ELOGIO AL PARÉNTESIS (o la reinvención del Yo en movimiento)

ELOGIO AL PARÉNTESIS (o la reinvención del Yo en movimiento)

Amo los paréntesis, debo admitirlo. En la escritura, esta herramienta, sirve como pausa del relato para aclarar puntos, para agregar información, para mencionar algo que no tenga mucho que ver con la línea temporal ni con el desarrollo paulatino de la argumentación. Establece un descanso en la lectura, sirve como recurso humorístico que, de otra manera, quedaría muy fuera de contexto. Es una herramienta de la cual muchas veces abuso, es cierto, pero en el abuso hay una intencionalidad conciente de hartar al lector, de que se olvide de lo que estaba leyendo y tenga que volver a releer para poder entender la idea.

En la vida, como en la escritura, el paréntesis es indispensable. Sea que estemos trabajando en una oficina todo un año seguido o que estemos viajando sin parar por dos años, hay que frenar. Poner una pausa como método reflexivo y poder hacer conciente ese presente que estamos viviendo.

El paréntesis es un recurso que he aprendido a utlizar en mi vida (si, voy a hablar un poco de mi vida) (así que si no le interesa, puede cerrar esta ventana y seguir vagando en Facebook viendo noticias tales como “luego de ver este video tu vida cambiará para siempre” (cosa que es una mentira más grande que el Dalai Lama) (con perdón a los seguidores del Dalai), darle me gusta a memes con la rana rené o explorar en silencio el storyline de fotos de su ex y de como cuelga fotos de lo feliz que está mientras usted la recuerda con nostalgia y se dice que su vida es una porquería sin ella (supérelo, cierre facebook, salga, emborrachece, consiga un amor de paso y, si la situación lo amerita, vuelvase a enamorar)).

Allá por diciembre andaba yo frenado en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México. Estaba rentando un cuarto, saliendo en las noches, bailando, nadando en mezcal y revolcándome por las mañanas en mi propio vacío de existencia. El frío de la montaña y el gris del invierno fueron elíxires del olvido para mi cabeza viajera. Había llegado a mitad de año con la intención de parar un mes, de ponerle un paréntesis a mi vida de viaje. El mes se convirtó en dos, tres y así sucesivamente se encaminaba a un infitino oscuro y sedentario.

A fines de diciembre salí nuevamente a la ruta con intención de pasar navidad con amigos en Guatemala. Ni bien puse el pulgar al costado del camino me di cuenta que iba a continuar sin volver atrás, vi como mi mochila en la banquina era ese paréntesis que cerraba el momento de una larga y fluctuante pausa. La ruta volvió a ser sustancia y pista de despegue para un no retorno a esa ciudad tan mágica y que, en algún momento, había sentido como mi lugar en el mundo.

Durante los meses siguientes, estuve en constante movimiento. Volví a sentir mi vida como parte del camino. Me aferré al mapa y tracé una ruta incierta. Volví a sentir esa pulsión del no saber: no saber dónde iba a dormir en la noche, no saber qué lugares iba a conocer, ni quién iba a frenar al costado de la ruta, ni qué compañeros del camino iban a dejarme ser parte.

Volver a sentir y llenar de significados tu vida, que los días pueden ser eternos ante la brevedad de un instante, un paisaje, una charla de bar, una mirada desconocida.

Reafirmar que el movimiento es fluir y que el fluir es magia.

Curar heridas, sanar viejos amores, saberse que todo lo que te pasa vale la pena si se hizo con intensidad. El viajar y el moverse es eso: motor de vida.

Así pasé casi cuatro meses sin estar más de una semana en un lugar. Tres días y me movía, dos días y salía. Dos noches seguidas durmiendo en la ruta, naufragado en bosques, pueblos y lugares que ni siquiera recuerdo el nombre. Era volver al calor del asfalto, al camionero y sus historias, a los baños de toallas húmedas y la tienda de campaña como hogar nómada..

 

Desafíar la hostilidad del discurso y reafirmar que la hospitalidad es mucho más grande de lo que nos cuentan. De saber que el peligro es una creación subjetiva, propagandeada por los medios de comunicación y un sistema que tiene al miedo como principal mecanismo de control.

Viajar con indígenas que apenas sabían español en Guatemala, ser parte de la caravana de motoqueros más grande del mundo; probar el calor de las playas salvadoreñas, su comida, su hospitalidad y contagiarme de la sonrisa constante de su gente; cruzarme a las maras en las calles, que me confundan con una de ellas por tener un tatuaje parecido a su insignia; estar en alguna ciudad Hondureña olvidada por el progreso y la prosperidad; dormir en la selva, en bosques privados, circos, parques públicos y parkings; caer en casas de gente que me abrian sus puertas sin mucho prejuicio, compartir con los negros (o afrodescendientes, si quiere una palabra politicamente correcta) Garífunas días de viaje en altamar en un carguero por el caribe nicaragüence, hacer viajes con viejos amigos que siempre te renuevan el espíritu.

 Esta es la vista desde el lugar en donde estuve viviendo un paréntesis en este momento.
Bocas del Toro, Panamá.

Volver a reencontrarme con Costa Rica luego de cuatro años, estar en aquellos lugares y casas de amigos que ya había pisado con aquella compañera de vida. Verme en un recorte temporal y que la sonrisa de gratitud me llene por completo. Saberme que soy lo que soy gracias a las decisiones que he tomado, de que en el soltar está la felicidad y la satisfacción de haber crecido gracias a esas personas que fueron parte de mi pasado.

Renovar el alma tan desgastada que tenía por aquel diciembre sancristobaleño. Ser otra persona de la que fui hace un año atras cuando pisé México. Verme reinventado sobre aquel otro yo de hace más de dos años y medio cuando tomé ese avión a Rumania. Agradecerte porque crecimos juntos, porque fuimos parte de nuestra historia y parte de nuestra vida, porque nos supimos soltar y aprendimos a ver la simpleza del desprendernos para poder crecer. Gracias por eso.

Uf! Usted disculpeme, querido lector, me dejé llevar por la letra, la memoria y la energía de este océano que tengo en frente mio ¡Ah! Claro, porque ahora estoy en un paréntesis. Luego de no parar de moverme por todo este tiempo, he decidido descansar para observarme y recalcularme. Porque, como ya le dije, el paréntesis sirve para eso, para verse y seguir marchando.

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