UN DÍA DE AUTOSTOP CUALQUIERA


(Nota aclaratoria: las fotos corresponden a otro día de autostop)
Las ocho menos diez de la mañana, el fresco de las primeras horas de San Cristóbal y la combi me deja en su última parada. Una bifurcación en “Y”, una garita de policía abandonada y dos puestos de tacos aun cerrados.
Las ocho menos diez de la mañana y dejo San Cristóbal. Salgo de Chiapas luego de cuatro meses de buena vida, de trabajo, de amigos y risas; cuatro meses de claros y oscuros, de mezcal y comidas. Cuatro meses de ese amor de viaje que quedará pegado al recuerdo. Cuatro meses descubriendo un lugar mágico del mundo. Me voy de México con mis ciento ochenta días al borde de la extinción. Otro país está en frente y la ruta, tan real y sorpresiva, tan escuela, tan adictiva.

Ocho y diez y el primer auto para. Una mujer de unos cincuenta años, acompañada por otra más joven y un estudiante cubano. Mi primer destino, Comitán, estaba salvado. Dos horas de risas, anécdotas e historias de vida; paramos para comprar algún desayuno y la ruta que me da ese mensaje de feliz bienvenida, convertido en risas y energías positivas.

Llegamos a Comitán y nos encontramos con un veterano en una pick up que dirigiría a mis conductores a un pueblo para dar una charla sobre emprendimiento rural. Le pregunto cómo puedo hacer para llegar al final de la ciudad para seguir ruta. Me dice que me suba atrás, el me lleva. Cinco minutos de marcha y me despido de todos, de los tres charlatanes del auto y del veterano de la pick up. Me bajo y me pongo en marcha con el cartel hacia “La Trinitaria”, el pueblo más próximo a Comitán. A los diez minutos me para una pareja y en veinte minutos más estoy parado afuera del pueblo a cuyo cartel me refería. El conductor me había dicho que de allí casi todo el mundo iba a otra ciudad y  no a Ciudad Cuauhtémoc, mi tercer destino, última ciudad fronteriza de Mexico.

Efectivamente, así era. Una hora de espera bajo el sol y nada. Negocio con un minibús que me lleve por la mitad de precio. “Cuarenta pesos” me dice.  “Tengo veinte” le digo. “Por treinta está bien” me retruca. No negocio más. Le doy la mochila y me subo. Hago que revuelvo el morral para encontrar diez pesos más y le pago.

Vaya a saber uno la estupidez que estaría hablando
El clima va cambiando, me saco las medias, las zapatillas, el pantalón largo y la campera. Me calzo las chancletas, el short de baño y una camisa fresca. Comienzo a traspirar y tomar mucha agua.
Las doce del mediodía y el oficial de aduanas pone el sello en el pasaporte. Ese aun tan vacío de estampas. Recuerdo mi pasaporte anterior y sus sesenta y siete estampas. Recuerdo Europa. Recuerdo todo mi pasado. Recuerdo las decisiones que me llevaron a estar en esa frontera en ese momento. Me siento feliz.

Pregunto por el paso fronterizo de Guatemala: “A cuatro kilómetros. Diez pesos le sale el taxi colectivo” me dice el oficial. No quiero pasar trabajo en caminar y no pasa ningún auto para el autostop. Llego a la parada de taxis y le digo al chofer: “Diez pesos a la frontera”. Me dice que suba. Hay otro pasajero adentro. Esperamos cinco minutos, el chofer me dice que esa persona está apurada y ponía treinta pesos si yo ponía veinte. “No” le contesto. “Sólo tengo diez pesos”. Espera dos minutos y arrancamos. Llegamos al puesto de frontera y yo pago diez pesos; el otro, cuarenta.

