RANDOM DE HISTORIAS Y CANCIONES

“Mejor abrí la mente mira siempre al frente, que ningún camino lleva igual destino” canta La Vela Puerca en mi reproductor, mientras tomo la intersección que me lleva a la calle principal del centro de San José, Costa Rica.

La gente, mucha muchísima, va pasando a mi costado ¿No lo obsesiona a usted, querido lector, lo que pasa en la vida de esa mujer cincuentona que cruza, o del joven de camisa que acaba de atender el celular? ¿Quién lo llamó? ¿Será su madre, su novia, un amigo? ¿Será número equivocado? Y el viejito ciego que está afinando su guitarra al costado de paso peatonal ¿Cuánto hace que está aquí? Ahí veo que una mujer le deja una moneda el cual él agradece.

1 de mayo
Entro caminando al mercado. Hoy me decidí prescindir del sonido natural que da ambiente a los lugares. Hoy quiero jugar a caminar la ciudad con mis caprichosos soundtracks.
Prescindir del sonido del exterior me corta una parte importante del viaje, porque no estoy escuchando a la mujer que me ofrece ese plato de carne con arroz y frijoles, ni el hombre que me quiere ofertar tres llaveros a menos precios. Los veo acercarse y en mi cabeza suena “Colabore” de La Vela. Trompetas, cuerdas de una guitarra y la voz del enano cantando “Colabore para no desaparecer”. Nada tiene que ver lo que pasa en mi mundo sonoro con mi mundo visual. Distorsiono mi realidad, y lo que pasa frente a mí se va moviendo a otro ritmo, desfasado del tiempo que marca rock skapero que suena en mis oídos.
Luego de comprar lo que necesitaba, salgo. Me paro al lado del semáforo, un auto azul pasa (le digo el color porque mi conocimiento automotriz llega solo hasta ese punto de reconocimiento), una mujer de labios ultra pintados habla por teléfono. Parece reírse ¿De qué se ríe?
Me cansó de escuchar la misma banda y pongo en random el playlist. 
“Oigan al payaso que canta. Cuantas penas en su garganta, junto a su copa de licor…” canta la murga de Jaime Roos y el Canario Luna hace explotar con su voz ese himno al bar y la bohemia. 
En el exterior, en mi mundo visual, un hippie de barba pelirroja toca la guitarra. Está sentado en el suelo junto a su gorra famélica de monedas. Pero el sonríe. Parece feliz.

Llego a la plaza principal que está llena de palomas, muchas por todo el suelo. Hace tiempo no veía tantas juntas. Dos o tres niños las corren con la convicción de que atraparán alguna, y mientras Julieta Venegas me abraza con su canción “De mis pasos”, pienso en ese niño tan lleno de esperanza que no se rinde ante el intento de atrapar alguna ave que está comiendo pan del suelo. 

Corre y estira las manos a la par de su sonrisa ingenua de persona recién venida al mundo. Las palomas vuelan. Él mira para el costado, ve otro grupete de aves y sale corriendo hacia ellas.
Siempre así: repitiendo el resultado fallido de atraparlas

¿Acaso la vida no debería ser así? Perseguir eso que queremos sin importar de llegar o no. Concebir el vivir como algo que se hace de manos y sonrisa abierta. 
Casi como un juego, en el que ganar o perder es secundario. Cuando el foco de la felicidad es ese camino que nos llevará hacia esas palomas que nunca atraparemos.

Si, ya sé: nada que ver las fotos.

Una pareja veinteañera de sienta en frente y como un designio de la casualidad, comienza a sonar la banda mexicana Real de Catorce. Un blues que dice “el cigarro encendido en un beso carnal, una copa de vino, una lágrima rota que rueda al final” me recuerda algún amor roto en alguna parte de mi viaje.

La pareja parece feliz, él le sostiene la mano con suaves caricias a los dedos. Ella se recuesta en su hombro y algo le dice. Él sonríe ¿qué se estarán diciendo? ¿Cuánto hace se conocieron? ¿Tienen perspectivas futuras o solo disfrutan el momento? 
¿Que significará el amor en cada uno?

Esa pregunta me lleva a mirar a otras personas que se me van cruzando, cada una con su historia de aventuras, desventuras, amores y rupturas; recuerdos de sus infancias que han sido tan singulares, tan únicas y que han conformado un mundo.

Mientras “Three little birds” de Marley va sonando, pienso en que hay tantos mundos en tanto miradas para comprenderlo. 
Pienso en todo lo que me abruma la infinitud de realidades,  ese hippie, el niño corriendo palomas, la joven que reposa en el hombro de su novio y la mujer que ofrece comida en el mercado; todos son un mundo, una existencia singular. Única, enorme, fugaz.
Aquí la lista de Soundtracks; la cual, todos sabemos, que usted no va a escuchar ni una sola canción:

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