FLASHBACK #1 Costa Rica: Llegada

Enero, 2011

Querido Lector: imaginese una zona selvática, montañas, valles, volcanes, aves y toda una gama de flora y fauna que se me pueda ocurrir (más aquella que no tenga idea de su existencia). Pues bien, figurese eso y desde arriba, como quién encaja un sello en una boleta, insertele un país.
Eso es Costa Rica, un lugar en donde no manda el Hombre, donde al mínimo descuido la Naturaleza te traga. Es que aquí todo crece a una velocidad meteórica. Se expande por todos lados, como reclamando el terreno que alguna vez fue de ella.
Ni bien estábamos sobrevolando el país el asombro nos invadió y nos empezamos a maravillar. Ver las montañas, tan verdes, tan soberbias y amenazadoras hizo que antes de tocar tierra me empiece a enamorar del país.

Llegamos al aeropuerto en un avión que se movió mucho ¡Demasiado! Plum! Plaf! Shhgrrshhh! El avión bajaba abruptamente y se sacudía a más no poder (como cuando se agita el tarro de espuma de afeitar antes de usarlo). Con Vero nos mirábamos sabedores que aquella vista fascinada había cambiado por una de tensión, ahora la turbulencia lo invadía todo. 


Miré hacia afuera y me vi en caída libre. El ala derecha se movía incesante y la vi desprenderse del avión como una hoja de cebolla al ser pelada. La turbina izquierda ardía, dando pequeñas explosiones. Luego el caos abrumaba nuestras cabezas. La mano fría de vero se extendía sobre la mía. Me vi caer, me vi sacudir y sentir el calor, el fuego que se expandía asiento por asiento. La gente gritaba ante la inminencia de la muerte. Me vi arder y ahogarme en un calor absoluto, eterno.

Vista desde el avión antes que empezara a bailar en el aire.
¡Aterrizamos! ¡La puta madre!
“¿Siempre se mueve así esto?” le pregunte al azafata. “Esto no fue nada, hay veces peores. Este es un lugar de mucho viento” me contestó con una cara de acostumbramiento muy convincente.
Pues sí, pensé, en un lugar que manda la naturaleza el Viento debe ser miembro de la cúpula mayor.
Al salir nos estaba esperando, con su cordial alegría y desfachatez, el Tolo. Un amigo que yo había conocido en Uruguay, en esa etapa donde la noche hacía conocer mucha gente.
El plan era quedarnos en su casa, establecer el punto logístico allí e ir moviéndonos.
 

Nos recibió toda su familia y nos brindó un bienestar incalculable. Una vez más confirmaba que el verdadero valor del viajar reside en el diálogo con otras culturas y las personas son sus portavoces. Porque cada mirada construye un mundo distinto y es en el compartir cuando se conoce cada mundo, cada vida; donde se intercambia y se fortalece la unión y la certeza que somos todos lo mismo, que somos seres mortales y que no precisamos nada más que del contacto con el otro: ese que me define y me posiciona en mi mundo, tan subjetivo, tan intimo.

Vista desde la casa del Tolo
Y fue en ese descubrir que se  nos presentó una gran confusión y que luego nos iluminó para siempre: La Banana noes lo mismo que el Plátano. Se derrumbaba algo que yo creía saber de chico: que en la traducción de las películas y los dibujitos animados a la banana le decían, muchas veces, plátano. He ahí el dilema: ¿Es que realmente usaban plátanos o el que hacía la traducción tenía la misma ignorancia que yo en la distinción de una cosa o la otra?

La cuestión es que un plátano es como una banana ecuatoriana (grande, dura y madura) multiplicada por dos. Otra gran diferencia está en que el plátano se cocina al buen estilo de una papa digamos. O sea, que si usted quiere comer una plátano al estilo banana equivale a comerse una papa cruda, más o menos.


Es así que otra manera de conocer el mundo que se visita es a través de las comidas y su cultura culinaria. Ésta deriva en lo que se planta y se cosecha en una determinada cultura, sesgada por su clima, sus estaciones, sus latitudes, su devenir histórico y los cambios que se han suscitados por el sistema de mercado y las exportaciones. Y aseguro que hay ciertos países en los que viviría solo por su dieta alimenticia, sus puestos de comidas y las comidas tradicionales con toda su carga histórica. El plátano sería uno de los culpables de irme a vivir a Costa Rica (como los es la carne de uruguay, la feijoada en Brasil, los panchos con pepino y cocoa de Copenhague o la pizza gigante de las calles de Bulgaria) 
La primer noche nos prepararon comida típica costarricense: frijoles, palmitos, remolacha, platano y arroz con siempre (ese “siempre” equivale a pollo. Siempre pollo. Porque en este país se come mucho, con todo lo que se pueda hacer. He ahí el eufemismo)

A la noche fuimos a un boliche, muy new hippie, mucho reagge, cerveza, humo, música y muchos amigos para conocer. Fue allí donde comenzamos a planear el otro día porque los planes habían cambiado: un temporal se había desatado en el Sur y había derribado parte de una carretera que cruzaba una montaña. El Caribe debía esperar. 




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