CAMINO A SERBIA (primera parte de “Apuntes Balcánicos”)

(Nota: esta es la tercera parte de una serie de cinco relatos sobre los balcanes Pinche Aquí para leer los demas. No sea perejil y sea feliz.) 
Quedaban tres viajes en el Balcan Flexipass que me había comprado para ir a Turquía. Era casi una herejía no cumplir con el mandato y gastarlos todos. Dejar esos tres casilleros vacíos hubiese implicado que esa voz, en un futuro, me hubiese dicho: -pelotudo ¿por qué no los usaste cuando tuviste la oportunidad?-. A lo que yo me respondería -es que estaba solo, no tenía con quién ir- –¿Y que mierda tiene que ver? Anda solo pedazo de un idiota, ya sos mayorcito para cruzar la calle solito- -Tenés razón- le contesté a esa voz del futuro. La vida es hoy y estos meses que me quedan en Europa lo son más todavía. Mi otro yo había ganado, por suerte. Llegaría de Estambul y a los tres días me iría a recorrer tres países de los Balcanes: Serbia, Montenegro y Bosnia. Ademas tenía la voz en la oreja de vero que me decía que estos países eran increíbles.


Era claro que no iba a poder hacer todo el viaje con solo los tres pasajes de tren, debía moverme en autostop en algunos puntos, por lo que debía elegir cuáles serían. Así que me decidí ir desde Râmnicu Vâlcea hasta Belgrado a dedo. Así como iba a ser mi primer viaje solo, también lo sería el hacer dedo sin alguien de compañía (aunque ya había tenido pequeños ensayos yendo y viniendo a Bucarest).

Demoré un día y medio en llegar. Salí al mediodía y la noche me encontró en Timisoara, Rumania. Un camionero me había dejado al borde de la ciudad y tuve que atravesarla toda. Eran las 19.30 y llegué al otro lado a las 22.30. Era interminable, una flecha que indicaba para allá y otra para acá, y que dobla, y que sigue, y que continua, y que dobla para el otro lado y sube, y sigue derecho, y vuelve a doblar. –una horita como máximo te llevará- me había dicho el camionero -Pero porque no te vas a la rey de la concha de tu madre!- pensaba. No, pero que inusto soy, muy bien el tipo que me levantó y hablaba inglés encima (cosa que pasa el tres por ciento de la veces en los camiones, nada más).

Primer noche, en la zona industrial de Timisoara

No voy a contar mucho de como dormí a orillas de una enorme fabrica Ceaucesqueana o del cómo tuve un hippie de compañero de ruta por unos kilómetros hasta que tuve que separarme de él porque me di cuenta que era de esos que hacían dedo caminando y no les importaba mucho si lo levantaban o no (por eso no le preocupaba su sombrero de paja igualito al del Espantapajaros del Mago de Oz o la extremada pinta de hippie que un hippie puede llegar tener), o de como me sentí muy viejo cuando un veterano que me levantó, me dijo: -No voy a Belgrado pero te puedo dejar en el borde con Yugoslavia– y yo le entendí como por instinto. Así que nada, llegué a Belgrado casi enseguida.

Belgrado y el Danubio.
Allí me recibió una ciudad que lo primero que me impactó fue la cantidad de gente de joven que tiene este país, de como toman los espacios libres y generan un movimiento y una estructura urbana muy distinta a muchas de las que he conocido. Las plazas llenas, con el latir de la vida sobre las calles y la urbanidad que respira juventud, una oferta de bares y recreación que le dan albergue a toda esa energía y el arte callejero poniéndole música al desfile; ese, del eterno presente. Pero también el pasado se manifiesta en algunas arrugas y alguna cana, algún edificio como recién destruido por alguna bomba y en cementerios con fechas de muertes muy cercanas. 
Esa contradicción se complementa una a la otra, una es su causa; y otra, su efecto. Y vos te vas moviendo por ahí, en esos dos mundos que coexisten y que se van acentuando en otros lugares también, como en Bosnia por ejemplo (Montenegro no tanto porque fue playa lo que metí, y si hay un lugar donde es casi imposible la guerra es en la playa) (Salvo esa de Normandia, pero bueno ¿quién va a veranear a Normandia? ¿eh?).





Es una ciudad para ir con amigos, con tu pareja, con tus padres, con tu abuela e, inclusive, con un hippie con sombrero de paja. Hay mucho para hacer y mucha historia viva. La gente es espectacular, la cordialidad que tienen en la calle es una de las más amistosas que he visto en algún lugar (Costa Rica, por ahora, anda por el top junto a Cuba y Valizas (Valizas es una playa hippie de uruguay (no tan hippie como el hippie que me encontré en el camino, un poco más cheto que eso aunque no tan cheto como el Cabo Polonio, que ahí si va el Hippie que lo es solo quince días al año y deja la corbata para hacerle el saludo al sol) (y claro, Valizas no cuenta como país. Así que descártelo, amable lector) (pero vaya cuando tenga la oportunidad).




Estuve un día y medio. Me tomé el tren a Montenegro. Estaba usando el primero de los tres trenes que me podía tomar en este viaje. Pero claro, eso es otro post porque ese viaje ha sido obscenamente hermoso, y a lo obsceno es preciso dedicarle un tiempo mucho más largo que a ningún otra cosa, así que será otro Post.


Una muestra de Montenegro

3 thoughts on “CAMINO A SERBIA (primera parte de “Apuntes Balcánicos”)

  1. Gracias por la visita!
    Que se repita! No sé si su blog es "bien blog" jajajaja, pero me encanta la onda que tiene, lo desenfadado de tus comentarios (es como escucharte hablar!) y las hermosas fotos! Seguí adelante!!!!!!!!!!!!!!! Besotes para vos y Vero, Ali

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