SOLTAR PARA VIAJAR

“¿Panajachel? ¿Qué estoy haciendo acá? Este pueblo no lo tenía que cruzar yo, tengo que llegar a San Antonio Palopó y seguir rumbo sur a San Lucas para llegar a Santiago de Atitlán. Panajachel está más al norte.”  No entendía nada. Google me había dado la ruta: luego de Patzicia había una bifurcación, en una seguía la ruta panamericana y en otra la ruta uno. Esa última debía seguir. Entré a un local de Internet a chequear el mapa “Puta madre! Tengo que comprar ese mapa de centroamérica.” Algo que me vengo repitiendo hace unas semanas, momento en que decidí desanclarme de San Cristóbal, soltar ese lugar de magia, amigos, encuentros y muchas historias. Desprenderme del mezcal y las noches, de las mañanas que se estaban tornando en vacías y de esas montañas de atardeceres incandescentes. 




Salí de San Cristóbal con la idea de volver luego de las fiestas, pero cuándo puse el pulgar en la ruta me di cuenta que comenzaba otro viaje y el camino me mostró que debía continuar mirando hacia delante.

Soltar San Cristóbal. Soltar, de eso se trataba.

Soltar para ganar en alegría. Soltar para desamarrar los recuerdos que estancan. Soltar para pararse en la eterna gratitud de lo vivido y llevarse la plena felicidad que te da una sonrisa compartida, la complicidad de una noche y los amigos de paso.
El viajero, condenado en su peregrinación continua, carga la vida de alguien que debe aferrarse al desapego. 
Por más que diga lo contrario, el soltar es la parte más difícil de un viaje.

Todos necesitamos ese soporte que nos da la cotidianeidad, tal es nuestra crianza: la casa, el cuarto, la calle conocida, el vecino de siempre, tu madre, tu padre, tu familia, tus amigos (sobre todo ellos), tu lugar en el que sabes que te podes refugiar. El viajero debe prescindir de todos ellos y estar abierto a crear soportes casi a diario. Tal es el desgaste.
Pero al viajero no lo crían en un mundo nómada*, sino que crece en uno sedentario, dónde la geografía y la civilización estática regulan las normas de vida. Ese sentido de cotidianeidad es el enemigo más peligroso del viajero, porque nace desde dentro. 
Eso será, tarde o temprano, el que lo hará quedarse en algún lugar y lo llenará de los vicios del mundo sedentario. 

Lago Atitlán


El Volcán San Pedro. Dicen que no está activo, sino dormido, en coma. Lindo será si algún día se despierta. 

Ese sentido de cotidianeidad es la barrera más peligrosa porque siempre está oculta, implícita en nuestra programación mental. Por ejemplo: te gustó un lugar y te quedaste. Empezás a formar, nuevamente, “tus” símbolos de vida “normal”: tu cuarto, tus amigos, tus amores, tu bar, tu vecino, tu almacén que atiende Don Julio, al carro de hamburguesas atendido por un señor que hace las mejores hamburguesas de México y del mundo. Te adueñas de los espacios. 
Comenzás a apegarte a los buenos momentos que viviste y querés que nunca se terminen. Cuándo se terminan te apegás al dolor de ya no tenerlos; y los seguís buscando, en los mismos lugares pero con resultados distintos. 
Y ahí, en ese apego a la seguridad que nos da la cotidianeidad, te descubriste viviendo cómo estabas antes de salir de viaje, terminas repitiéndote en todo aquello de lo que habías escapado.

Así que atento querido viajero. Yo me di cuenta de eso cuando me sentí nuevamente en movimiento. Pude soltar finalmente ese sentido de cotidianeidad y me encontré en en Panajachel, perdido, fascinado por no saber dónde estaba.

Ciudad de Guatemala

Pared en Ciudad de Guatemala


* Es cierto que existen familias viajeras que han formado su familia viajando, creando una segunda generación viajera desde el nacimiento. 

http://www.letrasdeviaje.com/p/tienda.html

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *