Crónica inconclusa de un día en autostop

Un calor importante hacía en la ruta. Yo iba cargando con Godzilla y Godzuki que hacían que sintiese el peso del camino. Godzilla, la mochila grande, carga con las pocas ropas que llevo, algo de aseo personal, la carpa, enchufes para los cuatrocientos mil aparatos electrónicos con la que viaja un nómada posmoderno: cables de cámara de fotos, de ebook, de computadora, de mi celular de Uruguay que lo uso solo como alarma y el bendito cable de la máquina de afeitar que casi ni la uso a la pobre…inclusive el otro día me dije que me iba a afeitar, me miré al espejo y me vi  no solo con barba sino que también con el pelo atado y el pantalón verde a rayas que me compré en el mercado de San Cristobal. Me miré de nuevo y vi a un hippie en frente mio ¡Puta madre! ¿cómo no vi venir este destino? ¿cómo es que esta metamorfosis me vino sin aviso? Allí me quedé parado. No me afeité ni me corté el pelo, me dio una especie de culpa porque me hubiese sentido un Michael Jackson poniéndose base blanca en su cara.



¿En qué estaba? ¡Ah! Godzilla. Bueno y todo lo que implican los materiales de trabajo: papel, pegamento, maquina de engrampar, desmorrugador, navaja, ollas (¿pa’ que mierda quiero eso?), algún libro que leo poco y, por supuesto, esos seis calzoncillos que llevas de más al reverendo pedo porque usas dos o tres solamente (ni que hablar si uno anda por el caribe que usa short con suspensor, allí el uso de ropa interior se reduce a cero)

Y luego está Godzuki, la mejor mochila del mundo. Porque es como el bolso de Mery Popins, pequeño pero que le entra el triple de lo que uno supone. Allí va el sobre de dormir, la computadora, los documentos, alguna que otra mugre y los cien mil dólares con los que viajo en efectivo (obvio, ya que si estoy viajando tanto es porque tengo mucho dinero).

Odio las selfies. Por eso esta foto de mierda.


Pal fondo está la laguna de siete colores (yo vi cuatro nada más)


Palenque. La verdá que me sentí en Combate en Vietnam o Depredador.


Disculpe usted querido lector, ahora que lo pienso me parece estúpido ponerle nombre a una mochila. ¿Qué es lo que mierda pasa conmigo? No puedo convertirme en el típico hippie viajero, ese que cierra los ojos y se conecta con la pacha mama y la energía de una roca inerte y sin gracia (por suerte, esto nunca me ha pasado). Puta que lo parió, si algún día me ven abrazar un árbol o yendo a un encuentro Rainboow ¡por favor! Devuelvanme al camino correcto o pegenme un tiro. Gracias.


Así que volvemos al principio. Iba yo cargado hasta las bolas, con un calor obsenamente asqueante, pero sin hambre porque había comido bien antes de salir. Tenga en cuenta esto usted pequeño lector que aún no se anima a salir a viajar y anda buscando ideas de cómo hacerlo: está todo bien con estar cansado, o con calor, o que le pese la vida que lleva en su mochila o, incluso, de resaca; pero con hambre cuesta mucho. Es cierto que luego uno aprende a controlar el sentimiento de necesidad de comida y lo maneja distinto, pero andar con la panza llena hace más lindo el viaje.

Bueno, avancemos en el relato porque la estoy durmiendo.
Allí estaba yo con el sol marchitando mi frente cuando el reflejo de un mediodía asfixiante me trajo la visión del ángel más preciado que tenemos nosotros los autoestopistas: Un camionero
Así, sobre esa solemnidad, posó sus frenos. Tomé mis dos mochilas desnombradas y miré hacia arriba: un camión color amarillo intenso, de esos de trompa vieja de veinte años y las escaleras que comenzaban donde terminaban mis hombros. La perilla comenzó a moverse y la puerta que tenía en frente se abrió. De su interior una cumbia saturada salió y contaminó esa armonía celestial y pude sentir una pausa brusca; una cara cómplice, picaresca y entendedora mostró una sonrisa y me preguntó “¿Mochilero?”. “Pos claro, carnal ¿qué onda?” le contesté en un mexicano muy limpio.

El camionero es aquel que sabes que te va a salvar. Más tarde o más temprano aparece uno que te rescata de esos días de distancias largas. Había salido de Bacalar, mi último destino de la Rivera Maya (Bacalar es una laguna de siete colores bastante surrealista y para que se haga una referencia, usted querido lector, es donde filmaron la película “La laguna azul”) y debía llegar a Palenque en Chipas. Iban a ser cuatrocientos setenta y siete kilómetros en un día. Era mediodía y aún quedaban como cuatrocientos. Y ¿quién aparece? El camionero. 


Foto no muy original que digamos. Las ruinas de Cobá. 


Un personaje de esos de Quentin Tarantino, con muchas historias por contar y una vida llena de otras muchas otras vidas.
¿Quiere saber de esa historia? Bueno, espere a mañana que se lo contaré porque sino este post queda muy largo y sería muchísimo más aburrido de lo que es ahora. En realidad ahora que pienso, no conté nada interesante. Que asco. No entre más a este blog, no pierda el tiempo (Igual mañana estará la segunda parte, sin importarme un carajo si usted entra o no).

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