FLASHBACK #3.2 LA GUAGA


Atención: Antes de adentrarse en este relato, usted debe leer la primera parte. Indispensable para entender más o menos de lo que estoy hablando porque si no, no va a entender nada (como si quisiera ver Lost o Breaking Bad a partir del cuarto capítulo de la segunda temporada. Ahí usted va a decir: “esto es una porquería, no entiendo un carajo” y deshecha de ver dos de las mejores series de televisión de la historia de la humanidad porque no se tomó la molestia de empezar desde el principio. Así que hagame el favor, y lea el Flashback 3.1 LA GUAGA) (En caso de que usted lo haya leído, olvide todo el comentario anterior)

Aunque en La Guaga sigue sonando la música, en la zona del medio ya no hay gente bailando. Miro y uno de los adolescentes, con una cerveza en la mano, se pone cara a cara con un moreno petiso* de grandes hombros. 
“Huy, flaco. No sabes con quién te metes” me digo. 


El petiso apretó los grandes hombros, enfocó su vista a la cara de ese adolescente, juntó las puntas de las cejas y mostró una protesta de tigre. Con sus dos brazos empujó al adolescente y junto a él, como a diez personas más que estaban pegados allí. En el mismo instante en que terminó de empujarlo, quedó un hueco de ochenta o noventa centímetros, a lo que aprovechó el petiso moreno y le metió un piñazo con la mano izquierda al estilo Jab de boxeo y enseguida, con la derecha, asestó un apercat al adolescente. Un sonido seco cortó el aire festivo de La Guaga. Los dos golpes se sintieron colisionar en la cara de ese joven que nunca dejó de soltar la cerveza y pareció no sentir los dos golpes. 
“Esperá que se te vaya el pedo y vas a saber lo que es el dolor”pienso.

En eso, la gente comienza a gritar “Chofer!! Chofer!! para La Guagua ¡Chofer!”. El petiso sigue protestando, nadie se quiere poner en frente para frenarlo. Los adolescentes comienzan a agarrar a su amigo cuando lo ven que quiere avanzar contra su agresor sin sopesar el peligro de muerte que corre. El petiso comienza a arder de furia. El chofer no para el autobús pese a las protestas de los seiscientos treinta siete pasajeros que habíamos en ese diminuto espacio. 
Algunos intrépidos comienzan a hablar con el petiso, ahora un poco más calmado pero pronto para mandar otro tsunami de empujones y golpes. La gente comienza a insultar al adolescente que, al parecer, fue el que inició toda la camorra**.

Una muchacha que está a mi lado, tiembla. La puedo sentir, no solo ver, porque nuestros cuerpos estan totalmente pegados. La trato de tranquilizar. La Guaga para. Abren la puerta del medio y sale despedida mucha gente cual olla de presión. La horda de adolescentes ya está afuera y la gente se calma. El petiso queda engranando la furia a medio descargar. 
Todos nos aliviamos un poco, pero otros treinta pasajeros suben y entre ellos “¡el adolescente de mierda este que sigue con la cerveza en la mano!”. Allí la gente se desespera y lo empieza a correr. Una masa enorme de manos y cuerpos se alinean para no dejar pasar a quién había cortado con la Charanga Habanera y su música. Le gritan al chofer que pare la guaga y abra la puerta. Todos comienzan a moverse hacia un único punto, y sacan al adolescente de la guaga. Con él salen como quince personas primero, para poder facilitar el derecho de admisión que imponían los pasajeros. Ni bien el terreno está limpio, todos comienzan a gritarle al Chofer que cierre y se vaya rápido.

La Guaga se va y la victoria colectiva es festejada por todos los pasajeros. Tímidamente la musica comienza a sonar. Alguna risa se enciende, unas miradas se cruzan y el ritual comienza a tomar color nuevamente. Empiezan algunos a cantar la canción esa del grupo de bachate ese que canta “…ooooohhh, no es amor, lo que tu sientes, se llama obsesión…” Pero yo casi no llego a escucharla, porque me tengo que bajar y al hacerlo voy tarareando “..y yo gozando en La Habana…”

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*Persona corta de estatura
** Trifulca, pelea,  desmadre, discusión violenta que puede llegar a las manos.

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