AMSTERDAM, más allá de las putas y los porros

Llegamos a Amsterdam a dedo desde Bruselas. Entre una camioneta Audi último modelo de una mujer de negocios y un viejo mercedes conducido por tres jóvenes polacos que iban solo a fumar, nos dejaron en tres horas y media en la puerta de nuestro destino (en menos tiempo que el bus y mucho más barato que el tren).

Al poco tiempo pude ver que es una Ciudad que vive a ciento ochenta grados de las reglas comunes del mundo. Sus costumbres y su manera de vivir están invertidas de la “ley natural” que ha creado el colectivo de la humanidad.


Esto se puede explicar con el ejemplo del cómo se desplazan las personas: en la calle podemos ver como el orden de prioridad se altera de una manera increíble. En un mundo cualquiera, la calle es de los autos. Primero pasa el auto, luego la gente. Y luego de la gente viene, muy atrás, la bicicleta.

En Amsterdam,la bicicleta manda. Se apropia del tránsito, engullendo los caños de escapes, las bocinas y las corridas del peatón al cruzar la calle. Es que se piensa la lógica urbanística para el tránsito bicicletero.  Si uno anda distraído caminando por los senderos de las ciclo vías pensando que es una vereda común y silvestre, más de uno ciclista va accionar su bocina para que le hagas paso (esos timbres del año veinte que suenan “Tring, ring…tring, ring). Eso pasa muy seguido ya que mucha gente camina encandilada por algún cuerpo femenino en las vitrinas, o la belleza de los canales, o la gama de colores de los edificios, o por la ingesta de algún humo de los coffee shop.

Esa es la prioridad número uno: quién ande en bicicleta. Luego, un escalón más abajo, están los peatones. Y hay veces que los roles de prioridad se invierten y el peatón es el dueño de la calle. Uno se pierde en un gran bosque de ladrillos y canales, con calles sin flechar ni indicaciones de caminos. Te sentís libre del rebaño, sin miedo a que la picana de la urbanidad te ponga por el sendero correcto. Tal es así que se puede caminar por horas y, sin saberlo, terminar en el mismo punto de partida, o caminar en círculos y sentir que vas caminando en un gran espiral que hace repetir paisajes, luces y colores (no, nada tiene que ver lo que uno fume).

Por tercero, y muy detrás, están los autos. Fugaces conductores pasan con extrema cautela por las calles, casi que con cara de culpa, sabedores que transitan una jungla ajena.

Y así Ámsterdam es invadida por el silencio urbano es que te permite escuchar las voces, los pasos, el viento. Te acercas a otras sensaciones, entras en los distintos ambientes casi por inercia, esa inercia que es empujada por su calma y su magia casi sutil.


Ah! fotos quería usted amable lector!! bueno debo decirle que perdimos la cámara con todas las hermosas imágenes que teníamos en ella. Se las debo.

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