CAMINO A BUDAPEST

Mañana en Ámsterdam. El despuntar del día nos encontró caminando por las calles de la zona roja rumbo al anillo de salida de la ciudad. Casi dos horas de caminata bastaron para atravesar el centro, perdernos de vez en cuando, atravesar canales y enormes vías de autos. Al llegar a la estación de bus Amstel preguntamos por una pequeña estación de servicio que iba a ser nuestro punto de salida para llegar a Bruselas. Caminamos una hora más y llegamos al destino. Habíamos demorado tres horas en llegar. Ya estábamos un poco atrasados, eran las diez de la mañana y debíamos retornar alrededor de las tres o las cuatro a Bélgica

Domingo a la mañana, un clima frio y gris. Dos horas poniendo el cuerpo en la ruta y nada. Era ya mediodía y debíamos tomar una decisión: dejar de lado el autostop e ir a tomar el bus a la estación Amstel. Decisión complicada ya que representaría casi nuestro cincuenta por ciento del presupuesto que nos quedaba y aun faltaban seis o siete días de viaje. Nos quedaba, primero Budapest en Hungría y luego Cluj en Rumania. Una semana con treinta euros cada uno! En lugares como Bolivia sos Pelé con treinta euros, pero acá había que pensar muy bien en qué y cómo los íbamos a gastar. Pero como dice un filosofo amigo: “algún culo sangrará”. No es muy poético pero es una gran verdad (algo así como lo que nos decía la abuela cuando te tiraba: “Dios proveerá mijo”)

Tomamos el bus. Debíamos llegar si o si ya que los vuelos nunca esperan. Teníamos que irnos en la noche desde Bruselas a Charleoi y dormir la noche allí, ya que la hora de partida era temprano en la mañana y no existe el transporte en la madrugada.
Así que luego de cuatro horas de bus llegamos a Bruselas a recoger las cosas de la casa de Anna y Dave, pareja de Couchsurfingque tuvimos la suerte de reencontrar en año nuevo y pasar las fiestas con ellos.

Previo viaje de una hora y media habíamos llegado al aeropuerto. A las once de la noche nos instalamos cual gitanos contra una esquina solitaria que encontramos dentro del lugar. Cuando había agarrado un poco de comodidad en ese piso frio y ya no escuchaba el incesante ruido típico de un aeropuerto, un guardia nos despertó. “Escuze muá, mesié. Weikap” (sic) me decía medio en francés y medio en inglés. Quedaban cinco horas para salir ¡y este alcahuete nos despierta! ¡Culo roto! Eran las cuatro de la mañana recién.

Luego de esperas, controles y una perdida ocasional de los pasaportes (que los encontramos en un asiento en el cual habíamos estado unas horas antes) salió el vuelo. Eran las nueve de la mañana. Yo casi no me enteré del viaje: me dormí antes del despegue y me desperté cuando estábamos en medio del aterrizaje. Bruselas-Budapest en cinco minutos!

En Budapest debíamos esperar hasta las 18.00 que viniera nuestra Couchsurfing de trabajar para poder ir a su casa. Por lo que debíamos quedarnos vagando por la ciudad. Ya al mediodía estábamos agotados pero con esa fatiga tan excitante que te da el viajar, que incluye, ádemas, sentir tu estomago un poquito falto de comida, los ojos nublados de dormir salteado en cualquier tipo de superficie incomoda,  las piernas y la espalda dura del suelo y el asiento que no se reclina de ese avión de mierda de Ryanair que hacen parecer a los Bombardier de Pluna como un Concorde, ese que traspasaba la barrera del sonido, aunque claro que tal comparación está caduca porque Pluna se fundió y los aviones se los vendieron como chatarra a China para hacer esos buzos polares tan abrigados que uno se pone en invierno y luego no le entran ni las balas.

“Estamos en banca rota pero nos merecemos comer en algo que se asemeje a un Restaurant o parecido. Necesito una comida estilo almuerzo en mi estomago” le dije a Vero. Ella no es muy difícil para dar el Sí a peticiones que tengan que ver con “pequeños lujos” (digo “lujo” porque comer en un Restaurant cuando viajas con poca plata implica un presupuesto algo elevado, si lo comparamos con el comer en lugares callejeros o cocinarse en alguna casa u hostal).
Caminamos unas cuadras con nuestra fatiga y la espalda a punto de colapsar cuando el cielo se abrió y un gran rayo de luz se posó en nuestro destino. Quedamos parados frente a él y el mundo se detuvo un instante. Pude sentir como los músculos de mi cara confabulaban para moverse todos juntos, en una sinergia progresiva y ascendente. Dibujaron en mi cara una sonrisa cual niño recibe el esperado regalo en Navidad: ESPETO CORRIDO. CENA Y ALMUERZO: TODO LO QUE QUIERAS COMER POR 5 EUROS. DESAYUNO: TODO LO QUE QUIERAS COMER POR 2,5 EUROS.
“¡Todo lo que quieras comer! ¡Todo lo que quieras comer!” Empecé a decir, incrédulo. Carne, ensaladas, salsas, pasta, morrones asados, pollo al Grill, huevos, hot dogs, salchichas, chorizos, pizza, postre y dos millones de cosas más que no me preocupé en averiguar que eran; simplemente las comí.
¿Qué placer más grande hay en la vida que viajar y comer? (Bueno, el sexo también se cuenta en esta lista).
Así, tras un día que había empezado el día anterior, nuestras primeras cuatro horas en Budapest las pasamos comiendo. 

¿Usted espera fotos? bueno, en el próximo capitulo. Porque llegado a este punto ya habíamos perdido nuestra cámara fotográfica en Amsterdam (en Amsterdam uno se olvida de todo).
Pero acá les dejo una fototio sacada por nuestro compañero de viaje en los últimos dias de esta travesía
Budapest.
By Rodrigo Falero

3 thoughts on “CAMINO A BUDAPEST

  1. Geniaaaal! Estoy copadísima con el blog, ya no me acuerdo ni como lo encontré, pero te tengo que decir que son unos genios! Los felicito por estar haciéndo semejante aventura y encima dejarnos espiarlos un poco.
    Yo tb me fui a la goma hace un año casi, pero más nómade, x todos lados.
    Te dejo mi blog, abrazo!
    Conlospiesporlatierra.com

  2. Si, nosotros mixturamos un poco. Igual que viajar: a veces en bus, a veces en avion, a veces a dedo, a veces en tren (pero te confieso que cada vez mas nos estamos volcando para el autostop).
    Abrazo!

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