EL LARGO RETORNO A CASA

Pequeños y sistemáticos pinchazos ocupaban todo mi cuerpo, desde la punta del dedo chico hasta la partícula más alta de mi cabeza. Endurecido por una noche de frío, mucho frío. Una superficie completamente desnivelada y la carpa que reposaba sobre el pasto con una helada infernal. El campo de maizal a un costado y el barro que amortiguaba cada pisada. Así nos acogió la última noche antes de terminar el final del viaje. En realidad, era el final del último viaje dentro de un viaje más grande que fue un año dentro del continente Europeo. Algo así como que se terminaba uno de los tantos  metaviajes de este gran viaje. Para que lo entienda mejor: suponga estos viajes del último año como una Mamushka, uno adentro del otro y así sucesivamente hasta llegar al más grande de todos, el que englobaba a los demas.

Luego de haber salido de Vilnius (Lituania) de regreso para Rumania se habían sucedido cuatro días de viaje, cuando la noche del último nos encontró durmiendo solo a cien Kilómetros de nuestra casa en Ramnicu Valcea. 

El primer día solo hicimos ochenta kilómetros antes que la lluvia nos detuviera y luego de estar cuatro horas recibiéndola con todo el cuerpo en medio de la ruta. Tomamos un bus nocturno a Varsovia. Pero cuando llegamos seguía lloviendo ¡la puta que lo parió! ¡y sigue lloviendo, la rey de la concha de la lora! El clima se calma un poco y nos levantan hasta por ahí nomas. Nos dejan en el culo del mundo, con kilómetros para caminar, cruzando una ciudad enorme y que con este anillo perimetral del orto que es eterno! y se larga otro chaparrón, la recalcada concha de la madre!!! Una parada de bus, me mojé hasta las bolas y el frío está que pela!!! Pasa un poco, y medio que ya con una cara que comunicaba lo mal que estábamos pasándola, nos tirábamos a hacer dedo. Y nada. Otra tormenta y esa nube negra de mierda que nos está siguiendo desde Lituania. Opa! enganchamos. Paró un auto. Ochenta kilómetros mas de los cien que íbamos haciendo hace como cuatro millones de horas atrás.

Y la lluvia y el campo, la ruta, el frío, el viento y el chijete que te cortaba los huevos; la lluvia que no paraba, al igual que los autos y los camioneros. Y la mojadura, siempre la mojadura; un ser humano hecho un caldo Knorr. Y que justo haya un Motel de camioneros en frente. No hay chance. ¿Tengo unos pesos señor? ¿puedo quedarme en su Motel por la noche? Y son las seis de la tarde y yo durmiendo ahí, calentito. Sin comer, pero más cómodo que un cinco a cero.

El tercer día amaneció con el sol al cien por ciento. Las energías, con el descanso necesario. Ese tercer día fue un buen día de ruta. Hasta encontramos un lindo bosque para dormir al lado del anillo perimetral. Pero el cuarto fue de esos días en que la suerte se te sale por los poros. Por Hungría y en un pueblito recontra perdido, el sol salió y nos encontró sentados en un cordón, comiendo un pan con tomate y un pollo que habíamos comprado por  allá en Eslovaquia. 
Una calle muy angosta fue la pasarela de nuestro camión. Polaco en chofer. ROMANIA decía nuestro cartel. “Claro, yo voy a Constanta”, dijo el hombre (nuestra ciudad quedaba de camino a esa). Fue como nuestro salvador, nuestro “arriero de los Andes”. Nos cruzó Hungría y Rumania, hablando en polaco, comiendo caramelos y fumando Camel. Luego de diez horas de ruta, paró a cien kilómetros de nuestro destino porque debía dormir. Nos bajamos y quedamos que en la mañana nos encontrábamos para continuar camino. En frente teníamos ese maizal con su barro, su agua y su pasto blanco de helada donde pasaríamos la noche. Pero no importaba, era al última. Al otro día estaríamos en casa luego de cuatro mil cuatrocientos setenta y seis kilómetros hechos a dedo en un mes, más de seiscientos en bus, trescientos en Ferry y veinte euros de ticket de avión.
El goce de saber que luego de viajar cinco días a dedo sin parar iba a llegar a casa no lo igualaba nada. El sentirse como “en casa” nos da cierto cierta postura, nos pone en un espacio que conocemos y que nos sabemos manejar. Nos permite vivir en un entorno natural donde nos sentimos libres. Pero, a la vez, ese lugar que yo sentía como “mi casa” iba a dejar de serlo en diez días, ya que el retorno a Uruguay era inminente. Pero ¿cómo pude llegar a sentir como mi lugar algo que sabía que tenía una fecha de caducidad? ¿cómo uno se puede aferrar a algo que sabe que terminará en algún momento?
Y el final, el retorno a Uruguay llegó luego de una semana y media de haber hecho ese último metaviaje europeo.

Por extraño y contradictorio que parezca, ese deseo que tenía de llegar a “casa” en ese último viaje no lo tuve cuando finalicé el viaje el global (¿recuerda? la mamushka y todo eso). Cuando finalicé mi año en Rumania  volví a Uruguay. Usted dirá: ahora si! estaba regresando a su casa. Y puede que sea cierto si usted sigue mi lógica anterior, porque si hay algo que nunca finalizará y siempre estará para mi será el Uruguay, Montevideo, Santa Rosa. Pero en esa vuelta no sentía esa necesidad de retornar a mi casa.
Ahora estoy acá, en Uruguay. Y siento que el viajar se terminó de incrustar en mi organismo. Si antes me sentía como alguien a quien le gusta y ama viajar, ahora siento que en esta etapa de mi vida soy un viajante. Etapa que por supuesto no tiene fecha de fin, porque viajando me siento como en casa y estar en casa me hace sentir libre y la libertad, en ningún momento, tiene fecha de caducidad.

One thought on “EL LARGO RETORNO A CASA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *