SAN CRISTOBAL Y SU IDENTIDAD

San Cristóbal es el santo patrono de los viajeros, los solteros, de los afectados por el dolor de muela y las tormentas. Estoy en la ciudad justa, pensando en que puedo llenar estos cuatro casilleros. Pero, además, es el protector de los camioneros, de los vendedores de frutas, los balseros, aguateros, marineros, automovilistas, del granizo y de los conductores de taxi y autobús. Una cantidad de trabajo tenía este santo protegiendo a toda esa gente. La historia oficial dice que la iglesia lo destituyó de la lista de santos por considerar que no existían pruebas de su existencia (¿acaso tiene pruebas de los otros santos, de Adan y Eva, o de María y su alegato de virginidad?).

Gama de frijoles
San Cristóbal tiene esa identidad que tanto ese santo protegía. De esa cantidad de cosas que se parecen y no se parecen a la vez. De ese viajero y el vendedor de fruta, de la tormenta a las tres de la tarde y el taxista que sube a la gente con esa lluvia torrencial de media hora. El local se confunde con ese extranjero de paso, o ese extranjero que ya es local se mezcla con el mexicano ese que es extranjero en su propia tierra. La identidad de San Cristóbal magnetiza a quien la pisa.
Para que sepa usted, querido lector, la identidad es un proceso de construcción que va cambiando con el tiempo.  Pautas de acción y asimilación de valores que las personas adquieren como propias, y forman parte de ese juego que construye un sentido y cohesiona la cultura de cierto lugar.
La identidad es una conjugación de lo estático y lo dinámico. Por eso, San Cristóbal tiene esa particularidad de estar creada por diversos actores sociales de diversa procedencia: a un lado los grupos indígenas de las comunidades con sus vestimentas correspondientes a su comunidad, hablando tzotzil o algún otro idioma propio de su grupo. Agricultores y artesanos llenan el mercado con un sinfín de colores, sabores y sonidos. Esto le da a San Cristóbal esa identidad definida, ese espíritu de pueblo que aún mantiene una ciudad de casi doscientos mil habitantes. Una identidad estática que se ha venido construyendo con las décadas, los siglos.

Pollos en el Mercado
Le debo el nombre de esta fruta, extraña y con sabor a uva blanca.

Pero la identidad no se construye solo por el paso del tiempo, por esa construcción de sentidos que se va forjando con los años y años de historia. También existe un factor externo que interactúa con ese devenir histórico y aporta a la identidad, transformándola y redefiniéndola. Esta es la parte dinámica que tiene la identidad. Por alguna razón, la gente que viaja llega aquí por unos días y termina quedándose meses, años o para el resto de la eternidad. Procedentes de Europa, Estados Unidos, Argentina, algún coreano que resulta ser de Estados Unidos, otro rezagado de Sudamérica y hasta gente de Australia que uno los distingue porque miden como dos metros de alto y siempre deben entrar a los lugares agachados, como si de entrar a una casa hobbit se tratase, porque acá en San Cristobal la altura de las puertas están hechas para la gente nativa que mide metro sesenta y no para un güero rubio y de ojos claros.

“El argentino”, un restaurant con parrillada, carnes, fernet y Maradona. Nunca entré.
Bananas super dulces, super pequeñas, super baratas.
Ellos, que vienen con otra carga cultural atrás, comienzan a aportar a las costumbres y normas de conducta del lugar. Intervienen en esa identidad y le aportan su música, su vestimenta y su consumo (lo que quiere decir que haya oferta culinaria árabe, italiana, argentina, colombiana, española, polaca, vegeteriana y vegana (esa versión extremista y fundamentalista del vegetariano); que sea fácil encontrar yerba para el mate y acompañarlo con un pan francés de aceitunas y cebolla, mientras escuchas a la banda callejera esa formada por un gringo, un italiano careta, el francés con la guitarra y el sombrero, y algunos otros de otras nacionalidades que se alternan tocando, con violines, trompetas y flautas, esa melodía que parece gitana pero cantan “Cocaine” de algún autor anglosajón y la mezclan con las mañanitas y alguna canción de Compay Segundo).

La variedad de bares, cines, teatros, literatura y librerías, comidas, músicas, vestimentas y colores, etnias, idiomas, nacionalidades y costumbres, es el reflejo de cómo esa cultura es una mezcla de mundos conviviendo entre sí. En constante sinergia con la vida y la convivencia, que enriquecen su historia y su legado, alimentando esa diversidad necesaria para que conviertan a San Cristóbal, al decir de muchos, en el más mágico de los pueblo mágicos de México.

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