Hago el trámite en la frontera. Atrás, dejo México. Ese país que me vio nacer cómo viajero solitario, un nómada neo, en procesión de vida y en busca de su felicidad.  Ese país que me sabe a sorpresa, asombro, magia, diversión, contrastes y amores. Adelante, una calle con banderines cruzando de lado a lado, pintando un techo de blanco y celeste. En los costados lo típico de una ciudad de frontera: cambistas callejeros, taxis, puestos de ventas llenos y opulentos de pequeñeces inútiles (¿para qué carajo quiere usted ovejas de miñaturas o un kit cinco tipos de cucharas de maderas?). Olores de aceite friendo las papas o los plátanos, ruidos de mototaxis, personas gritando y el revoltijo de gente invadiendo el bitumen.

En la ruta encontré el baño de “Trainspotting”
Más adelante la ruta comienza a serprentear entre las montañas, esas enormes montañas que sirven como  carta de presentación de Guatemala, tan natural, tan real y cruda. Recordé Montenegro, esos días de autostop entre las montañas y mi fracaso frente a la ruta. No iba a volver a suceder. Salgo de la Mesilla, tal es el nombre de esta ciudad, y me planto en una empinada subida, donde por más que la curva frente a mi hacen aparecer de improvisto los vehículos, la altura en la que estoy me permite tener un una visibilidad bastante clara para los conductores.

Me para una pick up. Me subo atrás. Arranca. Frena. Da marcha atrás. Entra en una rampa para hacer un giro en “U” hasta apuntar en dirección a La Mesilla. Llamo al conductor “Hey! Yo voy a Huehuetenango” le digo “Si, claro. Yo te estoy llevando a la terminal de bus” Me contesta muy simpático. Le agradezco y me bajo. A veces la gente no entiende.

A los dos minutos me para una Pick up grande. Directo a Huehetenango, mi penúltima parada antes que Xela; mi destino final. La una de la tarde y las montañas que crecen, el camión que sube y dobla, baja y frena. Suben familias enteras, indígenas con sus sacos llenos de cosas. En cierto tramo voy acompañado por tres familias, con un promedio de cuatro hijos cada una. Trataba de descifrar lo que hablablan, pero su idioma nativo me hace imposible entablar dialogo con los niños. Los padres traducen como pueden, bastante tímidos de que un flaco con pinta de colonizador está tratando de hablar con ellos. El viajar por latinoamerica e internarse en el cotidiano del lugar te hacen ver cuán mentira es que aquí solo se habla español o portugués. Guatemala, solo este país, tiene treinta y dos lenguas diferentes.

Una foto de una selfie que salió desde otra cámara.
Con Jhonny, un español compañero casual de ruta.

“Está bien así. Bienvenido a Guate, hermano. Así somos aquí. Te quiero vivo! Cuidate!” Me dijo el chofer ante mi agradecimiento y posterior explicación de que no tenía dinero para pagarle el viaje. Es que todos los que subían detrás le dejaban una tarifa que acordaban anteriormente.

Me paro con mi último cartel: XELA. Las dos y media de la tarde. El sol está agradable. La gente pasa en los vehículos, me miran, me sonríen y me hacen señas. Yo pongo el pulgar, les grito, les bailo, los saludo cuando me pasan por el costado. Siento la buena vibra de la ruta. Una moto me para y me dice que veinte metros más atrás sale el autobús a mi destino. Le agradezco. No le explico nada, no hace falta. Otra camioneta para frente a mi, bajan los vidrios y puedo ver la cara de esos dos hombres sorprendidos. Me preguntan a dónde voy, más se sorprenden. “Pues ahí sale el autobús, amigo. Le dirá que sale treinta Quetzales, pero lo puede bajar a veinte”, me dice uno. Les digo que no tengo dinero. Uno me da cinco Quetzales; el otro, dos. Me insisten que vaya a pedir monedas a la estación de gasolina. Tanto me insisten que no me queda más remedio que decirles que sí. Hago toda la mímica de agarrar la mochila. Se van. Vuelvo al lugar a hacer dedo. Mucha gente no entiende que viajar en autostop es un tema más de preferencias que de economía. A los diez minutos para un auto. Directo a Xela.

Llegué a las cuatro de la tarde. Nueve horas en la ruta. Trecientos cincuenta kilómetros. Un día de autostop cualquiera.

Panorámica °360 del viaje.

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