POR LAS CALLES DE SAN CRISTOBAL

Conecto los audífonos a mi celular; ese que sirve de reloj, alarma, posible linterna y reproductor de música. Ese que no tiene señal. Bueno, en realidad tiene señal pero el chip es de una compañía uruguaya. No tiene crédito, no tiene roaming (si es así como se escribe) (en realidad nunca pude comprobar si tiene o no, no sé cómo hacerlo). No lo uso como celular. No hace falta tener uno (¡qué Punk lo mío!)
Hace tiempo que estoy en San Cristóbal. Asimilé el último sentido que uno asimila cuando ya está viviendo en algún lugar: el sentido que capta el sonido. El ruido de la calle ya se me es familiar: esa joven del mercado con su “¿Qué va llevar? ¿Qué le vendo?”, la veterana que está luego de las siete de la tarde en la esquina frente al mercado diciéndome “Tamales de mole, siete pesitos, joven ¿con salsa, verdad? Pues aquí tiene. Dios lo bendiga”, los fuegos artificiales a las seis de la mañana, la banda callejera por la Real de Guadalupe, el tango esporádico que pone el Quiosco que está en la plaza del zócalo, aquel que dos por tres está en el andador vendiendo chapulines de Oaxaca, el gringo de sombrero y su Lonely Planet, el argentino ese que vende empanadas o alfajores argentinos, justamente; la musiquita de la camioneta del agua, la maldita campanita del recolector de basura en la mañana, el niño que vende caramelos y cigarros, el freno del auto que deja pasar a los peatones por el medio de la calle, el ruido a la lluvia de las dos de la tarde, el veterano ese con la pandereta cantando todos los días a una cuadra del mercado, los ruidos mezclados de las películas que muestran los puestos callejeros de venta de dvd’s.

Me pongo música, no escucho el sonido ambiente; sólo el Residente de Calle 13 cantando con Ruben Blades y lo lindo que se ve La Perla desde un avión. Voy bajando y subiendo las veredas, que tienen una altura con respecto a la calle bastante considerable; me mezclo entre los vehículos y camino entre ellos, gambeteándolos; paso en frente al bar Revolución y me acuerdo de alguna fiesta que tuvimos y terminamos bailando reagge o pop (no importa) hace un par de noches. Esa noche de caña y coca cola y de estar hablando inglés mucho tiempo con la cantidad de gringos que vienen al hostel en que trabajo y vivo. Paso la calle que va hacia Artistanos (ese espacio que es hostel, cafetería, bar, centro cultural, librería y dos millones de cosas más) y el ristorante italiano al cual nunca fui porque me sale más barato un taco al pastor comprado cerca del mercado a solo cinco pesitos.
Camino al lado de las mujeres de las comunidades que venden ropa y me siento alto cómo el chino ese que medía como dos metros y medios y jugaba en la NBA, su nombre era Lee seguido de dos nombre de no más de tres letras cada una (supongo porque como todo chino, tiene que ser Lee de nombre o apellido; al igual que si alguien es portugués es porque se llama Joao; o si se es ecuatoriano seguro algún Hurtado tiene en las venas).
La calle culmina en las galerías y doblo a la izquierda por el andador de la Real de Guadalupe, me acuerdo que tengo que comprar yerba para el mate que venden ahí en el Supermercado que está pegado al Exchange. Cruzo al Maradona deforme ese que tiene “El Argentino”, la parrillada esa a la que nunca fui también porque debe ser carísima y prefiero comprar la tira de asado en el mercado de carnes y hacerlo en la barbacoa que tengo donde vivo (y de paso me tomo una caña con hielo y coca cola, otra vez). A lo lejos, el andador desemboca en una colina que la recubre una escalera y una Iglesia. Ya me pasé a Gotan Project luego de transitar por el cliché de Manu Chao hace unos minutos atrás.
El Sol de la mañana está más fuerte de lo habitual, no hay nubes, el viento es claro y limpio, como siempre; alimentado por las montañas tan llenas de bosques y ríos. El andador termina y la Iglesia sube y sube. “Yo no voy a subir otra vez esto”, me digo. Me doy vuelta. Arranco para otra callecita fuera de andadores y gringos con pantalones naranjos a rayas. Comienzo a perderme por bajadas y subidas empinadas. El bosque se ve más cerca. Las casas se terminan. Rodeo un inmenso valle a través de una carretera sinuosa y en bajada constante. Jorge Drexler comienza a sonar “…amar la trama más que el desenlace…” me canta el hijo de puta y lo comienzo a odiar. Estoy caminando por un bosque ahora, déjate de joder con Jorge Drexler. Me saco los audífonos. Me siento en una piedra, tengo una vista decente de San Cristóbal. La cámara no me prende. Se quedó sin baterías la putisima madre que lo parió. No importa. Me prendo un porro, algo de lo que me resta del muchacho ese que me lo regaló en la calle.
Miro el verde de la naturaleza y la montaña partida. El bosque se termina y se convierte en piedra. Tomo agua y sigo caminando. Vuelvo a la música, me aburrió el sonido de los pajaritos atenuados por el sonido de los autos pasando. Suena alguna canción en francés, Zaz creo que es…pero no estoy seguro. Me dejo de estupideces francesas y le doy play a Daft Punk. Espacial. (si, Daft Punk ¿y qué?)
Bajo al valle. Comienzan las casas. Un niño me saluda. Me hace preguntas y le trato de explicar que no soy de Estados Unidos. Escucha sobre un extraño lugar llamado ura…nula…uva…guay o algo parecido. El niño me pregunta si ese lugar queda pasando Tutxla, la capital de Chiapas. Le digo que sí. Lo dejo contento. Él se queda tratando de bajar una ardilla a pedradas. Yo sigo. Nuevamente entro al pueblo. Ya conozco el camino de regreso.  Es hora de rocanrol. No tengo nada de eso en la lista de reproducción, ayer cambié los archivos. La puta madre. 

2 thoughts on “POR LAS CALLES DE SAN CRISTOBAL

  1. Lindo relato compañero! Es verdad, a medida que relatabas, me lo imaginaba y es precioso. Las fotos ayudaron mucho! En realidad me gusta mucho este lugar sin conocerlo porque hay una canción de Calamaro que la nombra y no sé por qué pero quiero llegar un día allí y cantarla y dice algo así —> https://www.youtube.com/watch?v=HTgI-RaM1tY

    PD: si nos cruzamos de viaje, al porro invito yo 😉

  2. Yo sin conocerlo previamente había decidido vivir un tiempo aquí. Es como que a la distancia ya sabía que un lugar único.

    PD: con una cerveza ya alcanza (no vaya a pensar la gente que somos una manga de faloperos)

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