FLASHBACK #3.1 LA GUAGUA

Nota Aclaratoria: Querido lector, disculpe usted pero no tengo casi fotos de este viaje, algunas estan en FB pero con mala calidad y no tienen nada que ver con este relato

Enero, 2011
Recuerdo la vez en que bajé de aquel bus de transporte colectivo. Frente a mi, un azul turquesa calmo, austero y acogedor. No habían turistas rubios de pulseras violetas ni reposeras con un mozo sirviendo el mojito. Era una playa totalmente virgen de paquetes y all inclusives. Simplemente llena de esa gente que no son más que personas teniendo un día normal de playa, tomándose la cerveza y bailando al son de una música vibrante y contagiosa.

Allí estaba yo, en la parada del P1, rumbo a las Playas del Este. Recién bajado de La Guagua que me había tomado por allá en el barrio de El Vedado, La Habana que costaba cero con treinta pesos cubanos, es decir: cero coma cero cero cero cero cero cero cero cero un dólar de valor. En algún momento, cuando fui a tomar esa Guagua que me llevaría al destino, pregunté “¿último?”. “Aquí” me contestó una mujer (señal que serviría para saber detrás de quién tendría que subir). Acto seguido, seria yo quién respondería a la pregunta en cuestión, porque ahora yo pasaba a ser “el último”.
La Guaga para. Línea P1. Me subo. Lleno de gente. Más que lleno, llenísimo. Me acomodo como puedo, una pierna junto a otra, la pelvis un poco para delante para no quedar tan apretado con el que está atrás que es parte de la fila del medio de los que estamos parados. Si, triple fila. Mi mochila está a un lado colgando hasta que alguien que iba sentado en frente mío me dice para cargarla en su falda, así ahorraría espacio y alivianaría mi carga. Se la doy. Acomodo mi pierna derecha. Me agarro de las barandas. La Guaga para, afuera hay una cola de gente enorme, mucho más gente hay afuera esperando que aquí adentro. De alguna manera suben todos. Ahora, más que tres filas, se divisa una disposición amorfa, donde cada cual se para cómo puede y se agarra de donde pueda (sin importar si es barra, cuerda, hombro, brazo o pecho de otra persona). Ahí comienzo a moverme y consigo un espacio del cual me puedo colgar. Si, colgar. Esa caja alta que hay, que es donde van las ruedas. Me subo y me inclino cual niño adentro de una caja jugando a la escondida.

La música comienza a sonar “…cuéntame, cómo te ha ido, si has conocido la felicidad…” canta la Charanga Habanera y La Guaga explota de baile; mientras el chofer se sube en una especie de tarima, extendiendo los brazos para recibir la moneda correspondiente a cada pasaje. Allí comienzo a sentir cada bulto sobre mi cuerpo (y eso que yo estaba colgado): teta, culo, pistola, cadera, mano, cara, todo. Los ciento catorce pasajeros (por poner una cifra) se mueven al ritmo de esta música tan pegadiza, tan energizante, que actúa como ese elixir del olvido dolinesco, para un viaje insano, incomodo, letal.

La lluvia comienza en medio del camino. La Guaga para y baja gente, se descomprime el espacio por dos segundos y luego ingresa otra horda de gente, adolescentes con sus cervezas y su alegría de borrachera de un miércoles por la tarde. “…dicen que se siente bien, que Miami es la locura,
pero le falta La Habana, el chisme y la sabrosura  …”
sigue sonando La Charanga y La Guaga llega al paroxismo del canto y baile colectivo. El que va allá al fondo colgado, de una forma similar a la mía, señala a una muchacha del frente, la mira y le grita “…esa es pa’ ti mujel…” y sonríe, y baila, y canta, y la goza. La gente vitorea al protagonista del elogio mientras el estribillo regala un “…y tu llorando en Miami y yo gozando en La Habana…”
Mañana continúa….(por un tema de no aburrir gente con tanta letra)
Ah! acá va la Charanga:

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