DE LA OBSESIÓN, LAS CALLES Y LAS VIDAS QUE NUNCA FUERON

Obsesionarme caminando en una gran ciudad. 
Fijar la vista en cada rostro que se cruza por delante. Imaginar sus vidas a través de sus miradas, las historias en su caminar, qué piensan, qué desayunaron o si se sienten felices con la vida que eligieron. 


Obsesionarme. Llenarme de vidas y apropiarme un instante de ellas. Verlas y sentirlas como desfilan por mi cabeza. Imaginar sus pasiones, amores y fracasos. 

Me siento expandir, vivo mil vidas en un segundo. No importa ese pasado que cambié mil veces o esos futuros que quise que sucedieran de diversas formas. 
Nada de eso importa. 
El presente es esa obsesión, la de fijar mi atención en esas personas que pasan y se convierten en mi aquí y ahora. 

Naufragar en cada pensamiento y amar a cada mujer que se atraviesa. 
Vivir toda una vida a su lado en esa milésima de segundo. Ese tiempo en que cruzamos las miradas, nos reconocimos, nos amamos, y nos soltamos. 

Soy ese niño que solo quiere helado y llama a sus padres para que se lo compren. No le importa otra cosa en la vida. La felicidad suya se reduce a una forma de cucurucho y a un sabor a fresa. 

Obsesionarme con cada pareja tomada de la mano, en el chino turista mirando las vidrieras de tecnología o en el anciano solitario tomando un café en el bar de la esquina.
Sentir el silencio de la ciudad, sin bocinas de vehículos ni música a todo volumen saliendo de las farmacias o zapaterías. 

Cruzar una vidriera y mirarme. Verme otro. Ese que soy ahora. 
Viajado, cansado, feliz y con un moño para sujetar el pelo largo. Mierda! Tengo que sacarme este look de George de la Jungla.

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