4 COSAS QUE APRENDÍ VIAJANDO A DEDO

4 COSAS QUE APRENDÍ VIAJANDO A DEDO

Hace muchos años atrás, cuando ni barba tenía, tuve unos tibios intentos de viajar a dedo en mi país Uruguay. Con amigos agarrábamos las mochilas y nos íbamos a la ruta rumbo a la playa que quedaba a cincuenta kilómetros. Salíamos una hora antes del único bus que nos llevaba y hacíamos dedo. Algunas pocas veces nos pararon; muchas otras, no. El objetivo era ahorrar el pasaje en caso de que alguien nos levantase y si nadie lo hacía, tomábamos el bus.

Lejos estaba de lo que soy hoy, con 25.000 kilómetros recorridos a dedo por Europa, Centro América y México. Más lejos estaba aún de tener al autostop como forma de vida y como un puntal fundamental de mis viajes.

Porque es viajando a la velocidad del pulgar como he encontrado el mayor significado a mis viajes y de saber que lo que me pasa caminando en la ruta es el mayor aprendizaje que he tenido en mis tres años de viajes full time.

 

He aquí algunos de ellos:

1. Ser Positivo

Viajar a dedo es una actitud de vida.

Imaginate estar al costado del camino con cara de pocos amigos, de enojo e insultando a quienes no paran. Pasa un auto, no para y le gritás un reclamo; otro pasa, no para y te acordás de la madre de quien conduce en términos no muy amistosos; el siguiente pasa, no frena y lo insultás con otro grito de odio.

Así, no sostendrías el viaje ni por diez minutos. Porque te llenás de odio, frustración e infelicidad. Es imposible andar generando pequeños odios con cada vehículo que pase y no pare. Es por eso que la negatividad, en la ruta, no tiene lugar. Siempre hay que estar sonriendo, divirtiéndote, contagiando de buenas vibras a los que pasan, saludando al que cruza en bicicleta, tirándole besos a los camioneros, bailando y cantando cuando hacés contacto visual.

Como la vida, el viaje a dedo hay que tomarlo como un juego. Es probable, que esa actitud viajera la traslades a una actitud más esencial de vida si pasás tiempo viajando en autostop. Te vas transformndo en una persona con buenas energías, de pensamiento positivo, que disfruta de la complicidad de una sonrisa con extraños.

Es en esa conexión con la actitud en la ruta y la actitud de vida que ganarás en felicidad. Ahí vas a ver: los vehículos vas a parar más seguido.

 
El es Fabián. Una mañana en Costa Rica, luego de dormir en una gasolinera, me levantó él con un amigo. Me invitaron a desayunar. El desayuno se convirtió en almuerzo y el almuerzo en cena. “Nací porque a mi madre la violaron. En un mundo en el que no fui pensado para existir, hasta el calzoncillo que tengo puesto es ganancia” me dijo luego de varios whiskys y cervezas.

2. El mundo te sonríe si vos sonreís

Cuando estas parado en la ruta y estableces contacto visual con quien conduce el vehículo, siempre es necesaria la sonrisa. Quien esté dentro del coche no va a escuchar lo que digas, ni siquiera vas a tener tiempo para gritarle el destino, tu nombre o un simple “Hola”; esa persona verá solo tu rostro y ese será tu único momento de comunicación.

La manera más efectiva y rápida para que lo puedan entender será tu sonrisa, esa especie de contraseña universal que todos, sin importar idioma, religión o nacionalidad, conocemos. Cuando sonreís abrís las puertas en el otro.

¿Alguna vez intentaste sonreírle a la gente con la que cruzás una mirada?

Te invito a hacer una prueba y comprobar el efecto contagio
Cuando salgas a la calle tomate quince minutos y sonreíle a la gente: cuando subas al autobús y le compres el boleto al chófer, estés frente al cobrador del supermercado, cuando camines por la calle y cruces miradas o cuando te sientes en un banco en un parque al lado del veterano que le da de comer a las palomas. Vos saludá y sonreí. Vas a ver que habrá respuesta del otro lado.

 
Acá, con mi madre haciendo dedo en México.

3. Superación de las dificultades

De camino a Serbia, yo estaba en la ruta de Eslovenia. Había avanzado solo 25 km ese día. Me encontraba en medio de la autopista, un lugar muy poco conveniente. A unos 50 metros terminaba y empezaba la carretera. Me puse casi al borde de la finalización y nada. Los vehículos parecían saetas supersónicas. Una hora más y nadie paraba. El calor empezaba a caer fuerte y decidí caminar. No sabía qué había adelante, de seguro era una ruta larga y desolada donde los vehículos toman velocidad y siguen y siguen y siguen.

