LUXEMBURGO Y EL OLOR AL DINERO

Luxemburgo era nuestro segundo destino luego de haber pasado por París . El Congreso Mundial de Educación Social nos esperaba para participar de una instancia a la cual habíamos asistido hacía cuatro años en Copenhague. No es mi intención extenderme mucho en esta experiencia que nos tuvo una vez más en contacto con muchos profesionales de diversos países compartiendo experiencias y las diversas maneras de abordar la temática de la educación.
Estuvimos seis días en este país. Demasiados. Con un día o dos, Luxemburgo es suficiente. No hay mucho para ver salvo la parte en donde la ciudad vive a dos niveles debido a sus grandes fallas geográficas. 

Ni idea de como se le puede llamar a un territorio que posee grandes agujeros ¿Qué digo que grandes? ¡Enormes! Uno va bajando por grandes escaleras para visitar las impresionantes casas y palacios que allí abajo se encuentran. 
Imagine una ciudad entre montañas donde hay casas en el llano y también en la montaña. Bueno, ahora esa montaña habitada que usted se está figurando inviértala y póngala a doscientos metros más abajo que la zona llana. No se si me explico (y si no, jódase)

Vero contemplando el segundo nivel de la ciudad

Puente. Eso, un puente.

Pero ya digo, es eso y poco más. Como hay poco que decir sobre su belleza tengo la necesidad de centrarme en todo lo negativo y espantoso que me pareció la ciudad.
La experiencia me ha enseñado a darle mucha importancia al feeling que siento con las ciudades que visito. Con Luxemburgo, nunca llegó. Y eso que estuve seis días!
He aquí la explicación: esta ciudad es un lugar donde es muy difícil conocer un luxemburgues (no sé si se dice así a los originarios de allí) (aparte me retumba mucho la palabra “burgues” al final, eso ya como que me produce un poquito de rechazo). Allí el sesenta por ciento de la población es extranjera. Por lo que uno en un edificio puede llegar a leer, a la misma vez, en los timbres nombres como: Felipe Narantes do Nascimento, Jorge Patxi Gonzalez, Faith Abdullah, Adam McCallister, Ho Lee Park y Jean Francois Voulloux. Este último puede ser de Luxemburgo, pero también de Francia o de Bélgica… yo me juego que es francés y que trabaja en algún banco importante como contador o abogado.
Y con referencia al oficio de las personas hay mucha gente que trabaja en Bancos, Sociedades financieras u ONG’s. Sabido es (o no tanto) (o si, lo que pasa que el Mundo se hace el boludo) que allí se lava cantidades industriales de dinero. Empresas financieras que mueven dinero virtual y que nadie sabe de donde viene y a donde va, nadie controla nada ni pide la factura para ver en que se gasta la plata. ONG’s que mueven el dinero en obras sociales que nadie conoce y Bancos que financian alguna cosecha de arroz en Sri Lanka.

Claudio, amigo uruguayo, preso de la inseguridad del barrio más pobre de Luxemburgo (esto último es real)

Muchas cosas me parecieron sospechosas: amigos visitaron un centro donde duerme las personas de la calle (que son algo así como veinticuatro o veinticinco personas) y los responsables de allí decían que recibían la plata pero el gobierno no controlaba que se hacía con ella, ni pedía cuentas ni un plan de gestión a corto o mediano plazo. La única cosa que parecía preocuparles era que la gente no ande en la calle por un tema de imagen.

Delegación uruguaya en Luxemburgo

De la misma manera lo vi en un centro para adictos a drogas duras. Allí, el centro les proporciona un lugar limpio y cuidado para que se inyecten la heroína, disminuyendo riesgos sanitarios para la persona. Pensándolo así uno puede decir: “che! Que bien esta gente, que buena cabeza”. Pues bien la cuestión era que repetían hasta el hartazgo que lo importante era que no se les muera nadie de sobredosis en el centro y que no se droguen en la calle. Lo primero da cuenta de que si se mueren en otro lugar poco importa para ellos y lo segundo, nuevamente, para cuidar la imagen de su inmaculada ciudad. A todo esto, el centro no iba acompañado de un tratamiento para que el adicto vaya disminuyendo su adicción. Ni siquiera el centro les proporciona la droga, son las personas que tienen que hacer la transacción en la calle. Es decir, al gobierno poco le importa la persona en cuestión.

Vomitorio para los adictos a la heroína

Otro ejemplo, tal vez muy rebuscado, es el del transporte colectivo. Nadie paga. Cuando digo nadie, es nadie y no solo una rata como yo que trato de no pagar transporte en ningún lugar de Europa (salvo Budapest que te controlan doscientas cuarenta y ocho veces antes de subir), sino que hasta el que sube de traje y corbata se sienta muy cómodo sin pasar la tarjeta. Incluso más, está inundado de líneas (más que las de 8 de Octubre de Uruguay (usted, lector uruguayo sabrá comprender)) y los choferes ganan cinco mil euros al mes. Cinco mil euros!!

Pregunto yo ¿cómo se sostiene ese Sistema? ¿de dónde sale toda esa plata? ¿por qué un país tan chico tiene el mayor ingreso per capita del mundo?

Una ciudad sin alma, despersonalizada y con una vida que la mueve solo el dinero, fue mucho para mi. Por primera vez en todo este tiempo me sentí feliz de dejar un lugar sabiendo que nunca más en mi vida iba a regresar.

Esto no tiene clasificación

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