FLASHBACK #2 Copenhague: la naturaleza y la basura.

Abril, 2009 

El cielo gris, que había acumulado una deuda de dos meses sin el brillo del sol, regalaba un aire frío y seco. Las primeras horas de la mañana fueron aliadas para un descanso como hacía días mi cuerpo no tenía. Mis anfitriones disfrutaban de un domingo en familia y un intruso les estaba dando las buenas mañanas en un rudimentario inglés.


Hacía unos días había llegado a Copenhague sin la menor idea de lo que ese país me podía ofrecer. Esa familia me había alojado y me servía de guía para poder conocer ese país tan al norte, conocido acaso por los vikingos y por los seis goles que nos hicieron en el mundial de futbol de México ’86.


-Generalmente los domingos vamos al basurero a tirar la basura- me dijo mi anfitrión -¿quieres ir con nosotros?-me preguntó. La duda me hizo pensar un instante: uno los domingos duerme, se levanta, apronta el mate, mira americando y, como algo muy osado, va a la feria de Tristán Narvaja. Pero ¿a un basurero? la idea de ir a un lugar lleno de mugre, con montañas de bolsas de nylon, olores putrefactos y ratas danzando de aquí para allá, era lo último que se me ocurriría para visitar estando de viaje. -Por supuesto, me encantaría- mentí.


Cargamos cajas, latas, botellas y bolsas cada una clasificada por su contenido. No recuerdo lo que hablamos en el camino, solo tengo la imagen pasar por campos amarillos con grandes molinos y un gran bosque verde fluorescente con olor a pino. Mientras, mi anfitrión me enfatizaba la tradición que tienen algunas familias de ir al basurero a tirar la basura todos juntos.

-Ya estamos cerca- me avisó y mi imagen de los basurales del Uruguay me invadía con cierta ansiedad. Flotaba en mi cabeza la adrenalina de lo nuevo y el asombro, de la incertidumbre que da el conocer otras cosas y la maravilla de vivir otras realidades.
-Seguro es un poco mejor organizado y un poco más limpio que allá en Montevideo- me convencía para mis adentros; sabedor de que Dinamarca se encuentra en un podio exclusivo de aquellos países que son responsables con sus desechos y los reutilizan para el beneficio de todos. Muchas de esas ideas me acompañaban pero nada me había preparado para ver lo que estaba en frente de mí al llegar al lugar.

Un gran portón eléctrico (como el de la casa del padre del Toto Da Silveira) se abrió para poder pasar. Un olor a flores zumbaba el aire. El impacto visual que me produjo el lugar me corrió por las venas.  Me bajé y mis pies se plantaron en una tierra muy firme. Aquello no era ni tierra, ni barro ni pasto ¡era hormigón! Como el de una plaza o una estación de servicio. Ni siquiera un papel de caramelo tirado.


Una garita con un guardia nos dio la bienvenida (supuse con nos había dicho eso, porque nos habló en danés). Levanté la vista y en lugar de montañas de bolsas y mugre vi contenedores, que se iban sucediendo casi hasta el infinito. Cada uno tenía escrito correspondiente a lo que se debía tirar: vidrio, metal, plástico, electrodomésticos y hasta escombros. Algunos eran más grandes que otros según su funcionalidad. Los que guardaban electrodomésticos eran contendores que se podía entrar y depositar en estanterías las cosas en desuso, las de vidrio eran cerradas con pequeñas mangas circulares para introducir la botella, las de escombros más bien eran volquetas como las que hay en el Uruguay para ese material (aunque acá siempre están invadidas por basuras de uso domestico más que por escombros).


La gente llegaba en sus autos y hacía el mismo procedimiento que nosotros: depositaba cada cosa en su lugar. Tiraban una cosa y luego caminaban hacia otra para poner lo que correspondiese con soberana paciencia. Impensado era hacer la del uruguayo holgazán de tirar todo en el mismo lugar “si total, nadie me va a ver”. –Otra cabeza, otra manera de concebir las cosas- pensé.


Mi sorpresa no había terminado. Una vez finalizada la tarea me invitaron a dar un paseo a un bosque inmemorial, cuna de civilizaciones vikingas. Era ese bosque verde fluorescente, con grandes árboles y olor a pino (luego descubrí que el olfato me había engañado porque no eran pinos, era otra especie cuyo nombre en danés, lógicamente, no recuerdo). A orillas había un lago celeste espejo.  Quedaba a unos pocos minutos del vertedero de basura.


De alguna manera coexistían muy cerca estos dos lugares tan antagónicos. Era el bosque con el verde más incandescente que había visto en mi vida y al lado estaba el basurero más limpio que había visto en mi vida; -igual que en Montevideo- pensé con ironía.


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