AUSCHWITZ

Oświęcim, Polonia, es la ciudad en la que se encuentra el campo de concentración de Auschwitz, uno de los grandes símbolos de la bestialidad humana.  
Te golpea en lugares que no esperas. Tocas la muerte sin llegar siquiera a un cero coma uno por ciento de la angustia que vivió la gente recluida allí. 
Cada hangar está numerado y forma parte de un gran museo. Si se sigue el orden, se puede ver una cronología de los hechos. Usted no precisa pagar a un guía para que le explique lo que está viendo, incluso yo creo que se llega a sentir mucho más si uno la recorre solo, en silencio, conectándose con lo que se muestra sin que nadie le distorsione el vínculo entre la historia y la tragedia. 
Es que está perfectamente diseñado para que uno se vaya metiendo en todo lo que pasó y cómo los hechos desencadenaron en un genocidio que uno no puede imaginar cómo la humanidad es capaz de tal maldad.



Usted, estimado lector, va ingresando a los hangares y lo primero que se encuentra son las fotos de cada preso y presa, todos pelados, con los ojos abiertos al cien por cien, la cara de sorpresa, de desolación y tristeza de gente que solo por ser algo diferente a la raza “aria” iban condenados, sino a morir, a vivir un infierno en vida.
Cada foto te mira fijo a los ojos, vos te sentís observado. Podría jurar que las caras seguían mis movimientos, expectantes de cómo reaccionaba ante lo que se presentaba. Cada hangar tenía una temática: la invasión nazi en Polonia y cómo arrasaban con cualquier cosa o persona que se les cruzase. Aún recuerdo una fotografía de un anciano con las manos detrás de su nuca, mirando la cámara y detrás los oficiales apuntándole. Me pregunto qué pensaría ese anciano, de décadas de trabajo, con una vida ya vivida y que en sus últimos años cae una guerra y lo toman prisionero, condenado a morir en la más absoluta desgracia.

En los hangares se presentan todas las pertenencias que dejaron los recluidos. 
Imagínese, compañero lector, que usted lleva la vida que tiene ahora, con un trabajo, familia, amigos,  vecinos que se prestan la barbacoa. Usted sale los viernes al cine, mira la televisión en la noche, se junta con sus seres queridos los domingos a comer, festeja cumpleaños, estudia en algún lugar. Usted tiene una vida en paz.
De repente viene un demente y le dice que usted es un impuro y debe ser recluido para preservar la sangre pura que está destinada a gobernar el mundo. Ahí lo meten en un tren y se lo llevan para un lugar ajeno con esa familia que usted tanto ama. Llega al lugar y hace una fila para entrar. De primera le quitan esa valija que llevó consigo, donde había puesto esa camisa que le regaló su madre en su cumpleaños, el desodorante, su medalla de segundo premio en ajedrez, el libro que lee para cuando va para su trabajo y alguna ropa interior. Usted se queda solo con lo puesto. En frente hay un uniformado y un médico. Lo examinan ahí nomás y lo ponen en la fila de la derecha. 

Recipientes donde estaba contenido el “Cyclone B”. Compuesto químico de las cámaras de gas. 

Su madre, esa que le regaló la camisa y ya está entrada en años, pasa a la fila de la izquierda junto al nieto, el hijo de usted, de tan solo siete años. Puede ver a su vecino que también está en esa fila con su mejor amigo. 
A usted lo mandan a un hangar, pero primero lo desvisten, lo rapan y le dan un uniforme a rayas. Ingresa al recinto y ve que tiene un pedazo de madera con paja por cama y debe compartirlo con dos personas más. De su madre, su hijo, su vecino y su amigo no sabe más nada. Nunca más los va a volver a ver, como a su antigua vida de trabajo, su camisa o su ropa interior. Tal vez, con los años, usted tuvo suerte y aguantó la falta de comida, el trabajo forzado de horas y horas, largas esperas a la intemperie parado en fila, tuvo que defecar en baños colectivos donde era usted el encargado de limpiar la mierda suya y de los otros. Con el tiempo, se encontró raquítico y con un número de serie por identidad. Créame, querido lector, si usted pisa Auschwitz nunca más va a tolerar bromas sobre Hitler, judíos o chimeneas.

Foto tomada de otra foto.
Si Auschwitz ya le pareció fuerte, espérese porque eso no fue todo. 
Luego de salir de allí usted se va para Birkenau en un bus que lo lleva gratis. Se baja en un lugar a campo abierto y sigue la línea del antiguo tren que depositaba a los presos cual ganado. Mira a su alrededor y puede ver en todo su campo visual el perímetro que trazan los alambres de púa y las torres vigías. Dentro ve las chimeneas donde quemaban a los muertos y los hangares que siguen continuándose incesantes, violentos. 

Birkenau
Baños en Birkenau
El shock nos llevó a perder la noción del tiempo y cuando quisimos acordar era ya casi entrada la tarde. Nos miramos y nos dijimos que era suficiente angustia por el día. No teníamos donde dormir, ni couchsurfing ni amigos ni hostels. Nos volvimos miramos y suspiramos, no quedaba más remedio. Sacamos la carpa y la pusimos entre unos árboles que estaban bien en frente a Birkenau. El sol se ocultaba y las sombras comenzaban a ocupar todo el espacio, desde la puerta de nuestra tienda de campaña podíamos ver la silueta de ese lugar de terror, que aún respira las más atroces de las barbaridades humanas.

NdelA: Este post fue extraído del libro “Letras de Viaje”, de autoría propia

La carpa a los pies de Birkenau

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