UNA FINAL DEL MUNDO

El jugador de la selección sub 20 de Iraq había tirado el octavo penal a las nubes, los botijas uruguayos de la selección empezaron a festejar como locos, sabían lo que se les venía: jugar, nuevamente, una final del mundo de fútbol. Turquía vería una final con Uruguay presente.

Yo había llegado la tarde del miércoles luego de ocho días a dedo por la costa búlgara y rumana. Con la carpa en la espalda, Kilometros de sol y mucha playa. Sin una ducha que darse más que el Mar Negro o las toallitas húmedas (ese gran invento que nos ha regalado la humanidad). Cansado estaba, pero con la energía despierta que te dejan los viajes.

El veintisiete de Junio había vuelto de España y me encontré con toda la gente de vacaciones. Hasta Vero no estaba, se había ido a un viaje a dedo por los balcanes. Me encerré en mi casa cuatro días, invernando en pleno verano. Tirado, aburrido y depresivo estaba que me miré casi tres temporadas de Braking Bad (la mejor serie de la historia). Fue así que al día quinto, un primero de Julio, ya habíamos planeado con Mechy y Ana irnos para las playas del Mar Negro (Mechy y Ana son dos voluntarias de acá) (cuando digo de “acá” entiéndase Rumania) (¿usted no sabe por qué un uruguayo está en Rumania? Acá tiene la respuesta). Así, pasamos por algunas playas búlgaras. Ana siguió para Sofía y con Mechy continuamos camino, nos encontrarnos con amigos en Vama Veche hasta terminar en el Delta del Danubio. Llegamos un miércoles diez de Julio, pero será en la próxima edición que usted tendrá más detalles sobre todo esto.


El iraquí erró, Uruguay ganó, Uruguay jugará una final del campeonato del mundo, será en Estambul y yo vivo en Rumania, a un día de viaje. Tengo que ir. Si, pero llegué hoy ¿qué importa? Bien ¿pero cuanta plata tengo? y… no me queda mucho. No se si voy a ir.  Ah! pero se está armando una colecta de mis ex compañeros de trabajo para ayudarme a ir. Bueno, si. Pero bueno, el tema no es la plata, el tema es la motivación. Y tengo que estar en Estambul para este partido, porque sería un hijo de puta si no voy. 

Es un día de viaje para ver un acontecimiento único en el fútbol: una final del mundo, como aquellas que jugaba Uruguay hace siglos y siglos. Porque yo me crié en un país donde el fútbol moldea humores, tapa las calles y monopoliza el tema del dialogo, apasiona hasta al más desprevenido y lo va invadiendo todo. Naces con Obdulio Varela abajo del brazo, con el Maracaná y su mito, con el Peñarol y Nacional campeones de América y del mundo. Creces en la calle con la pelota, relatando a lo Victor Hugo Morales los goles que le haces al golero (por desgracia ese golero siempre era yo porque era un desastre jugando), metiendo caravana y calentandote porque el Chino Recoba tiraba todos corners cortos y cerrados. El fútbol, en Uruguay, atraviesa la médula espinal de la cultura y ¡cómo no iba a ir a ese partido! 

La vida es hoy me dije; siempre la vida es hoy. Decidí que pasara lo que pasara me iba, si conseguía algo de plata o no, si podía comprar la entrada o no, si era en bus, en tren o en autostop. No importaba.
Al final me fui en tren hacia Estambul el viernes. Mi ex compañeros me juntaron casi el setenta por ciento del valor del Ticket (que me compré el Balcan Flexipass, que podes viajar cinco días en un lapso de un mes dentro de los países balcánicos (una maravilla, aún me quedan tres de ellos y mañana me voy para Belgrado!)) en un gesto increíblemente conmovedor, porque el dinero queda a un lado cuando lo que vale es que se hayan juntado, se hayan acordado de mi y dijeran: “te mandamos una “fuerza” pa que estés ahí, vos que tenes la posibilidad andá por nosotros”.


Llegué a Estambul el sábado por la mañana. Me recibió Ozan, un amigo de una amigo, que vivía en la parte asiática de Estambul. Luego nos encontramos con Vero y Rodrigo que estaban volviendo de un mes de viajar por los balcanes. Hacia un mes estábamos viajando separados con Vero y nos reunimos en Turquía, y disfrutamos de esos días juntos contándonos las historias de estos viajes y atenuando paulatinamente ese sentimiento  a veces necesario como es el de extrañar (NdelA: querido lector, recuérdeme escribir sobre lo referente a “el viajar y el extrañar”).
El partido era el sábado a la noche. Llegamos allí una hora antes, donde la fiesta era como esas que uno ve en la televisión en los partidos de los campeonatos de FIFA: gente africana con sus túnicas, árabes con pelucas, rubias de calzas, muchos colores, mucha gente sacándose fotos y el Pato Celeste!

El Pato Celeste


Al final la selección sub 20 de Uruguay perdió por penales contra la poderosa Francia. Fue emocionante como todo el estadio plagado de turcos cantaban canciones de Uruguay, silbando a los franceses y al juez cuando cobraba en contra Uruguay. Recuerdo en el primer tiempo del alargue que el lateral derecho uruguayo salió lesionado, había sido uno de los mejores; metiendo pierna, marcando, mordiendo el cuello del rival, hablando, imponiendo. El estadio entero aplaudió en honor a él. Luego en la calle la gente nos veía pintados con la bandera de Uruguay y nos empezaban a felicitar por la actitud de los pibes, de que eran ejemplo de juego y que se sintieron muy dolidos por no haber podido ganar un partido que habíamos merecido ganar de punta a punta. 

El partido había terminado, los franceses saltaban como locos, los gurises uruguayos lloraban la derrota. Esa derrota aparente, casi anecdótica; porque el estadio entero se paró a aplaudir el juego y la entrega de esos jóvenes que se sentían derrotados. Ese sordo aplauso era para decirles que muchas veces  cuando pensamos que se pierde es cuando más se hacen presentes las victorias.

Esperando el post que hable algo de Estambul, aquí unas fotos:

Cruce de Europa a Asia


Café turco

Mercados

La ciudad y mesquitas

Taskim

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