Era eso o quedarme en un lugar donde nadie pararía. Salí a la carretera y caminé unos treinta minutos. Cuando vi que la ruta tenía una linda línea recta me puse a hacer dedo. Pero nadie paraba. Dos horas más y la ruta continuaba difícil.

Así que me senté y medité unos cinco minutos porque estaba sintiendo que me estaba comenzando a molestar. Ya no sonreía, no saludaba. Poco más y estaba exigiendo que pare alguien.
Respirar y sentir el flujo libre del cuerpo. Estar en el aquí y ahora.
Cuando terminé, me paré y comencé a usar todos los recursos para esos casos extremos en que nadie te para: saltar, mover las piernas, bailar, hacer señas con las dos manos, cantar, gritar, y la infaltable seña de “por favor”. En definitiva, moverme todo. A los cinco minutos me paró un auto con dos bosnios que me dejaron a 20 km de la frontera de Croacia con Serbia.

Casos como esos me han pasado algunas veces, de estar dos, tres y hasta cinco horas esperando. No son los más comunes, pero cuando suceden es una lucha constante con tu cabeza que te dice: “Dale, largá el cartel. Andá a una estación de bus o subite ese tren. Tirá la toalla”. Esto se agrava cuando viajas solo, porque sos vos y tu cabeza. Distinio es si estás con alguien más y ese se pone negativo, lo podés callar. Pero no podes hacerlo con tu cabeza, esa no para nunca.  Es un hámster girando continuamente en la ruedita.

Aunque te puedo asegurar que cuando alguien te para porque vos le pusiste el máximo de tu esfuerzo, la satisfacción es doble: no solo porque un vehículo frenó sino porque sabés que superaste algo que se presentaba difícil.

La ruta, como la vida, sabe que si le tirás mala onda te va a devolver mala onda. Por eso, cuando querés cambiar tu suerte debés cambiar tus métodos. Ya lo decía el querido Albert Einstein en esos memes de facebook: “Si quieres resultados distintos no hagas siempre lo mismo”

 
La foto no es la de mejor calidad, pero esta es una familia Rumana que me recibió luego de que me levantarán en el medio de la ruta cuando no pude entrar a Ucrania. Ese día, tuve que cambiar todos los planes y trazar un nuevo mapa. En la noche terminé como fotógrafo en un casamiento que ellos organizaban.
 
4. Adaptabilidad y aceptación de lo que viene
 

Cuando te para un vehículo nunca sabés quién es esa persona, el por qué paró, para dónde va ni qué historia de vida carga. Nunca sabés, pero vos aceptás ese no saber. Lo tenés que hacer. Es parte del juego.

Eso te permite conocer un mundo nuevo y totalmente en blanco. Cada vehículo es un espacio de infinitas posibilidades que vos nunca vas a poder cambiar a tu antojo.

 

Esa persona puede hablar mucho o no hablar nada. Puede haber parado por curiosidad, porque quiere ayudar o porque él lo hizo antes. Puede que pare por mera costumbre de llevar gente. Puede que te invite un café, una comida o, directamente, a su casa. Puede que no te invite a nada. Incluso, puede que paró porque piensa que te está salvando del peligro inminente que significa estar parado en la ruta a merced de los peligros del mundo.

Puede ser viejo, joven, hombre, mujer, gay, hetero, comunista, cura, facho, humorista o un afligido de la vida. Puede ser muchas cosas y, por tanto, tener una forma de pensar demasiado distinta a vos. O no, tal vez son dos gotas de agua. Puede hacer comentarios que te incomoden o puede no parar de contarte historias que te gusten. Puede que quiera oírte lo que tenés para decir. Puede que no paren de reír, hablar, cantar o aprender uno del otro. Puede que te duermas ante el silencio de no tener nada para decirse.

Generás, en ese incertidumbre de lo que vendrá, una tolerancia y aceptación extrema a lo desconocido. Aprendés a adaptarte a lo que te toca vivir en ese momento. 

Perdés el miedo a encontrarte cara a cara con aquello que ignoras. Lo comenzás a incorporar a tu vida y entendés que siempre lo que va a venir, vendrá. Bajás niveles de ansiedad y ganás en tranquilidad. 

Aprendés que la magia de la vida está en el fluir.

 
No es cara de serio, es cara de concentración por entender lo idioma local.

A modo de cierre del post

Aquí nombré cuatro puntos, pero es muy obvio que pueden haber muchos más. Incluso cada uno se podría diseccionar en varios puntos más. Lo lindo de aprender es eso: que es un camino que no termina nunca y que se va bifurcando hacia otros caminos que llevan otros aprendizajes y esos aprendizajes a otros caminos y así sucesivamente. Todo esto hace que la ruta del aprender sea constante, cambiante e infinita.

 
El camino continúa…
 

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