estaba en esa ruta y el maizal que nunca finalizaba me desolaba. Naufragado en medio de una carretera larga, con la noche por caer, en el silencio que te da caminar a lo vagabundo.

La soledad.

Me va pegando.

Mi cabeza comienza a hablar. Va para allá y para acá.

Pienso en situaciones del pasado y me voy armando un teatro. Creando efectos mariposas. Juego a cambiar momentos que ya viví y me imagino posibles caminos argumentales para tal o cual conversación pasada.

Juego con el futuro y armo situaciones hipotéticas.

Mi cabeza se va.

Pero me rearmo en mi. Mi vista se pone en mi cuerpo. Está cansado.

Ahí me dejo de pensar en cualquier cosa y me centro en el presente. Estoy caminando por una carretera en medio de Eslovenia. Hace tres días estoy en la ruta. Quiero llegar y me quedan 800 kilómetros más.

¡Claro! ¡Es eso! No entré a Venecia porque estaba pensando en los kilómetros que tengo que hacer. Me preocupé mucho en la llegada y no en el paso que estaba dando. He estado mirando muy hacia delante y no hacia abajo, donde tengo apoyados los pies en este instante.

Ahora, la mochila me pesa un poco menos.

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