CONFESIONES CARIBEÑAS (o la construcción dialéctica de un discurso viajero hegemónico)

CONFESIONES CARIBEÑAS (o la construcción dialéctica de un discurso viajero hegemónico)

Luego de dos años y medio de haber salido con la mochila hacia una vida totalmente desconocida, he aprendido algunas dos o tres verdedades (que pueden ser refutadas muy facilmente, por cierto) 

Recuerdo cuando estaba en Rumania y había dejado una vida a medio desarmar en Uruguay: una casa alquilada, deudas que iba pagando, dos gatos, algun curriculum dando vueltas en el mercado laboral, el proyecto compartido de qué hacer luego de que el viaje termine y cosas así. 

Cuando volví a salir de Uruguay rumbo a México, un año y medio después, había aprendido un poco la lección y terminé de desarmar mi vida en mi país. Solté una relación de siete años. Cada uno continuó su camino porque era la manera de crecer y llevar adelante su proyecto de vida en la cual ninguno estaba incluido en el otro. Solté porque una vez probada las mieles de la intensidad que da la vida de viaje, dolía demasiado atarnos a una vida simpática pero sin la pulsión necesaria para la plenitud. 

Soltar un amor por puro amor y gratitud hacia lo vivido. 

Así fue que solté muchas cosas atrás de esa historia. Me desanclé de mi casa, los gatos y borré de mi disco duro ese curriculum tan acartonado. Desanclé un proyecto de vida y comencé a levantar otro. 

Pero luego de casi un año de viajar por México y centroamérica, disfrutar la soledad de la ruta, aprender a convivir con mi cabeza, haber conocido gente que llegó a cambiar mi órbita y descubrir, por fin, que puedo vivir viajando; me di cuenta también que nunca será sano el desanclaje total de ciertos componentes de tu vida. 

Es mentira esa frase de Cabral que dice que “no soy de aquí ni soy de allá”. Yo me he dado cuenta que siempre se debe ser de algún lugar, siempre se debe tener algún punto donde volver

La necesidad de anidar, de crear vínculos que permitan reconocerte en tu verdadero Yo, que puedas ver tus defectos y todo lo que te queda por aprender.

Mantener y construir anclas afectivas para no naufragar en la desidentidad que supone vivir la vida de viaje, donde se puede llegar a tener muchas vidas en una sola, es una línea muy difícil de distinguir.

Volver a ese lugar en donde conocen a tu Yo es poder verte y saberte parte, porque para Ser hay que Pertenecer. Y si el viajero no pertenece a algo, se perderá en el limbo de las historias que él mismo se crea.

También me he dado cuenta que, si bien el movimiento constante es vida, hay que estar atento al vacío afectivo que eso puede llegar a generar. Porque estableces vínculos cortos, intensos, pero impermanentes. Que desaparecen enseguida que se establecen. Pero todo eso vos ya lo sabés, no voy a andar repitiendo de la intensidad de las relaciones cuando se viaja. 

Otra cosa que he notado, estando sumergido en algunos mundos viajeros, es que el viajero puede llegar a idealizar su vida. Porque la gente que se va conociendo en el camino es curiosa del cómo es que elegiste esa forma de vivir. Al contarla, comenzás a apropiarte de esa idealización de tu propia vida, porque le decís las mejores anécdotas, las historias más felices y las alegrías más recordadas.

Pero nunca le hablás a un desconocido de esas mañanas que te despertás extrañando a ese amor de viaje que te dejó, ni de las tardes vacías sin el mate (o café, en su defecto) con aquellos que más querés o de esas noches en soledad en que no podes reconocer las estrellas con las que creciste.

Poco a poco vas creando una historia recortada de tu vida, una historia reflejada solo en aquellos que no te conocen. Lentamente comenzás a perder ese vínculo con alguien que te reconoce, con ese que sabe de aquel viejo dolor o te dice que te levantes de la cama cuando estas acostado mirando House of Cards un martes de tarde en alguna isla caribeña.

Esa parte común de tu mundo viajero nadie la quiere oir. Y vos lo sabes, por eso no perdes tiempo en comentar cosas vanas como la de levantarte de mal humor luego de una siesta innecesaria.

 

Y es así como tu personaje se come a tu Yo real, cotidiano. Por eso, lo que he aprendido, es que la vida del viajero es mucho menos interesante de lo que algunas personas piensan o, incluso, de lo que el viajero mismo puede llegar a pensar.

 

A la vez, me doy cuenta de que esa corniza de manterme al margen de contar hazañas de cuarta categoría se revienta cuando comienzo este post diciendo de aquel día en que salí a conocer un mundo desconocido con una mochila en el hombro.

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