UNA VOZ INVISIBLE EN UNA PLAZA CUALQUIERA

UNA VOZ INVISIBLE EN UNA PLAZA CUALQUIERA

Hace tres semanas estoy apartado de la civilización, guardado en una posada entre la selva y el caribe. Hoy me decidí ir al pueblo. Me despierto y escucho la lluvia que cae en el océano como un sonido de viejos parroquianos desangrando alcohol en sus vasos, esos tan grises de vida; encorvados y rendidos a las frustraciones y nostalgias. “Justo en mi día libre tiene que llover”.


Me levanto. No me queda mate pero tengo café. Lo apronto. Me siento en la terraza a escribir. Cuento sobre un niño minero de México, comienzo a traer el recuerdo a la superficie y lo convierto en letras, que una tras otras van armando una historia trágica. Siento tristeza. Freno, no puedo escribir más. La lluvia ya paró. Es hora. Apronto todo y salgo a marchar por el camino, ese que cruza la selva y me deja en la ruta principal.

Luego de ocho kilómetros llego al pueblo. Estoy cansado y la piernas me avisan que necesitan un respiro. Sigo caminando por la avenida principal para encontrar algún lugar donde sentarme, tomar agua y prender un cigarro. 

El camino al pueblo. El sol señalando.
El pueblo está caluroso, siento como si la húmedad navegara en el aire como ese aroma a café por las mañanas en mi cocina. La lluvia no hizo más que potenciar el calor caribeño y el sol está comenzando a fermentar el agua del suelo. 
Encuentro la plaza. Me siento y en frente mio hay un veterano de lentes de sol con una guitarra. Puedo escuchar el sonido de las cuerdas, veo como su boca está acompañando esos acordes pero no logro descifrar que está cantando. Un niño, que no parece que lleve su sangre, lo acompaña con sus palmas. Por supuesto que el sonido no va al mismo tiempo que la música del hombre, porque los niños tienen eso de que no les importa no cuadrar con armanías o reglas impuestas por el devenir adulto. 
 
El veterano parece feliz, una sonrisa entona esos cantos que va tirando. No tiene gorra ni recipiente para que le dejen monedas, ni cartel que anuncie su motivo. Me pregunto si para la música habrán motivos y llego a la conclusión de que sí: la música misma. El cantar por cantar. Brindarle al aire versos y rasguidos que se perderán entre los sonidos de autos, personas caminando, gringos con mochilas grandes y verduleros ofreciendo sandias y melones. 
 
El veterano es eso, una simple voz que nadie escucha y que no espera ser escuchada. Esos anteojos negros lo esconden en un anonimato presencial. El es invisible, como ese canto que no logro descifrar. Tengo mi cámara y pienso en acercarme en pedirle una foto. Pero ¿qué sentido tiene una fotografía cuando lo que él está entregando al mundo es algo fugaz? Me parece que sería cruel dejarlo grabado en mi rollo de 35mm. 
Pienso en acercarme para saber que canta pero ¿acaso importa? Siento que no, da lo mismo. Lo único importante es él, su concepto de voz anónima y acordes perdidos al viento, este viento húmedo y caluroso que cada vez es más espeso. Mejor me quedo acá sentado y lo miro de lejos, quiero ser testigo de su invisibilidad. 
Selveando un poco.

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