LA SALUD EN TIEMPOS DE VIAJE

LA SALUD EN TIEMPOS DE VIAJE

Venía desde el caribe mexicano, a más de treinta grados de calor y pasé a la altura de San Cristóbal de las Casas, con un promedio de sol en las mañanas, lluvia en la tarde y frío (a veces mucho) por la noche. Hermoso cóctel del cual no salí ileso.

A las dos o tres semanas, caí en cama. Fiebre, dolor de garganta, tos, mocos, cansancio, flemas. Un asco. Hasta ahí, todo normal. Un estado gripal que una cama, una sopa de pollo y mucha siesta, no cure. 

Los días pasaron y me mejoré un poco. Pero fue un día que desperté y me estaba sangrando la boca.  “¡Mierda!” me dije “me reventaron los pulmones. Yo sabía que tenía que aflojarle a la caña con limón  y a ese cigarro de un dólar la caja”

Pero no, me observé mejor y, además de seguir respirando normalmente, me vi que mi ansía inferior estaba toda cortada. Salí corriendo al dentista. 

(Nota: las fotos corresponden al Sanatorio Durán, en las afueras de San José, Costa Rica. Fue un recinto de tuberculosos que quedó abandonado y fue utilizado, posteriormente, para rituales satánicos, orgías, drogas y todas esas cosas por el estilo)

la salud en tiempos de viaje

“Tienes una úlcera, provocada por tu muela de juicio que no tiene espacio para salir. Además, el sarro se está metiendo entre la encía y los dientes.” me dijo la dentista mientras me hacía abrir la boca para sacarle fotos a toda esa podredumbre interna “Es que soy profesora en la Universidad y tu caso no es muy común”, me  siguió diciendo. No era consuelo saber que tu mal iba a hacer un beneficio pequeño a otros. 

“¿Cómo puede ser? Si yo me había arreglado la boca antes de salir de viaje. Si me lavo los dientes como te enseña el señor ese de túnica en la publicidad de Colgate.” le refuté a la dentista que no paraba de abrirme la boca con un gancho y fotografiaba con cara de asombro. 

No, no tenía nada que ver. La fiebre me había bajado las defensas. 


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Así, comencé una peregrinación bucal que comenzó con antibióticos, calmantes, anestesias y limpieza dental profunda. Una vez terminado, pasamos a la cirugía de la muela de juicio. 

Déjeme decirle, querido lector, que ese ha sido el dolor físico más heavy que he tenido en mi vida: dos horas duró la extracción. La raíz estaba tan larga que la dentista tiraba y tiraba, y no podía sacarla. Luego de una hora y media, y sucesivos cortes horizontales a toda la carne, se me fue la anestesia ¿Entiende usted? La hija de puta tiraba de un pedazo de hueso conectado con toda la red nervios y conductos de mi boca y yo ¡sin anestesia! “¡Pará! ¡Pará mujer! Poneme más anestesia porque muero desmayado acá.” 

Me puso la anestesia, pero como toda la carne de adentro estaba abierta, el líquido salía por todos lados y no para donde tenía ir para que haga efecto y gozar de la felicidad que da la ignorancia. Así que tuvimos que proseguir la extracción a lo indio, a traer toda la mierda aprendida del estoicismo y Rocky I y repetir “No duele. No duele.” 
“Que no va doler ¡la reputísima madre que lo parió! ¡Arráncame el mentón de un martillazo y terminá ya con todo este fucking sufrimiento!”


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Pero sobreviví. El dolor que sentí en toda la parte izquierda de mi cara por una semana era un alivio al lado de esa extracción.

Cuando creí que todo iba bien, una inflamación del otro lado de la boca me tuvo un día con la boca abierta y sin poder masticar nada. La otra muela de juicio estaba a punto de reventar. Otra vez una cirugía, otra extracción y la seguridad de un dolor inconmensurable.

Pero la operación fue más amena, aunque el post fue duro. El ibuprofeno no hacía nada y la sangre no paraba de salir de la herida, por lo que me tuvieron que dar un inyectable que me dejó durmiendo por un día entero. 

Aun así, cuando me fui a sacar los puntos, la dentista me dijo que debía arreglarme un arreglo de una muela que me había hecho antes en Uruguay. La muela estaba en estado lamentable y no me salve del tratamiento de conductos y la posterior reconstrucción. 

A todo esto habían pasado un mes y medio y más de quinientos dólares en gastos solo de dentista y medicamentos. Y yo sin seguro de viaje


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Casi recuperado, aunque aún con dolor, me fui a la playa. Allí, durmiendo en un colchón y en un lugar demasiado hippie, me agarré ácaros. Que no son más que unos bichos microscópicos que se te meten entre la piel y te empiezan a comer la carne. Eso produce una picazón del demonio. Sería, hablando claro, una especie de sarna (pero no le decimos así para que no suene tan bíblico y nos haga recordar al pobre infeliz de Job). 

Al mismo tiempo, por si creía que mi suerte estaba en rojo, una araña (o algo similar) me picó el dedo mayor. Se me empezó a inflamar, e inflamar e inflamar, hasta quedar del tamaño de un limón. Asustado de que se me cayera el dedo a la mierda, me fui al zoológico de la ciudad. Si, al zoológico. No sabía que bicho me había picado y era mejor un biólogo que un médico. Me mandaron a la Cruz Roja, me cortaron un pedazo del dedo para sacar todo el veneno y asunto resuelto.

No sin el posterior dolor y la depresión de estar agarrándome todos los males y enfermedades de mi vida. En cierto momento no sabía si agarrarme la cara del dolor de muela, si llorar por la punzada que implicaba ese dolor de dedo y rabiar rascándome todo el cuerpo por esos bichos apocalípticos. Todo junto ¡Y sin seguro médico de viaje!


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Ese momento, en donde la enfermedad te encuentra lejos de tu casa y sin el calor de la cercanía de quienes conoces, es cuando la oscuridad gana. Cuando ves tus famélicos ahorros esfumarse por los gastos de médico, dentista, medicamentos y medicamentos y medicamentos y muchísimos más medicamentos. 

Allí comprendí que nunca se necesita un seguro de viaje, hasta que lo necesitas. Todo lo que gasté en esos dos meses, me hubiese salido mucho más barato asegurarme. Pero claro, yo venía de un año de viaje por Europa donde nunca había usado el Seguro. 

De los pasos y los golpes se aprende, ahora la gente amiga de Coris Uruguay se colgó con el proyecto y me acompaña en mi mochila por si alguna araña, algún ácaro o algún aire me pega mal y me tumba en una racha de enfermedades y sufrimientos. 

Viajando, usted podrá perder la mochila, el pasaporte, los auriculares (que los acabo de perder esta mañana y estoy escribiendo sin la música que me acompaña en cada redacción), una novia, un vuelo o las medias que nunca completan los pares. Podrá perder muchas cosas aunque siempre podrá recuperarlas (salvo la novia esa, que siempre será mejor perderla y conseguirse otra). Pero la Salud, mi amigo, descuidarla es algo de lo que puede que no se vuelva.

Así que no sea perejil, cuídese. Cámbiese de ropa si lo agarra una lluvia, mire donde pisa y que no lo muerda una culebra venenosa, coma sano, tome agua, lávese los dientes (pero no como dice el de Colgate) y tenga a mano una cobertura. Se lo digo por experiencia, no va a andar queriendo salir corriendo a que lo atiendan en un zoológico o que se le vacíe los ahorros que iba a usar en esa isla paradisíaca del caribe.


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