EL SALVADOR Y LA NOVIA INESPERADA

EL SALVADOR Y LA NOVIA INESPERADA

Centroamérica es como esa mujer que un día conoces y te cae simpática pero que no te parece para nada atractiva. Salís un día con amigos y ella esta ahí, sentada tomando su cerveza, riendo a veces y jugando a ser tímida otras tantas.

Siempre mostrando su mejor lado, cantando en ese karaoke, siendo la primera en salir a bailar, haciendo cómplices al instante e invitando la próxima ronda. Esa noche bailaron todos y ella fue la que más movía y contagiaba.

Aún así, bajo las luces de neón y el bullicio de la pista, no te le acercaste con segundas intenciones porque nada te despertaba. Los días fueron pasando y comenzaste a conversar con ella, te contó de su vida, su familia y como las tormentas han sacudido su vida. Poco a poco fuiste descubriendo algo profundo en ella. Gracias a su naturalidad, comenzaste a crear un vínculo más estrecho y ya no precisaron del grupo de amigos para verse.

Poco a poco fuiste descubriendo toda su belleza oculta y que no habías visto; una belleza sustancial, casi imperceptible pero que comenzás a respirar cuando te sentás a su lado. Poco a poco vas descubriendo que esa amistad es cosa diaria: de llamarse, darse los buenos días, comentarse películas, libros, mandarse canciones y de no necesitar escusas para encontrarse. Solo por el placer de verte.

Cuando querés acordar, esa amistad se convirtió en algo más. Vos te preguntas el por qué. Al principio te lo negas; pero esa mujer, que al principio te pareció común y corriente, te atrapó.

Cuando ya es demasiado tarde, estas completamente enamorado.

Playa El Tunco, El Salvador

Ahuachapán, pueblo de la rutas de las flores

Centroamérica, tenés que saber, es así: al principio la ves simpática pero te choca su desigualdad, su mugre en los bosques, las montañas cortadas a la mitad por el designio del progreso de una clase dominante, la falta de servicios básicos, las partes grises que deberían rebosar de verde, el abuso de las maras y la policía por igual, los precios al turista por ser turista, las fronteras revueltas y el eterno problema de las incontables de muertes diarias.

Pero cuando la viajas a nivel de piso, cuando te das cuenta que no esperas más de cinco minutos en la ruta; cuando la sonrisa de la anciana que te sirve ese café con tanto sabor a café le sigue a la mesera del mercado que se sienta contigo a charlar, curiosa del por qué no sos gringo y qué es eso de Uruguay y andar viajando a dedo. Cuando la hospitalidad hace honor a la cordialidad que demuestra cada persona en la vereda y cuando naufragás en alguna pista de baile, Centroamérica, escuchame bien, Centroamérica te enamora y ya nada podes hacer al respecto.

Pero sería demasiado ingrato hablar de esta parte del continente en un sentido general. No quiero irme por las ramas y escribir en tono wikipedia, que un tema linkea otro y ese otro lleva a otro y así hacia el infinito. En este momento te quiero hablar sobre El Salvador.

Catedral Santa Ana

El Salvador, tenés que saber vos prejucioso y estúpido lector, es ese pequeño país colgado en un rincón del continente, que vive bajo la sombra del estigma centroamericano y carga con la cruz del país del peligro y la violencia de las maras. 

Hasta hace unas décadas, la guerra destruyó muchas bases de la sociedad (¿qué guerra no lo hace?) y lo inundó de una desigualdad social que dio paso al aumento de la violencia, marginalidad y delincuencia.

No voy a andar diciendo yo las causas de la criminalidad, pero todos sabemos que cuando la inclusión social es inexistente, la inseguridad camina tranquila por la calle.

Y esa inseguridad genera algo mucho más peligroso que la inseguridad misma: la paranoia de quien se siente inseguro. He sido testigo como el discurso se contamina de estereotipos crueles y discriminatorios, y como las personas tienen mucho más miedo a lo que puede llegar a pasar que a lo que pasa en realidad.

El Salvador me lo viajé en autostop, lo dormí en los bosques y lo caminé en la oscuridad. Pude probar su hospitalidad de primera mano. Me crucé con infinitud de personas, a la luz del sol del pacífico o en la oscuridad de una calle sospechosa ¿Y sabés qué? Aún estoy vivo, entero y con unas ganas locas de volverlo a viajar.

Pueblo de la Ruta de las Flores

El Salvador es un país muy pequeño, tal es así que algunos le dicen “el país de la media hora” porque todo queda a treinta minutos de distancia. Tiene lagos, montañas, playas, volcanes, ciudades típicas, café con gusto a café y la cerveza más rica desde México a Costa Rica. Tiene La Ruta de las Flores , una serie de pueblos que no quedan a más de cincuenta kilómetros de distancia del primero con el último, donde se puede ir saltando de pueblito en pueblito probando su café, admirando sus paisajes y arte en los murales, nadando en sus lagos y comiendo sus comida típica.

Yuca frita, con merienda, ensalada y otras cosas cuyo nombre no recuerdo. Acompañado de Atol de elote.
Pupusas!!!

Esto último es fundamental: la comida ¡Oh! La comida salvadoreña, las pupusas rellenas de frijol y queso o las revueltas, el atol de elote, la yuca empanada con miel de panela, el pan dulce de semita. Sobre todo el pan dulce de semita. Si algún día me dan a elegir en que tipo de paraíso quiero vivir luego de muerto, seguro será acompañado de pan de semita.

Como te voy a extrañar El Salvador. Como voy a extrañar toda tu comida y tus lagos y playas y bosques y tu gente, sobre todo tu gente. Pero eso no es problema, el extrañar siempre es el motor para el retorno y el reencuentro.

Hoy sigo mi camino. Nicaragua está bajo mis pies y en mi horizonte más próximo. La sigo recorriendo a esta centroamérica, como a esa mujer que se le recorre la piel sutilmente, disfrutando cada rincón, sin prisa, sabedor de que el camino sabe mejor si se va más despacio.

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