SARAJEVO (parte cinco de “Apuntes Balcánicos”)

(Nota: esta es la tercera parte de una serie de cinco relatos sobre los balcanes Pinche Aquí para leer los demás. No sea perejil y sea feliz.) 

Agarré el morral, le saqué todo lo innecesario: carteles, papeles, monedas de otros países, libros, mugre en general y marché a caminar un poco por la ciudad. Estaba cansado, pero eso nunca es impedimento a nada cuando se está de viaje. Salí para el centro de la ciudad, donde todo el mundo va guiado por esa fuerza gravitacional que dan los souvenires y la oferta local, los comercios, el dinero y el consumo.


El rezo de la mezquita sonaba en el aire, yo estaba frente a una Iglesia Ortodoxa mientras contemplaba como alguna monja de la Iglesia Católica Apostólica Romana cruzaba la calle, mujeres con turbantes, hombres con cruces en el pecho. Un caleidoscopio de religiones cruzaba frente a mi. 



El te turco y la narguile para fumar, McDonal’s y la Coca Cola, el Cevapcici y la rakia, las banderas de Bosnia & Herzegovina , los edificios agujereados por las balas de la guerra, el turista de gorro de paja, la mujer Paris Hilton y sus brillantes, el veterano que lustra los zapatos, las calles empedradas, los autos último modelo, las montañas que sitiaron la ciudad, las casas, la pobreza y la riqueza. Todo mezclado. Todo se amalgama para pintarte Sarajevo. 





Cevapcici, comida tipica. Al lado el diario de viajes, infatigable compañero.
Mierda! Yo crecí viendo el informativo y como Sarajevo era una ciudad sitiada, en estado de guerra puro, los francotiradores y la gente que solo salía en la noche para tener más probabilidades de no recibir un disparo en la cabeza y así poder retornar a casa. Era una ciudad devastada, tan lejana para mi, tan de otro mundo. Y yo estaba ahí, viendo como esa ciudad que una vez estuvo muerta se movía delante de mis ojos.

Las balas y sus legado


 
Pero el impacto más grande lo he tenido cuando llegué al parque donde están enterrados los niños victimas de la guerra. Y cuando digo parque es literal: es un Parque, donde la gente va a acostarse en el pasto, las parejas a darse amor, los niños a correr y jugar, y los padres a liberarse un poco de ese niño que está corriendo por el pasto.
Esos mismos niños que correteaban lo hacian esquivando las lápidas de otros niños que nacieron en una época donde ser niño no se distanciaba de ser adulto. Porque la guerra no perdona y la bala no mide edades
Es tan lejana la visión de una guerra para mi que pienso que no soy capaz de imaginarme ni siquiera un poquito de lo que puede llegar a ser, de lo que llega a significar para el que la vive. Es imposible poder ponerse en ese lugar. Aún así es como que se te atraganta el pecho cuando estás ahí, porque llegar al punto de enterrar a niños en un parque connota la cotidianeidad con la que se vive la muerte, la perdida y la memoria.
El simbolismo que recae sobre este lugar te hace pensar en cómo no tenemos peso alguno en el devenir de la historia de los pueblos y como la frase de Galeano es tan cierta como eficaz: “En la guerra del bien contra el mal, siempre es el pueblo quién pone los muertos”



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