MUJERES DE HOSPITAL

MUJERES DE HOSPITAL


Una sala con aire arcaico, azulejos blancos marcados por la dejadez del tiempo, armarios de metal herrumbrados y el murmullo de los carros oxidados que transportan la fámelica comida.

En la habitación, sobre las camas de ruedas gastadas, cuatro ancianas
Cada una con sus pañuelos, cada una con sus arrugas y melancolías, cada una con su historia.
LA MUJER PROTECTORA

Debe tener unos setenta y cinco u ochenta años. Amante de la palabra y las anécdotas, es la gran abuela de todos. Marcada por una vida de trabajos domésticos y de campo, donde el pan de cada día se ganaba arando la tierra, poniendo la semilla, ordeñando la vaca o hirviendo los frascos de vidrio para la conserva.
Siempre fue amante de la familia, donde era ella la que imponía la estructura de la cotidianeidad y la agenda de la rutina. Fue dos veces casada y en ambas enviudó. A su edad dice que sigue en actividad, que tiene un novio por ahí. Pero no le importa mucho, no le faltó mucho tiempo para hacerme una propuesta indecente.
Su hijo vive en Alemania. No está acompañándola pero no le importa, se satisface con saber que progresa y sin pasar necesidades como ella las ha pasado muchas veces de su vida. Alguna vez viene una mujer de mediana edad con otra más joven. Es un pariente lejano que le permite conectarse con lo más cercano que le va quedando de su antiguo mundo; tan social y con tanta gente. “Ahora no están pero es porque no tienen tiempo o se han muerto” ella piensa.

Tiene mucho amor para seguir dando. Lo demuestra en pequeñas cosas: de hablar y acariciar a la vez, de tapar al que está destapado mientras duerme, acompañar a sus colegas de habitación al baño o a las curaciones. Lo hace sin preguntarse el por qué la vida no le ha devuelto aunque sea un poquito de ese amor.


LA MUJER DE LOS OJOS CLAROS

La mujer mayor, petisa, con voz de adolescente de trece años y con su cara surcada por una larga vida, apenas se levanta.
Duerme como si en su vida no hubiese dormido. Mientras duerme sueña con aquellos momentos donde pensaba que no necesitaba más nada. Pero los golpes le enseñaron que al final la resignación es el mejor camino para llegar a un conformismo vital. Gracias a esa línea neutra que se trazó, pudo evadir la ruina que supone pararse en algún extremo.

Un hijo que pudo arma su propio negocio y una nieta cuyo nombre confunde con el de una vieja tía andan por ahí. A veces vienen; muchas otras, no. Pero ella está ahí, a veces mejor, a veces peor. Aún así ella lo acepta y se deja rendir ante el silencio.
Las huellas de sus pasos y esa línea neutra se grabaron en su cuerpo. Todo gris, como su pelo. Solo el celeste de sus ojos son una tibia huella de aquel tiempo en que no necesitaba nada más.


LA MUJER QUE ALUCINA

¿Qué es este lugar? ¿Quién me puso acá? Hay mucho calor, es verano. Debería estar en casa y tengo que hacer de comer para el nene que está llegando de la escuela ¡Ay! tengo que ir a ver los tomates que están ya para cosechar. Pero está nevando ¿en verano? ¿Por qué hay calor? Ah! Deben haber prendido la estufa ¡Uf! Hay que entrar leña antes de que se moje con la nieve, sino  después va a hacer imposible que ardan. Podría aprovechar y hacer una olla de sopa. Con estos fríos uno se anda enfermando de nada. Estoy tan cansada, voy descansar un poco ¡Que calor! y afuera está nevando ¿Qué es este lugar? ¿Qué tenía que hacer yo?

Agua enfermera, por favor ¿me da un poco de agua? ¿No sabe dónde está mi madre? ella estaba recién cocinándome una sopa por el frío, porque dice que me puedo andar enfermando con estos fríos. Mi hijo está por venir a visitarme a este hospital. Sí, usted sabe que yo tengo que ir al hospital porque mi marido está internado y le tengo que llevar esta sopa porque está nevando y el frío hace que uno se enferme de nada. Pero antes voy a dormir un poco. Acá, sentada en esta cama de este hospital al que me trajo mi hijo que viene todos los días a verme él ¡pobrecito! y me trae sopa algunas veces.


LA MUJER RACIONAL

Ella no se puede mover mucho, por alguna razón usa pañales. Duerme y no habla. Solo se queja cuando la loca de al lado pide para que le abran la ventana por el calor que tiene. Frunce las cejas y hace una mueca mordiéndose el labio inferior como diciendo “¡¿No ves que está nevando afuera?!”

Su hija viene a visitarla, no todos los días pero lo necesario para que no se sienta sola. Le trae comida en conserva, para que no se le ponga fea. Cuando se le termina se resigna a los almuerzos y cenas que le sirven en el hospital, tan sin gusto y sin alma, puesta adentro de un tarro de aluminio y con una rodaja de pan tapando la infamia que le dan para alimentarse.
Las enfermeras le cambian el pañal y a veces le dejan el suero puesto. Ella duerme. Se levanta de la cama una vez por día, estira las piernas y habla con sus compañeras. Una voz baja, tímida, apagada.
Su mirada trasmite serenidad y cordura. Es consciente del lugar que ocupa. Le queda poca energía para poner en práctica la lucidez que le han dado los años. Toma con calma su situación, ya no le preocupa.

 

 

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(esto será muy de vez en cuando pero lo escribo acá porque eso de la “suscripción” lo tengo que poner manual en cada post y el día que tenga un regalo específico debería cambiar cada uno de los post en que puse este llamado a la acción. No voy a andar pasando tanto trabajo. Por eso decidí poner la idea vaga de “en algunos momentos”. Hecha esta aclaración, paso a cerrar el paréntesis)

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