ECAUSSYSTEME: Manu Chao y un festival de casualidad

ECAUSSYSTEME: Manu Chao y un festival de casualidad

Ecaussysteme, el festival que duró tres días, fue en la zona de Gignac, en Francia, en el medio de un pueblo de productores rurales. El nombre, además de hacer un juego de palabras en francés que no tiene mucho sentido en español porque sería algo así como “meseta sistema”, busca mostrar el trabajo de un sistema sostenible ecológico y limpio (aunque para algún transeúnte el aprendizaje mayor haya sido no tomar nunca más sin parar por tres días seguidos).

De más está decir que no conocía a ningún músico o banda de las que allí tocaban salvo Manu Chao, que fue el motivo principal por el que fui ante la invitación de Nicolás, un amigo que la ruta me ha dado. Porque para mí en lo que a música respecta, luego de la murga, algo de rock and roll y algún que otro gringo, no hay nada. Hay un gran vacío que nunca se llena de información nueva.

Yo estaba sin muchos planes, recién llegado a España desde México, así que tras un mail de mi amigo invitándome a su casa y a este festival, decidí marchar.

Era ir a un evento totalmente en blanco, sin expectativas. Ya sabemos que las expectativas pueden ser un arma de doble filo: a veces ponemos tan alto el listón de excelencia y deseo que corremos el riesgo de que la realidad nunca llegue a cumplir con lo que anhelábamos.

Dicho esto, es de valiente reconocer (aunque esté muy sobrevalorada la valentía) que mi crónica sobre los artistas que escuché en el festival será desde el desconocimiento total. Súmesele, además, mi analfabetismo en el análisis musical y mi ignorancia en hip hop, sampleos o música balcánica.

En el pasto.
De espalda, Nicolás y Sara.

 

Aclaración: Este es un artículo triple, con breves crónicas correspondientes a cada día. Aquí encontrará el tercero (que fue el último). 

El primero usted lo puede leer en la web de la Revista La Mirilla siguiendo este link

Y los tres días completos saldrá en unos días (el 12 de setiembre) en la publicación mensual de la Revista La Mirilla. Así que tenga paciencia
Muy bien, luego de este corte publicitario, continuamos con nuestra programación habitual.

[…]  Día 3
 
Foto By Nicolás Combalbert

Hablar de Manu Chao es hablar de algo más que música, es hablar de concepto. Un artista que desde que nació como tal, la sustancia y la carga de su contenido lo acompañan. Escucharlo es saber desde dónde te dice las cosas y qué mensaje te quiere dejar.

Escapa a un simple tono de reggae o una guitarra de rumba musicaria. Todo su repertorio lo asociás a una lucha por dar voz a algún ideal, desde cosas concretas como los zapatistas en Chiapas hasta conceptos tan abstractos como la vida como algo azaroso (porque la vida es una tómbola, querido lector).

Manu Chao también es el reflejo y el canal de aquel que vive en la ruta; de ese que conoce y convive en culturas diversas o de aquel que se conecta con las cosas que pasan en el mundo.  

Manu Chao es, ante todo, verbo de música. 

Acción.

Sí, está bien. Debo confesarlo: hace años me aburrió Manu Chao. Me comenzó a aburrir luego de años de escucharlo en infinitos lugares: cuando me despierto y hago el desayuno, cuando estoy en algún hostal en Macedonia y me toca poner música y no sé qué meter, le doy play al Clandestino y me olvido del asunto. Cuando escribo en mi diario, leo un libro o me fumo un porro. Cuando estoy en la playa o hasta cuando me subo al autobús. Siempre suena alguna de Manu Chao.

Porque me refleja, porque me divierte, me enseña, me acompaña. Así, miles de años escuchando los tres mismos tonos en la guitarra para darme cuenta que “Mr. Bobby” es la misma música que “Bongo Bong” (algo así como la melodía del “Que los cumplas feliz” y la del “Payaso Plin Plin”). Por más que lo ame, Manu Chao me aburre.

Dos por tres vuelvo a él. Descubro alguna grabación perdida en internet o encuentro algún vídeo perdido en YouTube.

 
Chineseman
(Día 1 del festival. Usted puede encontrar la crónica de este día en AQUÍ)

Con todo eso contradictorio, iba a ser la primera vez que lo veía en vivo. Gracias a él, Nico había conseguido ingreso a la sala VIP y estuvimos tomando champagne casi tres horas esperando el espectáculo.

Luego que terminara la banda de cumbia El gato negro —oriunda de Toulouse pero que entonaba son cubano y trompetas colombianas— la noche comenzó a iluminarse ante el inminente sonido de “La Ventura”, nombre del espectáculo de Manu Chao.

 

México presente.

Ruta Brasil.

Por la carretera.

 

El canto a coro del “Uoió, uoió io ió” (sic), las luces, la batería, el salto irrefrenable y la invitación permanente a la alegría de una música viva. Era ese concepto e ideal de música lo que estaba sonando.

Manu Chao saltaba, encendía y no paraba. No paraba nunca.

Mis pies estaban más en el aire que en el piso, la sonrisa era parte de la noche y la felicidad tomaba cuerpo en un escenario, un artista, y 10.000 personas irradiando energía de fiesta.

Cuando la música dio paso al silencio y las luces se perdieron en la oscuridad de la noche, yo me vi caminando hacia el camping. Lleno de vida por un festival que nunca terminé de comprender pero que pude sentir con todo mi cuerpo y con toda la generosidad que te da el viaje y la ruta.

 

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