CANCÚN y la sorpresa

 Viajando, las expectativas pueden llegar a ser un arma de doble filo. El listón que utilizamos como unidad de medida de aquello que esperamos, muchas veces, es elevado más de lo debido. Ya sea por las ansiedades, por la sobredosis de planificación, el deseo prolongado o porque confiamos ciegamente en la visión celestial que nos brindan otras personas sobre cierto lugar. Cuando esto pasa y las experiencias futuras le ganan a las presentes por ese a priori tan anhelado, generalmente, la realidad nunca colma nuestras expectativas. Siempre veremos las imperfecciones de esos lugares que imaginábamos tan platonicamente perfectos.


En mi experiencia, recuerdo que Roma fue un poco así. Tanto crecer con su historia, con el Coliseo, con la pasta de la mamma, la Fontana di Trevi y Fellini contando la Dolce Vitta del gran Marcelo y su amigos burgueses. La Roma de las calles empedradas, construida arriba de la otra Roma Imperial. Tanto para que al llegar quiera irme de allí a las veinticuatro horas.
Usted, querido lector, tal vez conozca esta ciudad y me diga: “Estás loco. Roma es divina!”, lo cual me han dicho (creo que soy la única persona en el mundo que no le gusta), pero acuérdese que las ciudades son subjetivas. Cambian según el momento en que las conozcamos, los gustos que tengamos y por el mundo que nos movamos.

Pero como eso de la expectativa puede ser un arma de doble filo, puede que no solo juegue en contra. También puede serlo a favor. Y eso, amigo lector, son de las cosas más lindas que a uno le puede pasar. El factor sorpresa (ese que tiene Luis Suarez a la hora de gambetear y meterte tres goles en un partido) (perdón el ejemplo pero como buen uruguayo futbolero, ando medio ansioso por el comienzo del mundial) es el que activa, en parte, esa glándula de la adicción al viajar. El encontrarte con lo inesperado y la adrenalina que despierta, es el motor del viajero.


Esto me ha pasado infinidad de veces. No voy a andar enumerando uno por uno. Simplemente quiero mencionar la última vez que me pasó y fue en Cancún, México.
Antes de comenzar este recorrido por Latinoamérica tenía un lugar definido que no me interesaba y ese era Cancún. Lejos estoy de caminar por las sendas del turismo plastificado, ese que todo es una gran postal photoshpeada (esas postales que aún se pueden comprar en las tiendas pero nadie lo hace porque es como que ya se dejó de usar eso de mandar postales. Aunque, dos por tres, encontrás alguien tan frikie que sigue mandando postales y cartas escritas a mano).

A ver, le pregunto a usted que esta leyendo esto y nunca estuvo en esta ciudad ¿qué se imagina de Cancún? ¿qué piensa? Lo primero que se le puede venir es la playa. Lo segundo, esa gringa rubia blanca teta o ese yanqui de nariz colorada que vienen a desbundarse en alcohol, estar en constante fiestas, hacerse el que habla español, comprar un gorro de paja e irse con la imagen de que conoce México desde su Hotel All inclusive. Todo empaquetado y envueltito, nuevecito de paquete.
¿Qué me podía ofrecer Cancún a mi? Desde Mérida me fui para Playa del Carmen. Cancún lo vi por el costado, en una gasolinera que marcaba la salida para mi destino. Nada más.

El agua de la Rivera Maya

Deambulando por Playa del Carmen estaba cuando, cosa del universo, entre conexiones de amigos de amigos y conocidos, me invitan a ir a esa playa que yo imaginaba tan superficial. Brigi, una lugareña de la isla de Cozumel, me pasó la invitación a una tertulia literaria en la ciudad de Cancún y el espacio para presentar mis libros. 

¿Tertulia literaria? La yanqui rubia toda ebria que yo me imaginaba no se conectaba con alguien sentado hablando sobre la matematicidad de los relatos de Cortazar” pensé. Esto debe estar interesante.

Así que apronté todo y arrancamos para allí. La idea era estar un día y volverme. Terminé quedándome unos cuatro o cinco.


Me alojó Jorge Yam, un poeta del lugar, coordinador de Acción Poética, editor de libros artesanales y con una gran calidez hospitalaria. Lejos estaba yo de esa Cancún imaginaria, del Jet Sety su marquesina. La ciudad, alejada de todo el plastificado, respira la vida pueblerina. Los mercados, los tacos al pastor de cinco pesos, el agua de Jamaica, las calles sin pavimentar, las casas a medio terminar y la gente caminando a trabajar. La vida del cancuniense (que ni idea si se le dice así a quién vive en Cancún) transita alejada de esas playas tan paradisíacas (que, dicho sea de paso, nadando en esa agua turquesa uno entiende porque se convirtió en un destino tan turístico).

He aquí con Jorge Yam. El mismo que firmó esa intervención.





Pasé muchas horas en el Centro Cultural La Pitahaya (las dos últimas imagenes corresponden al lugar en cuestión), atendido por Paco, un artista plástico ávido de que la cultura como expresión artística tenga su espacio, alejado de la mercantilización del arte y ofreciendo el lugar para todos aquellos que tengan algo para mostrar. Un Café, una cerveza, una tertulia y mucha gente que se sucedía por horas, así pasé muchas horas en esta ciudad.


Ahora Cancún está en mi cabeza como ese lugar que nunca me imaginaba y que sin embargo allí estaba, con las puertas abiertas para quién quiera descubrirlo.  

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