EL TREN DE MEDIANOCHE

“Zciutrgyop glotuijueksc tramplusing ytrugresti Machina frakjtuskesti osgruesk dragsk” dijo el hombre con su uniforme azul identificado con un alfabeto completamente inteligible.

“Someone speaks English” vociferó Vero. Es que hacía dos horas que estábamos esperando que el tren arrancara ¡Dos horas!

Era la tercera vez que veníamos a Sofía y ya la última. El frío y la nieve calaban hondo, te hacían sentir que ellos mandaban. El tren, viejo, arrugado y con las marcas de la dejadez, se helaba a la par de nuestros huesos.
Al principio, nadie había para indicar que vagón correspondía a qué destino, ni ningún cartel había indicando algo parecido a alguna referencia que nos señalasen el camino. Sin indicadores ni carteles que lo distinguieran de otros, la experiencia nos había enseñado a reconocer nuestro vagón por ser el más feo de todos y el de las sillas más inconfortables del mundo.

“I speak english” dijo una búlgara. “Parece que se perdió el vagón que va adelante, el que tiene la maquina” nos tradujo. Pleno Siglo XXI y se les pierde a estos vejigas ¡la maquina que nos tiene que llevar hacia Bucarest! Aún me sigo preguntando como es posible perder un vagón de un tren cuando no tiene mucho margen para perderse, ya que está restringido a las líneas que signan los rieles. No es que puede meterse entre caminos perdidos entre matorrales o bosques, o adentrarse a calles angostas e intrincadas de alguna mega ciudad ¡No! Las series de rieles son limitadas y fácilmente identificables. Y eso que no estoy pensando en el GPS, que, obviamente, no tienen instalados (es Bulgaria, recuerden)

El tren salía a las 19.00. Partió a las 21.00.

La nieve lo dominaba todo. El frio y la escasísima calefacción hacían que nuestro cuerpo temblase al son del traqueteo de la maquina. Como podíamos nos acomodábamos para poder dormir luego de una día de tramites y de la noche anterior estar durmiendo en ese mismo tren y en esas mismas incofortabilidades (también como aquella primera vez que viajamos en este tren).

Una hora y media andando (de las nueve que, en teoría, faltaban) y el tren frenó. “Que pasará” nos preguntamos. La respuesta nunca existió porque nadie se presentó a contestarla. Metí mi cabeza adentro del gorro y me dispuse a dormir. Llegamos a una estación de tren, como tantas por las que pasaba. Estaba tapada de nieve, sin gente y con enormes vigas de color gris macizo. Ventanas oxidadas, tenues luces y sombras arrinconadas como presagiado un holocausto mundial al igual que esas viejas películas pos apocalípticas de los años setenta y ochenta. Paramos media hora más.

Ante la incertidumbre y la falta de respuestas me sumí en lo mejor que se puede hacer en estos casos: dormir. Dormir ante la frustración de saber que seguiríamos en la ignorancia del por qué.

Había que acomodarse como sea para dormir.
 Vero tiene la ventaja de ser de pata corta

A la una de la mañana me desperté y estábamos en otra estación de tren. La gente se estaba riendo. Vero también. “Que pasa” le pregunté. “El vagón de adelante no está, lo desengancharon y se fue. Quedamos acá solos” Me levanté y miré por la puerta de adelante. En efecto, a través de la puerta de vidrio se dibujaba un camino blanco que iba hacia un precipicio de oscuridad. En el fondo la noche le ganaba a la vida. Y ahí estábamos, en medio del infierno blanco, rodeados de un frio gélido y enlatados en un vagón congelado por el invierno.  

Dos horas más tarde apareció una nueva maquina y seguimos nuestro camino. A los pocos minutos me desperté con ganas de ir al baño. El toilette estaba en ese nuevo vagón. Me levanté, abrí la puerta y un viento gélido, como salido de las entrañas de la Siberia stalinista, me pegó en medio del estomago. La coyuntura, donde se une un vagón con otro, se movía como las caderas de Shakira bailando el Waka Waka. En los costados, donde no existía un piso en que apoyarse se veían los rieles vertiginosos pasar, y por el orificio se destilaba un sinfín de nieve blanca como…la nieve. La puerta que había que abrir para pasar al baño estaba completamente congelada. Sí, congelada y no estoy exgerando. La nieve lo gobernaba todo. Creo que fue mi vejiga la que me dio las energías suficientes para poder abrir esa puerta y poder entrar. El baño era una especie de Iglú esquimal, con una ventana abierta que hacía que la nieve entrase violentamente. Como pude evacué y me metí de nuevo al vagón donde estábamos asentados. Muerto en vida.

Puerta del Vagón donde estaba el baño

Uno de los problemas de este tren era que mientras andaba la calefacción funcionaba aceptablemente, pero cuando frenaba y se quedaba quieto (que era una vez cada una hora) el poco calor ganado se iba a la mierda. Más teniendo en cuenta que cada dos por tres entraban y pasaban personas del servicio, y ahí si: se te congelaba hasta el apellido. Porque no se por qué razón (yo creo que debe ser un mandato de la Divinidad) cada vez que pasaban te dejaban la puerta abierta de par en par, como para que te acuerdes que esto es Bulgaria y que acá hay frio!

A las cinco de la mañana llegamos a la frontera de Bulgaria con Rumania. Una hora y media mas tarde nos largaron, no sin antes de una extensa revisación del tren, de hablarnos en un búlgaro inteligible y de sumarle frio a nuestros huesos ya baqueteados por el trajín de un viaje infinito.

El tren salía a las 19.00 desde Sofía y llegaba a las 5.28 de la mañana a Bucarest. Salimos a las 21.00 y llegamos 10.30. Bucarest era un hervidero de frio y nieve. Nos quedaban tres horas más de viaje en Autobus. Pero no importaba, por lo menos tenía calefacción para nuestros huesos.

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