FLASHBACK #4 República Checa: Check-in al Este

Republica Checa, esa parte donde comienza el Este. La de aquellos países tan estigmatizados por Hollywood, tan desenfocados por las cámaras y la historia, eclipsada por el gigante Soviético y su aparato Imperialista.
El muro, la Bota Roja, el Kremlin, Stalin, Lenin disecado, la Yugoslavia de Tito, la extravagancia de Ceausescu y los tanques en Hungría.  El animal y el arado; la anciana de pañuelo, toda encorvada, ajada por una vida de cambios, hambrunas y guerras. La siembra a mano, cortando con la oz y guiando al buey para que abra la tierra.

Imágenes repetidas a lo largo de toda Europa del Este que aún guarda su pasado comunista, su arquitectura gris y la inoperancia de muchos gobiernos que llevan la política de su país como si fuera un Club Social de Vecinos.

Praga

República Checa, se dice, pertenece a la Europa del Este. Déjeme decirle, amable lector, que he caminado muchos países de la región, viví un año en un uno, y le puedo asegurar que nada tiene que ver con ese racimo de países que colgaban de la Moscú Todopoderosa. Pero, a la vez, poco tiene que ver con la Europa de Occidente. 
Este país, querido lector, posee ese desfasaje imperceptible que sale a luz cuando se lo observa apuntando la vista al oeste, a esos países como Francia, Holanda, Alemania o España. Esos países que sirven de sinécdoque en la construcción de la idea que nos hacemos de Europa, una imagen tan rica y próspera que no da lugar a otras formas de pensar más allá del paquete turístico o el tour guiado.
Sin embargo allí está, en el medio. Como en un limbo surrealista y psicodélico, que te hipnotiza y te hace naufragar, a la deriva de la historia.

Praga, su capital, funciona como un oasis surreal que no te deja indiferente. Tiene una magia que te arrolla con su personalidad y su identidad tan marcada y presente. Cada espacio, cada edificio, cada puente y cada calle tiene su historia particular, profunda y añeja. La suma de estas partes la convierten en un todo alucinógeno.
Claro que no es solo la mera suma de las partes que la hacen ser lo que es, porque todo se amalgama y entremezcla, dibujando una atmósfera casi de ensueño, onírica.

Arco de la entrada del puente famoso ese cuyo nombre no recuerdo

Praga se camina. Un ritual necesario para escuchar el sonido de la calma de sus ríos o sus pequeñas calles. La locura turística puede pasar desapercibida si se enfoca en su olor a historia o en su belleza arquitectónica. 
Hay que dejarse llevar, sin mapas ni direcciones y descubr rincones de otro universo, colores inimaginables y señales que indican que usted está perdido en algún punto difuso. La esquina repetida y la fuente que ya te cruzaste tres veces. No importa, lo importante es dejar fluya el camino.
Así, uno cae en su encanto y va de aquí para allá con la boca abierta, sin poder creer que una ciudad entera sea una obra de Arte. 

Calle al gran Kafka

Una de las estatuas del puente famoso ese.

Homenaje a Lord Sith

Por si fuera poco, está llena de bares donde uno puede encontrar la mejor cerveza que se puede tomar por estos lados y barata, muy barata (a razón de un euro el medio litro de cerveza en jarra). Sin duda es la mejor relación calidad-precio que uno puede pedir. Es que tienen una gran tradición cervecera. Históricamente cada familia elaboraba su propia cerveza. Hoy ya no es como antes, donde el mundo es un poco menos tribal, pero existen un sin fin de fábricas (chicas, medianas y grandes) que hacen de la variedad un aumento de la calidad y una baja del costo al consumidor.

Este país funciona como check-in para un mundo pocas veces conocido por el visitante de catálogo o el viajero de vacaciones. Un país de pasado comunista tan lleno de colores, en contraste al gris invasivo que dejó el imperio soviético. 
Además, Praga es una ciudad que puede ser París por su aire romántico, Roma por sus calles pequeñas y empedradas o Berlín por su vida nocturna. En definitiva, y como todas las ciudades del mundo, esta capital puede ser lo que usted quiera que sea.
Nota: crónica extraída (en parte) del libro de mi autoría “Letras de viaje”. Querés tenerlo, clicleá acá y enterate
El reloj ese tan famoso. Nuevamente, no recuerdo su nombre (soy un desastre de guía turístico, lo sé)

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