RUTINA DE VIAJE

RUTINA DE VIAJE

Un reflejo liviano me despierta, viene mezclado con el verde de las paredes de mi tienda de campaña y el amarillento cansino de la primer luz del día. No se qué hora es pero imagino que son alrededor de las seis de la mañana. Amanece temprano en estos países y mi meridiano lo sabe.

Otro día de viaje comienza.

Me lavo la cara. Recolecto un poco de dinero y salgo a la calle. Busco un lugar donde comprar avena, alguna banana, huevos y lo que encuentre barato. No gasto mucho, saludo al que me atiende y me vuelvo. Tengo un poco de yerba para el mate. Lo apronto como si no me importara que en dos mañanas más ya no tendré para tomar. No me importa.

Me enchufo la música. Empiezo con alguna de Cabrera o Bajofondo, dependiendo que tan uruguayo me sienta. Me preparo un desayuno como para salir a correr cien kilómetros: huevos revueltos con zucchini, cebolla, chile y ajo; lo acompaño con tomate picado con aceite y orégano, papas saltadas en aceite y pimienta, café, mate, pan o tortillas y alguna canción de “Cuatro pesos de propina” sonando.

Granada, Nicaragua

 

Playa “El Cuco”, El Salvador

Miro la ventana mientras desayuno. Alguien me habla, yo contesto. Me sirvo un mate, me invitan un porro, le agradezco y rechazo la invitación. Me termino el café.

Pienso lejos, fuera de esa mesa y esos huevos revueltos. Intento recordar algo que no tengo muy claro que fue. Cebo otro mate y mi mirada queda fija en ese pájaro negro enorme que acaba de pasar.

Hago algún comentario a cierta conversación que se inició. Alguien me pasa el porro. Esta vez acepto. Mientras respiro el humo, mi mente se va hacia ese recuerdo ¿por qué no me genera nada recordar aquello? Me sirvo otro mate.

Me pongo a escribir.

Granada, Nicaragua

Luego de varios termos de mate y horas de escritura improductiva, recojo todas las cosas de la mañana. Ya es mediodía. Alguna canción de una banda gringa, que alguien me pasó, suena. No tengo idea qué es ni cómo llegué a escuchar eso.

Me acuesto. Hay mucho calor para salir en esta ciudad ¿Cuál era? Linda ciudad, como la anterior aquella y la otra que también es parecida, tan con esas casitas y esos techos y esas callecitas y las veredas y los mercados y las montañas y la vida intercultural y todo eso.

Miro tres o cuatro capítulos de alguna serie que adeudaba. El calor ya bajó un poco. Me levanto. Me doy un baño. Alguien conversa conmigo, unas risas matiza el diálogo. Apronto el mate de la tarde, ese que a veces evito para ahorrar un poco de yerba, pero me aburre andar racionando porque más vale que se termine de una y luego no tener que andar pensando que me queda poco y que debo racionar y todo eso. Es mucho desgaste para mi cabeza. Termino el asunto y apronto mi último mate hasta quién sabe cuando.

Alta mar en el Caribe
El Rama, Nicaragua

Entro a internet. Hacía un día que no había. Ya la abstinencia me entraba a pegar. Ya no quería pensar en esos recuerdos tan neutros o fijar mi vista en alguna nostalgia resuelta. Necesitaba ahuecar mi mente. Vagueo en facebook, intento entender la lógica de Google+ y me veo imposibilitado de usarlo; reviso el mail lleno de spam y chateo con alguien que nunca he conocido cara a cara.
Alguien me habla y le contesto. Conversamos un ratito. El agua del mate se enfría. Me levanto de la mesa a calentar más.

Navego en el vacío de las redes, sitios y blogs. Miro la pantalla sin nada que concreto que ver. Escribo un poco. Lo borro. Decido salir. Voy al supermercado, compro algún pan dulce y me vuelvo porque me acordé que dejé el agua calentando.

Quedo sentado nuevamente frente a la pantalla. Termino de descargar el último capítulo de alguna serie que sigo y que no está en Netflix. Me la pongo a ver. Cuando finaliza, mucha gente está cerca mio. Converso, escucho, digo alguna estupidez, nos reímos. Fumo el cigarro que me pide la cerveza que estoy tomando.
Ya es de noche. Estoy cansado. Saludo. Hoy no salgo. Me acuesto y me pongo alguna música que me recuerde historias y fracasos. Me quedo dormido.
Otro día de viaje termina.

El Rama, Nicaragua

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