EN EL CAMINO

El camino era hacia arriba, curvas empinadas y el polvo de la terracería invadiendo el aire, eran mi única compañía. No pasaban autos, motos, personas, animales. Nada.“En el lugar que usted dé la vuelta yo me bajo” le había dicho a Jim, un veterano de california que me había levantado dos pueblos más atrás. Él solo estaba manejando y fumando marihuana, no iba a ningún lugar en particular. Jubilado, hacía cuatro años vivía en uno de los pueblos del Lago Atitlán cuyo nombre se me confunde ya que hay diez pueblos con nombres de santos. Comenzamos a charlar y fumar. Tópicos como la espiritualidad, seguir el corazón y hacer lo que a uno le gusta, eran los que dominaban la conversación. La charla se perdió en historias de su padre y pesares de su juventud

A mi derecha tenía la inmensidad de ese lago que tan mágico es. Un enorme volcán se le dio por explotar hace miles de miles de años atrás e deshizo todo, formando un agujero que luego se lleno de agua. Eh! Bueno, más o menos así. Soy escritor, no geólogo. Si quiere saber mejor la formación del Lago Atitlán busque en Wikipedia.

Jim hablaba y seguíamos el camino sin mirar mucho que era lo que íbamos pasando. Hasta que la ruta se volvió desértica, llena de pendientes y acantilados. Allí paró Jim y me dijo: “bueno, hasta acá voy yo” Nos saludamos, nos deseamos buena vida y me bajé. Quedé parado frente a la nada, solo un camino lleno de polvo y vegetación, una montaña que subir y un cuarto de litro de agua. Comencé a caminar. No me importaba que no pasara nadie, ni las dos mochilas que ya no pesaban tan poco como al principio, el calor del mediodía, ni las zapatillas rotas. A mi derecha tenía la vista de los volcanes dormidos y el azul brumoso del lago. Me paré a ver y la sonrisa comenzó a electrizar el cuerpo, estaba ahí: parado en la ruta, sintiendo el momento de felicidad que te regala el viajar.

No sé si fue el porro que me fumé o qué, que me acordé de Jodie Foster. Si, Jodie Foster en la película “Contacto”, cuándo viajando a través del espacio comienza a contemplar el universo y su belleza, mira fijo y dice: “No deberían haber enviado a un científico a esta expedición, sino a un poeta”. Si, amable lector, rarísimo pensar eso en esa situación. Pero pensé en la belleza de ese lago y me sentí incapaz de traducirlo a palabras, “Debería haber sido poeta y no cuentista” me dije.

Horrible la vista que se tiene en cualquier parte del lago.

El lago te comió la casa.

Caminé tres kilómetros de pura subida, con algún pequeño momento de llanura. Se me había terminado el agua. “Muy bien. Si se terminó, se terminó. Ya aparecerá algún lugar donde conseguir” me dije. A los cinco minutos vi un hueco en la montaña y una pequeña caída de agua. Me acerqué y en efecto: era un conducto que bajaba de la montaña y había sido un poquito acondicionado para poder usarse. Llené la botella, me mojé y renové esas energías casi extintas. La ruta siempre provee, amigo lector.

Salí a la ruta principal y encontré un carro de tacos atendido por Maria. A su lado estaban dos paisanos que comenzaron a preguntarme de dónde había salido y me invitaron una cerveza “No gracias” les dije “estoy viajando por la ruta y tengo muchos kilómetros que caminar aun. El alcohol deshidrata y eso no es muy bueno para estos momentos” me expliqué. Me quedaron mirando y comenzaron a preguntarme los porqués y de que ellos toman cerveza para la resaca pero iban a probar con el agua y qué hacia yo allí siendo de Uruguay ¿Uruguay? Debe ser algún lugar que queda como yendo para Honduras, y del por qué no quiero tener hijos y que tenga cuidado porque en esta carretera lo secuestran a uno, le roban y lo matan ¡peligrosísima!
Seguí mi camino luego de reponerme de la dura subida. Comencé a caminar y no me daban ganas de hacer dedo a los vehículos que pasaban. Estaba disfrutando de la caminata, la gente me cruzaba, me sonreía y me saludaba, me preguntaban a dónde iba, me indicaban para dónde era la salida del pueblo, los niños me hablaban mientras caminaba. La ruta estaba comunicándose conmigo, me daba la bienvenida, me hablaba y se hacía mi cómplice, “que bueno es estar en el camino” me dije.

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