CARTA A UN RECUERDO

CARTA A UN RECUERDO


Aquí estoy: viajando, como de costumbre. Sintiendo el movimiento vital que da la ruta. En realidad, debo decirte, que he vuelto al camino que me otorga las mejores satisfacciones. Andaba un poco cansado, mi cabeza pidió parar un poco. Lo suficiente como para salir nuevamente.
Sigo viajando solo, claro. Tal es mi peregrinación interna. Sabes qué he descubierto que viajar de esta manera tiene esa ventaja de que no tenés que negociar nada con nadie: si un día te querés quedar en algún lugar, te quedas; si te querés ir, te vas. Te abre a conocer mucha más gente de lo que conocerías cuando viajas acompañado (y te digo que lo sé porque ya he viajado así por mucho tiempo), porque tal es la necesidad de socializar cuando no tenemos con quién compartir ciertas cosas.

Déjame contarte que el otro día estaba sentado frente al Lago Atitlán, pensando en mi camino hacia Honduras y comencé a observar como el Sol iba desangrando sus últimas luces sobre los volcanes, esos que duermen tranquilos en las orillas de un lago enorme y místico. Sentí el aire fresco que me llegaba y el reflejo de las primeras luces de los pueblos. Alcancé a sentir por un momento un poco de esa sensación tan grata que da el sentirse en paz con lo que uno hace. Pero me vi incompleto, sentía que a esa felicidad le hacía falta algo: alguien para compartirla. Yo no sé si la verdadera felicidad es la que se comparte, tiendo a pensar que hay muchos tipos de felicidades; pero creo que es la más potente y la que más te puede llegar a dejar pleno.  
Me di cuenta, a la vez, que eso es la pata que le falta, por momentos, al viajar solo: el compartir ciertas cosas que deben ser compartidas: momentos, lugares, sonrisas, tristezas, noches, bailes y mezcales.
 
Por eso, cuando el cielo palideció y las estrellas le ganaron al día, te recordé. Te recordé cómo hacía algún tiempo no lo hacía. Y no sentí nostalgia o tristeza alguna, porque en mi cabeza comprendí que vos dejaste de ser vos y pasaste a ser aquello que a veces me hace falta, solo una necesidad posada en lo etéreo; que ya ha perdido tu nombre, tu sonrisa, tu cuerpo.
 
Cómo bien vos sabes, el viajar te llena de gente, te rodea de buenos amigos, de vínculos intensos de corta duración. Encontrás muchas historias de gente que es más alucinante que la historia que te está contando. Conoces a alguien que te deja enseñanzas que sabes que te durarán toda la vida. Te nutrís de mundo a través de las personas (que, a su vez, son las que forman ese mundo en que te vas moviendo). 
Pero a veces, solo a veces, aparecen personas que cambian tu órbita, esas personas en la cual depositas algo más que tu mera circunstancia. Donde comenzás a entregar parte de tu Yo y te vas desprendiendo de tu singularidad, para comenzar a pensar un poco más en plural. En ciero momento, vos fuiste esa fuerza gravitacional. 
 
Luego no importa cómo termine, bien o mal, de qué por esto o por aquello y eso o lo otro, ese no es el punto cuando la verdadera recompensa es el camino transitado (eso creo lo deberías saber). Lo importante es ese momento en que te pensaste en plural. Allí es cuando se produce esa colisión mágica, que resulta efímera y eterna a la vez; dejando un recuerdo de satisfacción y gratitud.
Por eso es que vos ya no sos vos en mí. Solo la reafirmación de que la felicidad existe y la vamos encontrando de a ratos, como para no mal acostumbrarnos.

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