ALMERÍA, LA NOCHE Y LA PLAYA

Tengo que reconocerlo, en Almería sentí por primera vez que treinta años no es lo mismo que veinte. Cabe decir, que desde mi adolescencia nunca fui una persona que saliera tan en exceso. Obviamente que salía la mayoría de los fines de semana, pero tampoco era un fundamentalista de aquello de que la diversión estaba solo en una discoteca. Así pasé muchísimas noches en la plaza con algún vino en botella de plástico que vendían en ese bar mal oliente y rancio. Llegaba incluso a juntarme con los amigos para ver dos o tres películas una noche de viernes o sábado (de ahí mi parte nerd de mi vida). Otras tantas, la depresión ganaba y terminaba viendo un documental o una mala película en Cinemax (el peor canal de películas de la historia de la humanidad) 

Nunca fui esos que se iban noches y noches de fiesta. Dos o tres noches algun fin de semana lo soportaba, pero claro, a los diesciocho, venite años. (NdelA: para que conste, con las mujeres siempre fui un Loser en la noche) (lo digo por esa ecuación que tal vez usted esté pensando en este momento: noche, alcohol, mujeres, etc). Almería me recordó que el tiempo pasa y las energías no son las mismas. Claro que aguanté como un campeón el salir la mayoría de las noches y disfruté todo momento. La oferta es variada y de todo tipo, precio y color. Claro que entramos a aquellos lugares gratis, mayoritariamente. Imaginese una ciudad en verano, con mucha juventud y que el equipo de fútbol ascienda a primera división en el mismo momento en que usted está de visita (lo digo porque me pasó, todo el mundo borracho cantando “A Primera, oeeee, A primera, oooeeeee”). Un combo perfecto para aquel que nunca sacia la sed de noche (que no es mi caso, claro está). 

De izquierda a derecha: El jorge, yo, y Fabián (el hermano del Jorge)
En el día se seguía y seguia
En cierto momento llegó la última última noche en Almería, la del domingo de San Juan (busque en wikipedia por más información, no tengo ganas de andar dándole explicaciones sobre que se trata eso, discúlpeme amable lector), donde en un tiempo me vi parado en medio de la arena de la playa, a las cinco de la mañana, con mis piernas latiendo y con un vaso de cerveza que entretenía mi mano derecha para no tener las dos libres. Jorge, amigo oriundo de allí, estaba en las mismas condiciones. Nos miramos y nos dijimos: “ya está, para estar dando lástima acá vamos a dormir”. Marine, amiga francesa que viajó conmigo esta vez (Vero disfruta en este momento de las cálidas aguas de los Balcanes ¡la muy bacana!), también se adhirió a esta moción ya que llevaba el mismo trajín que nosotros.

We are young !!
El matiz se dio cuando estábamos yéndonos: nos disponíamos a salir del barullo de gente con Jorge y vimos que Marine ya no estaba, miramos para atrás y estaba bailando en el medio de cuatro tipos sin remera y todo musculosos. Nosotros, conociendo a nuestra loca amiga, le gritamos como por compromiso “Marine! ¿Vas con nosotros?” “Oh! si, vamos” dijo como sorprendida. “Oh! justo en el final había recuperado mis energías” nos dijo. (NdelA: Hágame acordar, querido lector, de escribir algún día sobre los locos amigos que he conocido y compartido parte de este viaje)

La Marine


Almería, ciudad de playa y con un desierto a sus espaldas, regala el ejemplo de la vida; el calor, la arena, los bares y sus tapas, la diversión y la diversidad, los hoteles y el turismo, el hippie y el paño, la noche que se convierte en día y el cielo extremadamente azul.
(NdelA: recuerdeme también algún día dedicarle una post al turismo y su implicancia en la sociedad actual) 

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